Bosch y la Iglesia (4)

En la historia oficial del golpe que derrocó a Bosch la madrugada del 25 de septiembre, hacen ya 58 años, se señalan como responsables a la oligarquía, los comerciantes e industriales, los herederos del trujillismo en la esfera militar y, por supuesto, la jerarquía católica y el gobierno de los Estados Unidos a través de la Agencia Central de Inteligencia.

Con respecto a este último, la verdad es que si bien la llamada tolerancia de Bosch hacia las actividades de los grupos emergentes de la izquierda, especialmente el Catorce de Junio que lideraba Manuel Aurelio Tavarez Justo, Manolo, propiciaba creciente desconfianza acerca de sus ideales democráticos en esas esferas, especialmente en los círculos más conservadores de la sociedad de entonces, la Casa Blanca veía en Bosch una esperanza de cambio democrático. Durante los meses siguientes a la asonada militar, el Triunvirato que reemplazó a Bosch no encontró apoyo en Washington hasta días después del asesinato del presidente Kennedy y el alzamiento insurreccional del Catorce de Junio.

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Una mala experiencia en el hospital Vinicio Calventi de Los Alcarrizos

Señores! Hay cosas en la vida que regularmente suceden a nuestro alrededor y que uno, quien sabe por cuales razones, desconoce y se muestra incrédulo en que esto pudiera estar produciéndose.

Decimos esto para referirnos a la mala experiencia que vivimos con el mal servicio que recibimos por parte del personal que labora en el Hospital General Dr. Vinicio Calventi del municipio Los Alcarrizos, con un familiar que duró casi una semana interno allí.

Cómo es posible que un centro de salud de tercer nivel no cuente en su laboratorio con reactivos, para realizar un simple hemograma a un paciente que haya sido ingresado para tratarle un problema de salud.

Es inconcebible que un hospital tenga que referir sus pacientes a hacerse este tipo de análisis clínico fuera del centro, cuando se considera que este procedimiento es como el A, B, C dentro de los servicios que debe ofrecer un centro hospitalario de su categoría, siendo esto un elemento básico dentro de la cartera de servicios que debe brindar.

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Bosch y la Iglesia (3)

En su propia definición de lo que era saber gobernar, podría decirse que Bosch desconocía cómo hacerlo. En medio de la campaña electoral de 1962, Bosch dijo que Trujillo, que había sometido al país a una sangrienta y corrupta tiranía de tres décadas, entendía esos secretos porque había sabido mantenerse en el poder por tantos años. Tal afirmación mostraba un aspecto cuestionable de su formación política e intelectual, fuera hoy de toda discusión racional dado que el inventado Bosch que sus discípulos reverencian en altares, no tolera indagación alguna sobre aspectos contradictorios de su personalidad.

El temperamento del líder peledeísta lo distanciaba de una gran parte del conglomerado nacional que veía en sus posiciones extremas y su apoyo a los movimientos radicales una amenaza al orden social. El golpe generó una transformación ideológica poco común en personas de su edad. De defensor acérrimo de la democracia representativa pasó a ser un ideólogo de un marxismo entendido como instrumento del análisis histórico y de la lucha de clases.

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Bosch y la Iglesia (2)

La costosa interrupción del proceso democrático iniciado con las elecciones del 20 de diciembre que dieron al triunfo a Bosch sobre las fuerzas conservadoras aglutinadas en la Unión Cívica Nacional, fue el resultado lógico y brutal de una conjugación de factores que el mismo Bosch contribuyó a crear voluntaria e involuntariamente. Se ha discutido mucho desde entonces si él estaba en condiciones de evitar los tristes acontecimientos que trajeron consigo su salida forzosa del poder, pero es poco probable que pueda llegarse a conclusiones que no sean las especulativas derivadas de la pasión que su memoria todavía despierta entre seguidores y detractores.

Lo cierto es que Bosch cometió errores fatales, que no le permitieron hacerse entender de una sociedad apenas salida de tres décadas de oscurantismo y terror, sin experiencia alguna en la práctica democrática, tanto en la esfera económica y cultural como en la política. La obsesión de Bosch por la suerte de su gestión era patética. Su fatalismo le llegó a decir muchas veces que le derrocarían, incluso antes de asumir el cargo. En su libro “Crisis de la democracia de América en la República Dominicana”, escribió un año después del golpe lo siguiente: “Yo tuve que aceptar esa presión de las masas (su postulación como candidato), y si hay algo de que me arrepiento en la vida es de haber aceptado ir a la elección como candidato presidencial sabiendo, como lo sabía sin la menor duda, que el Gobierno que me iba a tocar encabezar sería derrocado quizá antes de que tomara el poder”.

A través de los años, esta afirmación y otras muy similares han contribuido a expandir el criterio de que Bosch le temía a las responsabilidades del poder y que como consecuencia de ello, voluntaria o involuntariamente, para todos los fines lo mismo, creó las condiciones para su derrocamiento y la inestabilidad que vino después.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

Bosch y la Iglesia (1)

El culto póstumo a la personalidad del ex presidente Bosch, que él en vida rechazaba, terminará disminuyendo su estatura histórica y sus aportes a la creación de una conciencia democrática en el pueblo dominicano. Contribuciones que, a mi juicio, ayudaron a desmontar el mito de la tiranía de Trujillo y enseñar a la población la importancia de su presencia activa en la política, entendida esta como una actividad esencial a la preservación de los derechos ciudadanos.

La creación de un Bosch que nunca existió se asemeja a un sentimiento de culpa de parte de sus discípulos, sin vocación muchos de ellos para aceptar el partidismo como un compromiso social y no como una vía de superación y enriquecimiento individual. En los últimos años, se ha intentado una clonación oficial del Bosch que los educó en las bregas políticas. El resultado es muy distinto de aquél que la sociedad conoció en situaciones muy complejas y en las que él mismo fue víctima de la intolerancia y la sed de poder; herencia de una guerra fría que en el país degeneró en golpes de estado, revueltas civiles, intervención militar extranjera, conatos de guerrillas y otras experiencias sobre las que surgió la democracia dominicana.

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Los valores dominicanos

En medio del tan a veces áspero debate de los temas nacionales, me he preguntado qué significa ser dominicano y qué valores, humanos y morales, implican serlo. ¿Se es porque se aman los colores de la bandera, que irrespetamos usando indistintamente dos matices del azul en ella, o porque se vibra al entonar las notas de nuestro épico canto nacional? ¿Qué puede alentar un profundo sentimiento de arraigo en la tierra en que se nace? ¿La tradición? ¿Cuál es la nuestra? ¿Los recuerdos de infancia, la universidad, la familia?

Independiente del efecto de pertenencia que genera la vida familiar y los vínculos con la sociedad en que uno se mueve y trata, es claro que el patriotismo conlleva otros sentimientos más profundos y duraderos, que sobreviven a la muerte y al desarraigo. Me refiero a los valores por los que vale la pena luchar y que hacen grande a una nación, no sólo por la forma en que su gente muere para defender sus derechos y los de los demás, sino por la manera en que en ella se vive. Para muchos el patriotismo nacional se reduce a la dignidad de morir por la patria, aunque a veces con esas inmolaciones se pierden a aquellos que ofrecían la posibilidad de un cambio a favor de la vida.

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En la hora crucial de la humanidad

En un momento crucial de la historia de la humanidad, cuando las fuerzas de la tiranía y el odio abrazaban a Europa, la voz y el temple de un gran estadista, Winston Churchill, se levantó sobre el miedo y la desconfianza y su ronco timbre devolvió al Reino Unido el valor que finalmente hizo posible la destrucción del nazismo.
Cuando todo parecía perdido, con el Ejército británico a merced de las fuerzas de Hitler en Dunquerque, ciudad portuaria en el norte de Francia, Churchill no se dio por vencido. Con la oposición incluso de su gabinete de guerra ideó e hizo posible la operación Dínamo, la más gigantesca operación de rescate jamás realizada, con naves civiles, lo que permitió el regreso a casa de 300,000 soldados, vitales para el esfuerzo de guerra. Su discurso ante el Parlamento inyecto las energías que el pueblo necesitaba para enfrentar la amenaza nazi:

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La decadencia del reformismo

La permanente alianza electoral del Partido Reformista con el oficialismo, primero con el PLD luego con el PRM, marca el punto de partida de su desaparición definitiva como opción de poder. Se ha pretendido asignarle a esos acuerdos propósitos programáticos en educación, salud y el medio ambiente. Pero su fiel y angustiada militancia sabe que a la llamada franquicia reformista sólo le ha animado la preservación de los cargos y privilegios que su fructífera relación con el poder le han asegurado a lo largo de los últimos años.

Desde su salida del Palacio en 1996, tras veintidós años de gobierno con dos períodos de oposición entre 1978 y 1986, el reformismo ha ido dando tumbos. En esos años de incertidumbre no encontró un liderazgo que ocupara el lugar que su fundador y guía, Joaquín Balaguer, dejó vacío al desocupar la presidencia. La falta de un faro orientador, al que siempre estuvo ligado mientras su jefe respiraba, le creó un vacío que fue haciéndose más profundo en la medida en que esa debilidad extrema generó las desavenencias y distanciamiento que hicieron de aquella enorme fuerza política un cascarón, sin posibilidad de moverse por sus propios medios en ese ventarrón que es la actividad política dominicana.

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