Con un embajador bastaría

Desde la firma de los Pactos de Letrán entre Pío XI y la dictadura fascista de Benito Mussolini en febrero de 1929, con los que Italia reconoció la sede papal como Estado independiente, los países occidentales tienen acreditados embajadores ante el palacio del Quirinal, sede de la jefatura del Estado italiano, y el Vaticano.
Sólo que muchos de ellos, por razones económicas, utilizan a un solo embajador para llenar las dos funciones. El país, en cambio, se gasta el lujo de tener allí dos representantes, es decir, dos sedes diplomáticas en una misma ciudad, con dos nóminas de personal, dos dotaciones y dos salarios altísimos para sus embajadores.

Italia, miembro del grupo de las siete naciones más desarrolladas del mundo, de donde procede una buena cantidad de los turistas que nos visitan, país con el cual tenemos un intercambio comercial importante, llegó a cerrar por recorte presupuestario su consulado, a despecho de que viven aquí decenas de miles de italianos, una cifra muy superior a la de dominicanos residentes en la nación europea.

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Entre revolucionarios te vea (2 de 2)

Conozco a una gran cantidad de conservadores y tradicionalistas con una fina y desarrollada percepción de cambio que adoptan como un objetivo de sus vidas, y a un número mayor de individuos supuestamente baluartes y protectores de eso que llaman “ideas de vanguardia”, total y absolutamente desprovistos de compromisos con la sociedad en la que viven.

Por eso he sostenido siempre que si los cubanos se dieron una revolución a partir de enero de 1959, esa revolución ha tenido lugar efectivamente en cada hogar de una familia cubana precisada a construir con el esfuerzo y el sudor de su trabajo un porvenir digno para su familia, en tierras lejanas que ya pudieran ser la propia por los duros años de exilio. En la isla, atrapada en las redes de un sueño trunco, la revolución pereció el mismo día en que las ambiciones de un solo hombre dejaron en cada rincón de Cuba las raíces de la peor tiranía de su historia.

La verdadera revolución, la que los ha emancipado del terror y la humillación, la han hecho millones de cubanos en el exilio, no los Castro en Cuba. Por cinco décadas y media, poco más de dos generaciones de cubanos nunca han conocido realmente lo que una vez les pareció el comienzo de una era de prosperidad y libertad. La ilusión del paraíso prometido ha sido apenas otra cruel modalidad de tiranía, que los ha hecho volver medio siglo después muy atrás del lugar donde ya estaban.

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Entre revolucionarios te vea (1 de 2)

En la izquierda dominicana, no se acepta la diferencia entre una postura y una actitud revolucionaria. Las posturas revolucionarias tienen mucho que ver con lo que real o falsamente se sostenga en el plano de la ideología. Las actitudes revolucionarias con lo que una persona es en su vida diaria.

La primera se asume abrazando simplemente el castrismo. Una conducta revolucionaria se alcanza al cabo de una larga vida de desprendimiento y servicio. He visto por eso a marxistas reaccionarios y a un buen número de empresarios revolucionarios. Siempre será más difícil mantener una conducta revolucionaria que una postura a favor del cambio social. Principalmente porque la mayoría de quienes alegan un historial revolucionario viven y actúan en constante riña con sus prédicas políticas.

Así se pueden ver a políticos corruptos, enriquecidos a expensas del Estado y del trabajo productivo del pueblo, vociferando en mítines y pontificando en programas de radio y televisión sobre la necesidad de cambiar las relaciones de producción y de hacer esto y aquello para transformar las condiciones de las masas desposeídas, y regresar después a sus lujosas mansiones para ahogar en whisky sus cantos de protestas.

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Los días feriados del año

De antemano pido excusas si ofendo con este artículo los sentimientos religiosos de algún dominicano. Pero me resulta inconcebible que el listado de días feriados declare día laborable el martes 26 de enero, fecha del natalicio de Juan Pablo Duarte, padre de la independencia de la República, moviéndolo para el día anterior, mientras se mantuvo el jueves 21 del mismo mes, no laborable.

Ese día está dedicado a la virgen de La Altagracia, una de dos patronas de la feligresía católica dominicana, que cada año lo conmemora de diferentes maneras, incluyendo una masiva peregrinación a la basílica de Higüey, a la que se le ha dado su nombre, llevando ofrendas y actos de sumisión que a veces semejan flagelaciones, para invocar perdón por los pecados. Como bien estos ritos forman parte de la vernácula tradición religiosa, la cual no cuadra con los cambios introducidos y aceptados ya por la Iglesia, no es mi propósito cuestionarlos, ni ir en contra de una costumbre muy arraigada en una parte muy importante de la población. El caso es que Duarte nació ese día, y existe documentación suficiente para probarlo, y nada asegura en cambio que un 21 de enero naciera una de las dos patronas del pueblo católico dominicano.

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La guerra fría en el léxico de la izquierda

A despecho de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos que le siguieron en Europa y el resto del mundo, el léxico de la guerra fría domina todavía el debate en el ámbito latinoamericano. Parecería que lo ocurrido cuando el témpano ideológico que se derritió con la desaparición de la Unión Soviética no ha sido entendido como tampoco las transformaciones capitalistas que han hecho de China la segunda potencia económica.

Los controles constriñen la vida de los ciudadanos en países como Venezuela y Cuba y el dominio de la economía por sus gobiernos las achican provocando escasez y alzas de precio brutales que hacen la vida insufrible. La experiencia china no les ha servido de nada. Cuando Deng reconoció que una teoría lanzada a mediados del siglo anterior no tenía respuestas a los problemas de la China de finales del siglo XX, el entierro del marxismo permitió a esa nación de más de mil millones de habitantes dar el salto cualitativo que Mao intentó sin éxito en medio de un charco de sangre haciendo más pobre a China. Hay más millonarios hoy en el país asiático que en cualquiera del Primer Mundo, incluyendo probablemente a Estados Unidos.

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Más ahora por la pandemia

Si alguna prioridad tenemos, más ahora con la crisis sanitaria, es la de proponernos metas como nación y definir lo que queremos ser y cómo deseamos vernos dentro de quince, veinte y cincuenta años. Obviamente, tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza.

Si permitimos que nuestras diferencias nos sigan distanciando en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. En sociedades democráticas las disparidades de criterio, enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional.

La imperiosa necesidad de encontrar vías para enfrentar los desafíos del porvenir de manera alguna significa una renuncia a esas diferencias. Una cosa es la diversidad de opinión, que es la esencia misma de una sana práctica democrática, a la rencilla que ha caracterizado buena parte del juego político. No debemos perder la confianza en nuestra fortaleza para salir airosos de las situaciones más difíciles.

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La elección de los jueces

¿Qué se espera de los jueces de las llamadas Altas Cortes y qué condiciones deben tener los aspirantes a ocupar asientos en el Tribunal Constitucional y en la Suprema Corte de Justicia? ¿Bastan solo sus méritos académicos y la experiencia acumulada en el ejercicio del Derecho, la judicatura y la academia? ¿De qué valdría el más sabio de los jueces, el más experto en el conocimiento de la Constitución y las leyes, si no puede enseñar las mismas credenciales en su vida privada y su comportamiento social riñe con las normas aceptadas como válidas por una sociedad a la que juzgará con sus sentencias?

Son preguntas fundamentales si realmente queremos o abogamos por tribunales que garanticen una buena administración de justicia, porque es imposible separar la vida privada e íntima de un juez o de cualquier otro servidor público de sus vicios o prácticas personales. Si lo académico prima sobre lo demás, si es suficiente con mostrar larga experiencia y habilidad para responder preguntas sobre el Derecho, sería innecesario las sesiones con aspirantes en el Consejo Nacional de la Magistratura. Tiempo y molestias se ahorrarían entonces el Presidente de la República y los demás miembros del consejo en vanos interrogatorios. Y un examen riguroso de las hojas de vida de los aspirantes bastaría para escoger a los jueces.

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La sabia advertencia de Ornes

Germán Ornes decía que el temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminaría dañando a la prensa. La premisa ha resultado profética.

Con el Internet y la facilidad que ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

Cualquiera puede decir cuánto se le antoje en las redes sin consecuencia alguna. Y cuando se hace viral, es decir cuando se extiende y llega a millones de personas, hay un daño directo irreparable y consecuencias colaterales de iguales consecuencias. Una alta proporción de las denuncias publicadas a diario carecen de sustentación. Y ya pocos respetan la norma clásica del buen periodismo de confirmar en cuantas fuentes sean necesarias la veracidad de las denuncias y de darle la oportunidad al agraviado de defenderse antes de su publicación. La práctica es hacer esto último cuando el daño ya está hecho.

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