La independencia del Poder Judicial

Una práctica que afecta la independencia del Poder Judicial es la tendencia a dirimir fuera de los tribunales, en los medios de comunicación, asuntos pendientes de fallo en la justicia. Algunos de los casos más sonados de los últimos años se ventilaron así en las páginas de los periódicos y en los programas de radio y televisión. Los ciudadanos conscientes de la importancia que para la vida institucional y la vigencia de un estado de derecho tiene la soberanía del Poder Judicial ven con estupor la insólita frecuencia con que abogados de personas acusadas de diversos delitos, acuden a los medios con la evidente intención de presionar a los jueces y condicionar a la opinión pública.

Muy pocos jueces están en condiciones de resistir este tipo de presión Por esta razón, en su momento, hace años, fue muy bien recibida la exhortación del presidente de la Suprema Corte de Justicia de entonces, doctor Jorge Subero Isa,” a todos los jueces del país”.

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Un legado de campañas electorales

Una de las prácticas a evitar en los próximos procesos electorales es la de atiborrar la geografía nacional con vallas, letreros y afiches promocionales de los candidatos, que afean las ciudades y carreteras y crean contaminación visual, y en muchos casos un peligro para los conductores, cuando esa promoción oculta señales de tránsito. Finalizada las campañas los partidos incumplen con la obligación de limpiar las áreas embadurnadas con su propaganda, para facilitar, por lo menos el necesario tránsito hacia la normalidad.

En la mayoría de los países la difusión de este tipo de publicidad está muy controlada y la violación de las normas se paga a veces con la anulación de candidaturas o fuertes penalidades económicas. Ese control impone los lugares donde se permite el despliegue de material promocional y su volumen. También establece plazos para el retiro, y el incumplimiento de la norma implica también sanciones para aquellas autoridades responsables de hacerlas cumplir.

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Inseguridad ciudadana y derechos humanos

La defensa de los derechos humanos ha ocupado la atención de los medios por su importancia en la práctica democrática y ese permanente interés ha generado serios cuestionamientos a las políticas oficiales sobre la materia. Buena parte de la preocupación se ha centrado en la protección de los derechos ciudadanos de aquellos que hacen del crimen y de la violencia física normas de conducta, sin reparar el daño que causan a los demás y la desprotección con que se dejan a los más vulnerables, los que frecuentemente son sus víctimas.

Por desgracia, la creatividad de los organismos de protección ciudadana no se compara con la facilidad y rapidez con la que las distintas modalidades del crimen organizado han logrado ampararse en los tecnicismos que las leyes ponen a su disposición, colocándolos cada día más lejos del alcance de las sanciones legales y haciendo más difícil y menos eficiente el combate a la criminalidad y la delincuencia. Algunas de las instituciones de la sociedad civil defensoras de los derechos ciudadanos han sido muy activas en defensa de los derechos de los criminales más que en los de sus víctimas y esta realidad es innegable, por mucho que duela y avergüence.

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“Pararme en una esquina”

La relectura de las obras de Gabriel García Márquez me trajo a la memoria la que tal vez haya sido una de sus últimas entrevistas como el genial periodista que siempre fue. La entrevista hecha a Fidel Castro, probablemente también la última concedida por el dictador cubano a un escritor extranjero, legó una formidable reflexión sobre el alcance del poder absoluto y las inmensas limitaciones que conlleva paradójicamente el ejercicio de ese poder.

Si bien se trató de una entrevista complaciente, cosa lógica dado el trato personal y profesional del Nobel de Literatura colombiano con el líder de la revolución cubana, una frase de Castro le imprimió a ese encuentro un valor extraordinario sobre el significado del poder político y la terrible e inconsolable soledad que rodea siempre al que lo ejerce o posee, aislándole y convirtiéndolo a la postre en un esclavo de sí mismo.

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La visión maoista del marxismo

Años han transcurrido desde el desmembramiento del comunismo en la antigua Unión Soviética y el resto del Este europeo, así como del exitoso tránsito de China hacia el capitalismo, sin que los extraños seres del marxismo que aún permanecen fieles a la doctrina, entiendan las causas del fenómeno. Fue Mao el que anticipó el fracaso del sistema, si bien él mismo entró años después en contradicción con su propia prédica.

El líder de la revolución escribió: “Los comunistas son marxistas internacionalistas, pero nosotros no podemos adaptar el marxismo a la vida sino adaptándolo a las particularidades concretas de nuestro país, y bajo una forma nacional. Si los comunistas, que son una parte del gran pueblo chino, aplican el marxismo sin tener en cuenta las particularidades de la China, se llegará a un marxismo abstracto y vacío de todo contenido”.

Mao también escribió como perjudicial para el desarrollo del arte y de la ciencia la imposición por “medidas administrativas” de un estilo particular del arte o una de “escuela de pensamiento con exclusión de otra”, que fue precisamente lo que hizo, olvidando sus enseñanzas, al desatar después la llamada “Revolución Cultural”, que generó una cruenta persecución entre la misma dirigencia que le había acompañado en los años de guerra, primero contra Japón y luego contra Chiang Kai Shek, sumiendo a China en una crisis aguda.

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Ejercicio estéril donde no se lee

Admito mi carencia de respuesta para algunas de las más importantes preguntas que muchas veces me formulo. Por ejemplo, ¿por qué escribo una columna diaria? ¿Por dinero? No lo creo. Lo que me pagan no me resuelve ningún problema. ¿Entonces, por qué lo hago? ¿Acaso en la búsqueda de fama o reconocimiento? Descartado. Detesto la primera y dudo que obtenga lo segundo por esa vía. ¿Por vanidad? Aún no sufro de ese mal. ¿Para probarme a mí mismo? No necesito hacerlo. Me basta con mi familia. ¿Para estar en el centro de la energía que mueve a esta sociedad? ¡Imposible! Daría cualquier cosa para estar lejos de ella.

Pero debe haber una razón, sin duda. Tal vez tan poderosa que sea incapaz de comprenderla. Pasa a menudo en un mundo atormentado, donde las personas viven angustiadas por el duro quehacer diario, asfixiadas muchas de ellas en obscena abundancia extrema a veces aniquiladora del espíritu, y otras, en número mayor, atrapadas en una terrible escasez desconsoladora.

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El día que no queremos

Cuando se lee y se escucha por la radio y la televisión el incesante saqueo de los bienes públicos, sin sanción alguna, mientras se habla de pactos o medidas fiscales que supondrían inevitablemente nuevos impuestos y más sacrificios para la clase media y los pobres, asalta el temor de que el día menos pensado la relativa tranquilidad en que vivimos se aleje de nosotros. Un día en que todo será distinto. En el que la autoridad, indiferente y cómplice de los hechos que agotan la paciencia nacional, no será suficiente para sofocar la ira de las multitudes.

Será el día en que aquellos que incluso le huyen a esa posibilidad, acudirán a un llamado de redención que alguien, tal vez desconocido, formulará bajo cualquier consigna, porque cuando llegue ese día ya nada importará y todo lo que resulte del desorden y la destrucción será para la multitud menor que todo cuanto existía. Me temo que la ceguera y las ambiciones de una clase política corrupta estén acelerando la llegada de ese día fatal que nos ocultará el solo por muchos años, como ya ocurre en otros países.

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La coherencia diplomática

La anunciada y pendiente decisión del presidente Luis Abinader de trasladar la sede de la embajada dominicana a Jerusalén, donde funcionó desde su instalación hasta 1980, sería una medida coherente con la diplomacia que la nación ha mantenido desde el final de la Segunda Guerra Mundial y en particular con la nación hebrea.

Desde la creación del estado judío, en virtud de una resolución adoptada por Naciones Unidas en 1947, las naciones que votaron a favor de ella instalaron su sede en la capital histórica israelí. La resolución fue adoptada en noviembre de 1947en un esfuerzo de la comunidad internacional para solucionar el creciente conflicto entre árabes y judíos en la zona de Palestina, con la aprobación a favor de crear allí dos estados, un judío y otro árabe palestino.

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