A propósito de igualdad de género

La izquierda habla mucho de desigualdad de género, pero a pesar que la liberación femenina se anotaba como uno de los objetivos de la revolución marxista, con excepción del derecho al trabajo rudo era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países.

Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante el periodo stalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria.

El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa stalinista. La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso del hijo de nadie, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

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¡Hasta cien barriles de estiércol! (2 de 2)

A los presidentes de los países democráticos, como es el caso nuestro, se les exige una tolerancia extrema y es obvio que el sistema no funcionaría si ella no se diera en la medida que se le reclama. Y lo cierto es que “los cien barriles de m…..”, que un mandatario autoritario como lo era Balaguer debía tragarse casi a diario, era y sigue siendo el fundamento básico y la más firme garantía de un estado de derecho y respeto a las ideas ajenas, sin los cuales es imposible imaginarse el juego político democrático.

Lo que a muchos cuesta imaginar es que frecuentemente la tolerancia que exigimos al gobierno y a sus funcionarios es mucho mayor de la que normalmente se les pide, si es que se les pide, a los demás actores políticos, como a la dirigencia sindical, a los líderes empresariales y, por supuesto, a la alta dirigencia de los partidos. Un Presidente no puede ni debe mostrar públicamente su enojo por un editorial, no importa de qué se le acuse, a menos que no esté dispuesto a pagar el precio de su disgusto, lo que a menudo trae severas consecuencias en términos de popularidad y credibilidad.

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¡Hasta cien barriles de estiércol! (1 de 2)

Es la intriga interna lo que mina la estabilidad de un gobierno. A finales de los ochenta entrevisté varias veces al presidente Balaguer en la investigación de obras sobre Trujillo. En una de ellas, la cita me fue concedida semanas después. Al terminar la entrevista me percaté que su interés al recibirme poco tenía que ver con el mío cuando preguntó sobre Carlos Morales, Vicepresidente de la República. Morales tenía unas dos semanas que no iba a su despacho enfadado por las intrigas del cerrado anillo que rodeaba al Presidente, lo que daba la impresión de haber caído en desagracia. Yo estaba al tanto de su enojo desde el día en que salimos al balcón para eludir las escuchas colocadas por todas partes en su oficina.

Yo le respondí al Presidente que tenía tiempo que no veía a Morales y que de hecho desde mi renuncia como director de CORDE meses atrás, apenas nos reuníamos. Me preguntó si era que algo le molestaba, lo que me convenció de que su propósito era indagar, o confirmar probablemente, las razones personales del alejamiento de su Vicepresidente. Me aventuré a decirle que el disgusto parecía ser su resistencia a tolerar la dosis que en Palacio le estaban dando. Balaguer sonrió inquiriendo de qué medicina se trataba. Respetuosamente le dije que entendía era un equivalente a “materia fecal”. Con una carcajada inquirió sobre cuánto le estaban administrando y cuál podía ser su cuota? Me atreví a responderle que tal vez, conociéndolo, estaría dispuesto a tolerar tres, pero no cinco cucharadas diarias.

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La llamada “ideología de género”

Que me excusen los que pudieran sentirse ofendidos, pero creo que este asunto de la ideología de género ha llegado demasiado lejos. Imagínense que una tarde, al regreso de la escuela, un hijo de seis u ocho años les diga a sus padres que su nombre no es Juan, sino Verónica, o al revés si se tratara de una niña, porque el profesor les enseña que la identidad sexual no proviene de las características biológicas con que se nace. Según esa “ideología”, la condición de hembra o varón es el fruto de la cultura, de una tradición que no es más que el resultado de un contrato social, del que proviene la raíz de la desigualdad de género que la ideología pretende superar.

No es imaginación. Eso ya ocurre en España y en otros países europeos. En Madrid, no hace mucho, la Alcaldía de la comunidad se incautó y prohibió la circulación de un autobús por un letrero que rezaba: “Las niñas tienen vagina y los niños tienen pene”, porque ofendía a los promotores de esa ideología y protectores de los colectivos LGTB, para quienes lo correcto es que también “las niñas tienen penes y los niños vagina”.

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El factor confianza en la economía

Resulte grato o no reconocerlo, lo cierto es que el país, hasta la llegada del Covid-19, vivió un largo periodo de estabilidad macroeconómica, con un minúsculo nivel de inflación, que fortaleció la confianza en el clima de negocios en todos los órdenes. Alentados por una estabilidad cambiaria que apenas se movió dentro de un estrecho rango, la mayoría de las empresas se endeudaron en moneda extranjera. El virus plantea todavía mucha incertidumbre.

Propuestas o amenazas de cambios bruscos en la política económica suelen erosionar la atmósfera de confianza que ya la pandemia ha erosionado. El resultado de giros inesperados en la conducción económica promueve situaciones de inestabilidad, pérdidas cuantiosas, mayor desempleo y la ruina de muchos negocios, con derivaciones fáciles de prever. Los resultados los hemos visto aquí y en otras naciones en el pasado.

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El léxico de la guerra fría

A despecho de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos que le siguieron en Europa y el resto del mundo, el léxico de la guerra fría domina todavía el debate en el ámbito latinoamericano. Parecería que lo ocurrido cuando el témpano ideológico que se derritió con la desaparición de la Unión Soviética no ha sido entendido, como tampoco las transformaciones capitalistas que han hecho de China la segunda potencia económica.

Los controles constriñen la vida de los ciudadanos en países como Venezuela y Cuba y el dominio de la economía por sus gobiernos las achican provocando escasez y brutales alzas de precios que hacen la vida insufrible. La experiencia china no les ha servido de nada. Cuando Deng reconoció que una teoría lanzada a mediados del siglo anterior no tenía respuestas a los problemas de la China de finales del siglo XX, el entierro del marxismo permitió a esa nación de cientos de millones de habitantes dar el salto cualitativo que Mao intentó sin éxito en medio de un charco de sangre haciendo más pobre a China. Hay más millonarios hoy en el país asiático que en cualquiera del Primer Mundo, incluyendo Estados Unidos.

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La Declaración Balfour

El 2 de noviembre de 1917, el ministro del Exterior británico, Arthur James Balfour, dirigió una comunicación al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en Londres, para anunciar el apoyo del Reino Unido al establecimiento de un “hogar nacional” para su pueblo en la región de Palestina, tierra de sus antepasados. El breve texto sirvió de base veinte años después al nacimiento del moderno y próspero Israel. El documento de tres párrafos es conocido como la Declaración Balfour.

La decisión británica reivindicó el derecho de los judíos a volver a la tierra de la que habían sido expulsados por los romanos dos mil años antes, tras la destrucción del Segundo templo, cuyo muro occidental, a los pies del Monte Moria, es venerado como el lugar más sagrado del judaísmo. Su salida forzosa de Palestina dio comienzo a lo que se llamó la Dispersión del pueblo judío que duró veinte siglos.

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Un explosivo de mecha corta

La preocupación expresada en las redes y en los medios por ciudadanos de diferentes capas sociales, entre ellos dirigentes políticos y congresistas, ante la masiva y aparentemente creciente inmigración ilegal haitiana, no los hace xenófobos ni es indicio de una actitud colectiva racista. Aunque muchos han pretendido taparse los ojos ante esa realidad, lo cierto es que estamos ante un problema real y grave.

No significa que menospreciemos la importancia que por años esa inmigración, bajo cierto control, ha tenido para la economía y para el auge de ciertas actividades productivas. Ni tampoco que restemos trascendencia al valor que representa una buena y armoniosa relación comercial y diplomática sentada sobre bases claras y firmes, que eviten el contrabando y otras prácticas ilícitas muy propias entre países que comparten una frontera común.

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