Los desafíos requieren pactos

La puesta en ejecución de la Ley General de Educación que consigna al sector preuniversitario el 4% del PIB ha sido, sin duda alguna, la victoria de opinión pública más importante de las últimas décadas y fue resultado de un gran pacto nacional, que involucró a partidos políticos, organizaciones empresariales, gremios profesionales, federaciones sindicales, las iglesias y el resto de la sociedad civil. Nadie puede negar que el resultado de esa extraordinaria conjunción de voluntades ha sido de enorme beneficio para el país y que como resultado de ello en el corto o mediano plazo comenzaremos a ver los extraordinarios avances en materia educativa que tanto hemos anhelado, para el crecimiento de la productividad y el mejoramiento de la calidad de vida de la población, especialmente los de más bajos niveles de ingreso.

La nación tiene ante sí muchos otros desafíos inaplazables. Dos de ellos, los más apremiantes, se refieren al negocio eléctrico y al sistema impositivo. Sin una estructura energética fiable, moderna, de calidad mundial y de precios competitivos, nuestras posibilidades de acceso a los mercados más exigentes y prometedores se irán reduciendo en la medida en que quedemos rezagados del resto de nuestros pares en el resto del mundo. Leer más de esta entrada

Al llegar al ocaso

Cuando se llega a la edad de 75 años, a la que hoy arribo a Dios gracias, no hay nada mejor que saber que quedan fuerzas y voluntad para seguir viviendo y continuar haciendo lo que uno ha hecho en toda su vida de adulto: amar, escribir y hasta pensar. He amado con todas las fuerzas que nos da el corazón a mi esposa Esther, y a mis hijos, Lara y Miguel, ya profesionales exitosos en sus respectivas áreas de actividad. La vida nos cambia cuando llegan los nietos, nietas en mis caso, Gabriela y Andrea, y uno descubre que por más que se haya amado, esa capacidad no se agota; se agiganta mientras los años te despojan de volumen muscular, te acortan las noches y te hacen más sensible, devolviéndote la perdida y grandiosa oportunidad de llorar y estremecerte ante las cotidianas expresiones de ingratitud y maldad humana.

En los 45 años de los casi sesenta que llevo involucrado en los medios y en el oficio de escribir, lo que me ha llenado a plenitud no son los 15 libros publicados, ni los reconocimientos que cuelgo en las paredes de mi oficina, tal vez muchos inmerecidos. He sabido llorar sobre las páginas de libros que se alojan en lugares arcanos de mi corazón y a pesar de toda la rudeza que nos rodea, supe encontrar en las lágrimas de un niño hambriento y desconsolado motivos para un artículo o un capítulo de libro. Leer más de esta entrada

El valor de la democracia

Las dictaduras y los gobiernos autoritarios son más fáciles de sostener que una democracia auténtica. Sólo necesitan valerse de la fuerza y de la intimidación para mantenerse y luego el miedo los hace una costumbre. Lo hemos vivido una y otra vez en esta nación, en la que sus fundadores, los que se entregaron a la causa de la redención del pueblo dominicano, terminaron en el cadalso o murieron en medio de una pobreza atroz en el exilio, olvidados de aquellos que habían contraído con ellos una deuda de gratitud impagable.

La democracia, en cambio, requiere de una construcción basada en la tolerancia y la paciencia. No se edifica de un tirón como las dictaduras. Es una cultura. Los gobernantes democráticos están obligados por las constituciones y las leyes y están moral y legalmente forzados a respetarlas y hacerlas cumplir, por encima de sus simpatías y compromisos personales o de logias.

La dictadura y el autoritarismo son monolíticos. Tienen una sola finalidad y se alcanzan por el sometimiento. La democracia exige comprensión y en ella los gobiernos están sometidos a la autoridad del pueblo, al que deben servir. En la dictadura la fuerza se ejerce para doblegar voluntades y erigir fortunas ilícitas y famas tan frágiles como efímeras. Leer más de esta entrada

De un lego en la materia

Nada desnuda más el desorden en algunas actividades del país, como el tránsito urbano. Y son pocos los que no sufren diariamente sus consecuencias. Los esfuerzos que se realizan para mejorar la circulación de vehículos deben ser reforzados, en mi opinión de lego en la materia, con acciones oficiales drásticas, que requieren de mucha voluntad y coraje políticos.

Lo primero sería la ampliación del metro y la creación de una empresa pública-privada que maneje el servicio bajo la administración de una empresa bien calificada, con experiencia en ciudades como Madrid y Nueva York. Para empezar se necesitarían no menos de 500 autobuses modernos y confortables, que cubran las principales avenidas y calles, tanto en el sentido norte-sur, como en el este-oeste. Los carriles de la derecha deberían ser del uso preferencial aunque no exclusivo de los autobuses, con paradas cada 200 o 150 metros. La medida tendría que ser acompañada con la eliminación de todas las chatarras que cubren el servicio, sean autobuses, minibuses y carros del “concho”, cuyos propietarios pasarían a ser o accionistas o empleados de la empresa. Los taxis estarían sujetos a una severa regulación, comenzando por la pintura de los autos y tablillas obligadas del conductor emitidas por el Ministerio de Obras Públicas.

En una primera etapa, se requeriría sacar de circulación no menos de entre 75 y 100 mil vehículos diarios, mediante el sistema de matrícula par e impar y restringir por un tiempo la importación de automóviles, elevando los impuestos al nivel del precio de venta, de suerte que los ciudadanos se acostumbren al uso del transporte público, como ocurre en todas las capitales modernas.
No soy quien para dictar normas de tránsito, pero si no se toman en pocos años será imposible vivir en Santo Domingo. El costo de los tapones en combustible, tensión arterial y merma de la productividad es incalculable.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

Mi amistad con Roberto Salcedo

Por Nélsido Herasme

La amistad que una vez cultivé con Roberto Salcedo nos marcó tanto que aún recuerdo el ofrecimiento de una bicicleta y la entrega de prendas de vestir que nos compraba en tiempos de navidad. Esto sucedía en el final de la década de los años 70s y comienzo de los 80s.

Las personas agradecidas jamás deben esconder su gratitud, máxime  aquellas que, con amor desinteresado nos extienden sus manos. Son tantas las cosas que quisiéramos decir de Roberto que no cabrían en varias cuartillas.

Recuerdo que siendo apenas un muchacho, vendedor de periódicos (canillita), hace ya un buen rato, tuvimos el sagrado honor de conocer a Roberto Salcedo, a su distinguida madre, doña Carmita y a su hoy esposa, doña Angélica cuando en aquel momento era su novia. De ellas llegamos a recibir apoyo, sonrisa y consejo. Leer más de esta entrada

Derechos humanos y criminalidad

Por años, el tema de la defensa de los derechos humanos ha ocupado buena parte de la atención de los medios por su importancia capital en la práctica democrática y ese permanente interés ha generado serios cuestionamientos a las políticas oficiales sobre la materia. Buena parte de la preocupación se ha centrado en la protección de los derechos ciudadanos de aquellos que hacen del crimen y de la violencia física una norma de conducta, sin reparar el daño que causan a los demás y la desprotección con que se dejan a los más vulnerables, los que frecuentemente son víctimas de la criminalidad en auge.

Por desgracia, la creatividad de los organismos de protección ciudadana no se compara con la facilidad y rapidez con la que las distintas modalidades del crimen organizado han logrado ampararse en los tecnicismos que las leyes ponen a su disposición, colocándolos cada día más lejos del alcance de las sanciones legales y haciendo más difícil y menos eficiente el combate a la criminalidad y la delincuencia. Algunas de las instituciones de la sociedad civil defensoras de los derechos ciudadanos han sido muy activas en defensa de los derechos de los criminales más que en los de sus víctimas y esta realidad es innegable, por mucho que duela y avergüence. Leer más de esta entrada

Las fechas religiosas

Siempre me he preguntado sobre la rigidez de las festividades religiosas en el calendario. Y no encuentro explicación al hecho de que puedan moverse fechas que conmemoran efemérides patrióticas y no suceda igual con algunas relacionadas con la fe, como son los casos del 21 de enero, reservada a la veneración de la Virgen de la Altagracia y el 24 de septiembre a la de las Mercedes, o de la Merced.

Eso de mover las fechas es una práctica común en muchas naciones para evitar que un aniversario relacionado con una gesta importante no interrumpa el ritmo laboral, aplazándolo o moviéndolo para el lunes siguiente. Hay cuatro fechas de enorme significado histórico patriótico sagradas para los dominicanos, como son la Independencia, que celebramos el 27 de febrero; la Restauración, el 16 de agosto; la primera Constitución, el 6 de noviembre y, por supuesto, la del natalicio del prócer Juan Pablo Duarte, el 26 de enero. Las dos primeras son inamovibles, por lo que significan, y debido a que en la primera los presidentes deben rendir cuenta de sus actos a la nación y en la segunda se abre la segunda legislatura del año y cada cuatro años se juramenta un Presidente de la República. Leer más de esta entrada

El viacrucis cubano

Conozco a una gran cantidad de conservadores y tradicionalistas con una fina y desarrollada percepción de cambio que adoptan como un objetivo de sus vidas, y a un número mayor de individuos supuestamente baluartes y protectores de eso que llaman “ideas de vanguardia”, total y absolutamente desprovistos de compromisos con la sociedad en la que viven.
Por eso he sostenido siempre que si los cubanos se dieron una revolución a partir de enero de 1959, esa revolución ha tenido lugar efectivamente en cada hogar de una familia cubana precisada a construir con el esfuerzo y el sudor de su trabajo un porvenir digno para su familia, en tierras lejanas que ya pudieran ser la propia por los duros años de exilio. En la isla, atrapada en las redes de un sueño trunco, la revolución pereció el mismo día en que las ambiciones de un solo hombre dejaron en cada rincón de Cuba las raíces de la peor tiranía de su historia.

La verdadera revolución, la que los ha emancipado del terror y la humillación, la han hecho millones de cubanos en el exilio, no los Castro en Cuba. Por seis décadas, poco más de dos generaciones de cubanos nunca han conocido realmente lo que una vez les pareció el comienzo de una era de prosperidad y libertad. La ilusión del paraíso prometido ha sido apenas otra cruel modalidad de tiranía, que los ha hecho volver medio siglo después muy atrás del lugar donde ya estaban. Leer más de esta entrada