La sabia advertencia de Ornes

Germán Ornes decía que el temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminaría dañando a la prensa. La premisa ha resultado profética.

Con el Internet y la facilidad que ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

Cualquiera puede decir cuánto se le antoje en las redes sin consecuencia alguna. Y cuando se hace viral, es decir cuando se extiende y llega a millones de personas, hay un daño directo irreparable y consecuencias colaterales de iguales consecuencias. Una alta proporción de las denuncias publicadas a diario carecen de sustentación. Y ya pocos respetan la norma clásica del buen periodismo de confirmar en cuantas fuentes sean necesarias la veracidad de las denuncias y de darle la oportunidad al agraviado de defenderse antes de su publicación. La práctica es hacer esto último cuando el daño ya está hecho.

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El muro de separación

El ruido alrededor de un proyecto de ley sobre educación sexual, que la posición del Episcopado tiene condenado a su total congelamiento, nos recuerda “el muro de separación entre la Iglesia y el Estado” que Thomas Jefferson delineó en su memorable carta del 7 de octubre de 1801 a la Asociación Bautista de Danburg, Connecticut. Un concepto que la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos usó en 1962 para validar su decisión de declarar inconstitucional la obligación de hacer oraciones en las escuelas públicas, estableciendo una línea entre la religión organizada y el Estado.

Mucho antes, a comienzos de la Reforma protestante, Martín Lutero había ya articulado los fundamentos de lo que se conoce como la doctrina de “los dos reinos”, marcando así el inicio de la concepción moderna de la separación de la Iglesia y el Estado, a lo que el país renunció al suscribir en 1954, durante la tiranía de Trujillo, un Concordato con el Vaticano, concediendo además a la católica privilegios negados a otras confesiones religiosas.

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Los excesos en los medios

Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.

Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que moralmente son también responsables de esos excesos.

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El odioso antisemitismo en la región

Enrique Krauze sostiene que el crecimiento del antisemitismo en América Latina se debe a lo que llama “enojo” de los sectores liberales y de la izquierda por los acontecimientos en la Franja de Gaza y Cisjordania. La irracionalidad de ese prejuicio racial tiene profundas raíces históricas, como bien resalta el insigne intelectual mexicano, autor de un ensayo sobre el chavismo titulado “El poder y el delirio”, lectura imprescindible para entender la tragedia venezolana y el fracaso del experimento revolucionario de la izquierda latinoamericana.

En un artículo publicado en octubre del 2018 en el diario español El País, Krauze se refiere a los grados de antisemitismo resaltados por encuestas. En el caso dominicano, dice, el sentimiento de rechazo a los judíos se estima en un 41%, superior al 31% de América Latina y muy por encima del 9% para todo el continente. La cifra es espeluznante porque implica una aceptación de prácticas odiosas que través de los siglos han intentado justificar los genocidios y restricciones que todavía prevalecen en muchos países contra los judíos, negándoles el derecho a incluso a vivir en paz dentro de fronteras seguras.

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El toque de queda y la represión policial

Las violaciones al toque de queda no justifican las acciones de brutalidad que están mostrando a diario las redes por parte de agentes del orden. Y no está claro que esa modalidad de represión persuada finalmente a la gente a aceptar las restricciones, por más oneroso que resulte, además, el cobro de multas por tomar un poco de aire fresco nocturno en las aceras de las calles de un vecindario.

Si estos métodos reñidos con la ortodoxia democrática continúan, las autoridades perderán toda capacidad de persuasión y terminarán alcanzando el rango de política pública. Admito que el nivel de irritación de los policías que llevan días, semanas y meses, tratando de cumplir con su deber de hacer respetar las restricciones del estado de emergencia, lleve a muchos de ellos actuar con violencia irracional. Pero hay que reconocer asimismo que la gente que ha permanecido confinada en sus casas, abrumadas por la angustia de la pérdida de empleo, la reducción de ingresos y la visión de un futuro incierto, no ve en el toque de queda una solución de sus problemas y necesita oxígeno, salir por momentos de la prisión que implica vivir encerrado en cuartuchos hacinados, donde familias duermen prácticamente unos encima de otros.

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Nadie tiene toda la razón

Un país no es un gobierno y mucho menos un partido político, por más grande e influyente que ambos sean. Tampoco lo constituyen sus élites económicas e intelectuales. Una nación es el conjunto de todas sus fuerzas vivas; un conglomerado unido por propósitos comunes en el cual convergen distintas clases, por más distantes que se encuentren unas de las otras a causa de sus intereses particulares, cuya suma termina siendo, por extraña paradoja, el grueso del gran interés nacional.

Solo cuando así lo entendamos estaremos en condiciones de dar el gran salto; el que hemos estado a punto de alcanzar en diferentes etapas de nuestra práctica democrática, y al que no llegamos por el insólito obstáculo que anteponen las diferencias, y digo insólito porque son esas diferencias las que nos ponen o deberían llevarnos al pie de la grandeza como nación.

La crisis sanitaria que nos afecta desde el primer trimestre del año pasado y la grave secuela económica que trajo consigo, nos obliga a repensar la enorme tarea de abordar la incertidumbre que ensombrece nuestro panorama echando a un lado las pequeñeces, encarándola con fortaleza y coraje, sin miedo al qué dirán, que tantas veces ha paralizado nuestros esfuerzos e intenciones. Solo así encontraremos fórmulas de convivencia que nos allanen el camino hacia el futuro, al que tantos dominicanos temen.

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Una lejana oportunidad perdida

En el ajedrez, como en la vida y en la política, se presentan oportunidades que en la generalidad de los casos no vuelven a repetirse. Las he visto pasar en infinidad de veces. Llegan con un sonido apenas perceptible o con un ruidoso toque de tambor. En las XVI Olimpiadas Mundiales de Ajedrez, celebradas en el verano de 1964 en Tel Aviv, enfrenté una de ellas. Jugábamos contra Grecia y en mi encuentro contra el maestro Hadziotis, se presentó la posición que ilustra el diagrama. Las negras atan mi dama a la defensa de la casilla g2 y amenazan Ra8 seguido de f5. Medité más de media hora mi siguiente jugada y anoté: 30.Rb:b5!

El libro del torneo puso el signo de admiración al sacrificio de la torre, señalando que era “la más elegante manera de ganar”. También era muy fuerte 30.Re1!,D:c2,e6!, con la amenaza de jaque en f7 (31…,B:e6;32.R:e6)Si 30..Qg6;31.Rea1!,Ra8;32.R:a8,R:a8; 33.R:a8,K:a8; 34.Qa1+ Ka6:37.Qc8+,Ka5; 38.Bb4+!, seguido de mate en dos. Hadziotis jugó entonces: 30…,c;b5 , a lo que siguió: 31.R:b5+,Kc8? Esta jugada me permitía terminar la partida de la más “espectacular manera”, como dice el libro del torneo, entregando en sacrificio la otra torre. También si el griego hubiera jugado 31…,Kc5, seguiría 32.Re5+,con mate rápido. Apremiado por el tiempo jugué: 32.Re5+? La entrega de la torre llevaba a una impresionante victoria.

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¡No tengo ganador, fanáticos!

Un ya lejano sábado en la mañana presencié lo que parecía una impresionante y escalofriante carrera de autobuses en el tramo comprendido entre la estación del peaje y el elevado de Boca Chica. Los dos gigantescos vehículos de compañías privadas que controlan la ruta, atestados de pasajeros, lucían empeñados en una competencia cerrada por llegar primero. Debían correr a no menos de 130 kilómetros por hora, una estimación basada en la velocidad en que se movía el mío que no pudo darles alcance. Me imaginé el semblante de los pasajeros; pétreos los rostros, secos y temblorosos los labios; manos sudorosas de piadosas señoras haciendo la señal de la cruz, implorando con la mudez del miedo al Altísimo por sus vidas.

La aparente competencia se intensificó al pasar frente a la universidad tecnológica, cruzando ambos de un carril al otro en un festival de frenesí. Me resistí a dar crédito a lo que veían mis ojos cuando los dos vehículos subieron al primero de los elevados. El delantero se puso en medio de los carriles con la aparente deliberada intención de evitar que el otro le pasara. Las partes superiores de los autobuses oscilaban, como si fueran a inclinarse de un lado a otro de la pista.

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