Preguntas para las que no hay respuestas

¿Qué espacio puede reservarse a un sujeto que a sangre fría le quita la vida a un ciudadano para despojarle de un celular?

¿Cuánto más allá de su precio en el mercado puede tener de valor ese pequeño aparato telefónico? ¿Qué utilidad para un país puede representar quien procede con tanta violencia, llenando de zozobra a la comunidad con sus actos vandálicos? ¿Es justo que a esos antisociales se les reconozcan derechos que ellos les niegan a sus víctimas? ¿Por qué les resulta tan fácil a esos criminales evadir la persecución policial y el puño de la justicia?

Con frecuencia el temor que invade a la sociedad por la repetición de hechos de esa naturaleza, cambia los hábitos de vida de sus miembros, debido a la inquietud que les produce la posibilidad de ser los próximos. El daño social de estas acciones criminales termina siendo muy superior a los efectos físicos que les causan a las víctimas.

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El gran mito de la política dominicana

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, proclamándose presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, quien así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

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Talvez sea Francisco…

Talvez no sea Francisco el Papa por el que han esperado por mucho tiempo los feligreses. Después de la muerte de Pablo VI, a comienzos de agosto de 1978, mientras esperaban la elección del nuevo custodio de las llaves de San Pedro, las turbamultas reunidas en las plazas de Roma y el Vaticano, mostraban letreros con una rogativa: “Escoged un Papa católico”.

Las multitudes querían significar con sus demandas, el ascenso de un hombre más consciente de sus deberes pastorales, que comprometiera a la Iglesia con los pobres. Anhelaban un Papa para todo el mundo, no solamente para los católicos sin pretender consuelos o fórmulas cristianas para aquellos que no lo eran; que supiera sonreír para penetrar más fácilmente el alma humana y atender sus inquietudes. Un Papa capaz de entender las necesidades de millones de seres sedientos de atención, comprometido con la redención material y espiritual de quienes incluso no profesan fe alguna. Un líder decidido a ponerle barreras a la corrupción dentro de su propia Iglesia y a colocarse en el corazón de quienes sufren. Un Papa dispuesto a cambiar a la Iglesia para humanizarla.

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De la CIDH y el expresidente

La sentencia del Tribunal Constitucional que desconoce el instrumento de aceptación de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se basa en que se obvió el requisito constitucional de enviarlo al Congreso. La omisión correspondió al entonces presidente Leonel Fernández, quien en una conferencia en la sede de la OEA en noviembre del 2014, de hecho desconoció la competencia que él había aceptado como jefe del Estado. ¿Cómo describir esa ambigüedad sobre un tema de tanta trascendencia?

Aceptando la línea de razonamiento de quienes rechazan esa competencia, cabría preguntarse entonces si el señor Fernández no se excedió en sus atribuciones, incurriendo así en un abuso de poder, que las leyes y la propia Constitución, la actual y la anterior, vigente al momento de producirse, sancionaban. Y vale insistir si lo dicho por el exmandatario en Washington constituye un acto de patriotismo, como se pretendió, o una acción de descarada irresponsabilidad, ante el hecho de que los efectos de su omisión le han trajeron al país un problema enorme, colocando a su sucesor, el presidente Medina, en una encrucijada que trató de salvar con la diplomacia y el buen sentido que a su antecesor faltaron.

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Las composiciones clásicas

A diferencia de las obras literarias, las composiciones musicales clásicas suelen numerarse conforme son escritas, aunque no siempre los autores lo hacían y muchas famosas obras, incluyendo las de algunos de los más grandes maestros, se numeraron después de muertos. Por lo regular, la numeración dada a una composición se hace de forma cronológica. La palabra utilizada para esa catalogación es opus, práctica conocida desde el siglo XVII, según se ha comprobado a través de numerosos estudios. En el caso particular de las obras enumeradas después del fallecimiento del autor, la numeración se hacía de la manera siguiente op.posth, para dar a entender que se trata de una obra publicada póstumamente, como han sido los casos de algunos compositores clásicos y barrocos.

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Un sistema simplemente monstruoso

Para que se tenga una idea de la monstruosidad de nuestra práctica política clientelar, sería suficiente irnos a Francia. Como todos sabemos, el país galo es la segunda economía europea, después de Alemania, es miembro del llamado Grupo de los Siete, que reúne a las naciones más desarrolladas del mundo, y posee su propio arsenal nuclear. Lo habitaban 65.7 millones de personas, según cifras del 2002, y su extensión territorial es de 674,843 kilómetros cuadrados, es decir, seis veces la población dominicana y catorce veces la superficie nacional.

En ese país, cuna de ilustres pensadores y artistas, el tope del gasto en campaña presidencial era de 22 millones de euros, unos 25 millones de dólares, equivalentes a unos 1,087 millones de pesos dominicanos, mucho menos de lo que los 32 senadores de esta economía caribeña se engullen en menos de cuatro años en barrilitos y bonos con motivo de la Navidad, los Reyes, el día de las Madres y otras celebraciones en las que la voracidad de nuestros honorables legisladores hacen cada año su agosto, sin contar, por supuesto, los añadidos que a esa fiesta permanente del desorden, la falta de transparencia y el irrespeto a la legalidad representan en probablemente mayor proporción los 190 diputados de la hipertrofiada Cámara Baja.

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De loterías y juegos de azar

A mediados de la presente década, el Ministerio de Hacienda planteó la necesidad de que se redujeran los sorteos diarios de las distintas loterías existentes y han sido pocas las reacciones a favor de esta importante recomendación, a pesar de los años transcurridos. En el país funcionan más establecimientos de juegos de azar que escuelas, colegios e iglesias de todas las denominaciones juntas. Es mucho mayor el gasto en loterías, juegos de azar y apuestas, que el consumo nacional de leche y carne. La gente gasta lo que no tiene en la vana ilusión de conseguir un golpe de suerte que cambie radicalmente su vida y aunque uno que otro lo consigue, la casi totalidad de la población que se aferra a ese sueño despierta decepcionada al chocar al día siguiente con la realidad.

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La verdadera tragedia haitiana

Es cierto que la comunidad internacional tiene un compromiso con la recuperación de Haití, pero como todo en la vida tiene un límite. Las naciones desarrolladas, que pueden asumirlo, encaran sus propias dificultades. Los europeos enfrentan un flujo de migración que ha puesto a prueba los ideales de la unión por los efectos en su escala de valores, a lo que se añade una amenaza real de violencia y terrorismo que ya ha mostrado su rostro.

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