Un error común en la política

Empecinarse en restarle méritos a cuanto hace un gobierno como si todo fuera negativo, es un error común a la oposición, en la tradición política dominicana. Ocurría durante los gobiernos de Balaguer, en los del PRD, luego en los del PLD y sigue ocurriendo con el del PRM.

Esa actitud le quita a los partidos opositores el respaldo y la simpatía de aquellos sectores beneficiarios de muchos de los planes de carácter social que puedan ser puestos en marcha por una Administración. En tiempos de elecciones, muchos dirigentes políticos frecuentemente pierden la perspectiva al creer que el país que conocen en sus recorridos de campaña es el mismo que habrán de encontrar en el Palacio Nacional, si se ganan la confianza y el apoyo del electorado.

Bajo esa creencia, critican programas que la condicionante realidad les obligaría a mantener y profundizar si alcanzaran el poder.

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Los “progresistas”del patio

A despecho de su sabor amargo, hay un elemento fascinante en la política dominicana: el incansable e inagotable sentido del humor de sus autores. El más resaltante, por su permanente presencia en el escenario, es de tinte negro, y el color que se le atribuye al más pesado de los chistes, no tiene vinculación alguna con la negritud de la piel ni la fobia contra el vecino que alimentan algunos grupos minúsculos y que blanden como un activo, cual rosario de odio al que agregan cuentas cada día.

El humor de la política vernácula se crece cuando a los grupos más atrasados, algunos provenientes de la extrema derecha, se les da con llamarse “progresistas”. El mote, ¿acaso se le puede tildar de otra manera?, alcanza el Everest, cuando plantea soluciones a los problemas nacionales sobre pancartas xenofóbicas e intenta sustentarse en base a cuestionables protestas éticas y morales.

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La reducción del toque de queda

Al anunciar la desescalada de lo que llamó “odioso” toque de queda, el presidente Luis Abinader dio esta semana un paso importante hacia el tan esperado regreso a la normalidad, previa al Covid-19. Según los planes del gobierno, el país podría estar en condiciones de eliminar las restricciones en la medida en que disminuya la amenaza de contagio del virus, que ha provocado más de 3,700 muertos desde marzo del año pasado.

No se trata solo de una tarea del gobierno, que ha sido exitoso en garantizar un fluido acceso a la vacuna, incluso a una tercera dosis si se hiciese necesaria en la lucha contra el virus. Es también, y sobre todo, una responsabilidad ciudadana. En lo que resta de esta semana y los primeros días de la siguiente, los dominicanos podremos movernos con tranquilidad hasta las 10 de la noche con dos horas adicionales de libre tránsito, para permitir el regreso a casa sin los encontronazos con la autoridad que se dieron en los primeros meses de la pandemia. Si observamos las medidas, esa flexibilización hará que no sea necesario ya el toque de queda.

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La crisis de ingobernabilidad haitiana

El asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moise, agrava la caótica situación en el vecino país. Y plantea serias interrogantes a la República Dominicana. Haití es un socio comercial importante. Básicamente, el intercambio bilateral se realiza a través de la frontera y el asesinato del presidente haitiano deja el futuro inmediato de ese intercambio en una espesa bruma de incertidumbre.

Por razones de seguridad, tan pronto se supo del atentado en Puerto Príncipe contra el mandatario haitiano, el presidente Luis Abinader dispuso un reforzamiento de las medidas del control fronterizo, que incluye el cierre temporal de la línea divisoria entre ambos países.

La medida afectará el intercambio de productos que en situación de normalidad se realiza en varios puntos de la frontera. Y la pregunta que no tiene por el momento respuesta alguna es el tiempo que podría durar esa situación. Muchos sectores dominicanos dependen de la estabilidad de ese intercambio. Y millones de haitianos dependen también de él para suplir la deficiencia de su aparato productor de alimentos.

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La pobreza del debate

Tienen sobrada razón quienes lamentan la pobreza del debate y bastaría con lo que usuarios de las redes creadas por partidos y candidatos dicen a diario de las opiniones y posturas de quienes han incluido en sus listas de objetados. Un listado negro, hijo de la peor intolerancia, de viejos adversarios y de quienes incluso gozaron alguna vez de sus afectos y hoy no concuerdan con sus discursos electorales.

Antaño se creía que esa extrema intolerancia provenía únicamente de la esfera oficial. Pero hoy la vemos con absoluto asombro, provenir de iglesias y litorales políticos, donde muchos hasta hace poco beneficiarios de la corrupción, que hoy denuncian con absoluto desprecio de sí mismo, se auto erigen profetas de la redención y de la moralidad pública. Cuán penoso es observar jóvenes líderes de potencial creciente, promesas del relevo generacional que tal vez muy pronto el país demandará, rendidos a la tentación de doblegar la constancia de quienes, en el multicolor escenario de las ideas, ven que no todo es oscuro en el gobierno y en la gente que lo integran, ni todo diáfano en la acera opuesta.

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Preguntas sin respuestas

¿Qué espacio puede reservarse a un sujeto que a sangre fría le quita la vida a un ciudadano para despojarle de un celular? ¿Cuánto más allá de su precio en el mercado puede tener de valor ese pequeño aparato telefónico? ¿Qué utilidad para un país puede representar quien procede con tanta violencia, llenando de zozobra a la comunidad con sus actos vandálicos? ¿Es justo que a esos antisociales se les reconozcan derechos que ellos les niegan a sus víctimas? ¿Por qué les resulta tan fácil a esos criminales evadir la persecución policial y el puño de la justicia?

Con frecuencia el temor que invade a la sociedad por la repetición de hechos de esa naturaleza, cambia los hábitos de vida de sus miembros, debido a la inquietud que les produce la posibilidad de ser los próximos. El daño social de estas acciones criminales termina siendo muy superior a los efectos físicos que les causan a las víctimas.

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Burocracia eficiente y bien pagada

Con frecuencia se escucha la queja sobre los altos salarios de los funcionarios públicos con observaciones que contradicen el espíritu de las demandas de mejoría de los servicios y avances en la lucha contra las muchas formas de corrupción, algunas muy sofisticadas, que se dan tanto en el aparato estatal como en la actividad privada, en perjuicio ambas del bien común. Y si bien es cierto que la queja es pertinente y ataca un vicio ancestral en nuestra vida republicana, no suele tomarse en cuenta una realidad que otros países han visto con claridad meridiana.

El caso es que si queremos realmente mejorar la calidad de la administración pública y fortalecer la lucha contra el robo de los recursos nacionales, en la infinidad de modalidades que todos sabemos que se practican, es necesario, yo diría imprescindible, poseer una burocracia estatal eficiente, bien dotada tecnológicamente y, sobre todo, muy bien pagada. Si no lo entendemos así, el talento nacional seguirá migrando hacia el sector privado, el Estado quedará en desventaja y los gobiernos perderán toda confrontación relacionada con la discusión de los grandes temas nacionales.

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Un Zar de la Inteligencia

Está en estudio del Congreso un proyecto de ley que unificaría todos los servicios de inteligencia del país, bajo la dependencia de la Presidencia de la República.

En determinadas circunstancias, la creación de ese gigantesco órgano de inteligencia militar podría darle a quien lo dirigiera, un poder político más fuerte que el que la Constitución le concede incluso a la Presidencia de la República. Hablo de la creación de un Zar de la Inteligencia; un Hermano Mayor” del que ya advertía George Orwell en su famosa novela 1984, editada en 1948.

Aunque el proyecto debe ser objeto de una gran discusión, tanto en el ámbito legislativo como a nivel de opinión pública, y podrá en consecuencia ser modificado o rechazado, el borrador en poder del Congreso es preocupante por los efectos negativos que tendría en el sistema político democrático dominicano.

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