Las enseñanzas de la “marcha verde”

A finales de enero del 2017 escribí que la “marcha verde” de protesta realiza días antes dejaba dos elementos dignos de valorarse. El primero se refiere a la actividad misma, con la cual se derribó la añeja creencia de que las demostraciones pacíficas no sirven para nada ni promueven cambios de actitudes. El segundo se relaciona con la actitud asumida por el gobierno de entonces, al reconocer el derecho a la protesta pacífica.

En resumen, cuando se aprende a vivir en democracia, el gobierno alcanza a entender la importancia de aceptar la crítica y los reclamos con la tolerancia debida, aun cuando provienen de adversarios reacios a reconocer sus aportes al bien común. De manera que esa marcha constituyó una demostración de civismo y respeto mutuo por ambas partes, por más que haya habido estridencia y voces desbocadas en fatal y estéril búsqueda de protagonismo.

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Las relaciones gobierno-prensa (2 de 2)

Un efectivo diálogo no consiste únicamente en el trato o en la aparición frecuente del Presidente o de sus principales colaboradores con el público o con la prensa. Esa percepción se basa en concepciones erradas de lo que es una buena comunicación con el público. De ahí, los pobres resultados que las distintas administraciones han obtenido en sus esfuerzos por mejorar sus mecanismos de comunicación y diálogo con el pueblo.

Debido a estas fallas en la comunicación, a los gobiernos les ha resultado difícil convencer al país de la necesidad de acciones dramáticas en situaciones de crisis. En épocas pasadas se vieron ante medidas de corte impositivo para resolver problemas urgentes de la economía, y necesarios acuerdos con el Fondo Monetario Internacional. Y temo que ocurriría lo mismo en los casos de nuevas reformas anunciadas por el Presidente de la República.

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Las relaciones gobierno-prensa (1 de 2)

La designación del periodista Homero Figueroa al frente de las comunicaciones del Gobierno, abre grandes oportunidades de crear vínculos para una buena comunicación oficial con los medios, basada en el respeto mutuo y el reconocimiento de la dignidad del ejercicio de un periodismo crítico en una sociedad democrática.

La creación de esos nexos ayudaría sin duda a superar los grandes vacíos de una comunicación oficial defectuosa, sustentada hasta ahora básicamente en la publicidad y la promoción de la figura presidencial.

Esa relación debe ser la de adversarios, como promoviera Germán Ornes, que evite el culto de la personalidad y mantenga la distancia correcta y la perniciosa tendencia a tutear, muy propia en cambio en el trato íntimo entre amigos y relacionados.

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El arte de la negociación

El mérito de monseñor Agripino Núñez Collado como mediador fue lograr que las partes no se retiraran al primer desacuerdo. La costumbre ha sido siempre sentarse en la mesa de negociación, no a la mesa, con la idea de obstaculizar un acuerdo. El clima ideal se da cuando se admite que nadie tiene toda la razón. Sólo así es posible arribar al lugar deseado. La sabiduría del prelado consistió en bajarlos a la mesa y colocarlos en ese punto de partida.

Cuando el propósito es evitar un arreglo, las exigencias se formulan para dejar al contrario sin opciones. En muchas ocasiones, a las demandas de carácter social al gobierno de turno, además del arreglo de las calles, el mejoramiento de las redes eléctricas, el suministro de agua potable y la recogida de basura, se añadían el retiro de las tropas de Estados Unidos en el exterior, la excarcelación de los palestinos de las cárceles de Israel o el fin del “bloqueo” a Cuba, exigencias ajenas a la voluntad del gobierno.

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El intransitable camino de un debate

El inacabable debate alrededor del tema del aborto ha sido infectado por los prejuicios morales y religiosos, dificultando una sana discusión que permita alcanzar un acuerdo sobre un tema que despierta tantas pasiones e incoherencias. Lo cierto es que la veda contra toda forma de interrupción del embarazo desprotege a la mujer del abuso y las violaciones. Este fenómeno social, cada día más alarmante, constituye uno de los factores de discriminación de género más denigrante en la sociedad dominicana.

Atrapados en los argumentos éticos y religiosos de un problema de innegable carácter médico-social, el Congreso y las organizaciones opuestas a la despenalización por causas más que justificadas, pierden de vista que el delito de violación e incesto quedan así marginados de la discusión. Tampoco toman en cuenta, las consecuencias psíquicas del drama humano de obligar a una mujer o a una menor a tener un hijo indeseado, que en los casos de embarazos médicamente mal tratados pueden llevar a la muerte de la madre e incluso de la criatura.

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Las rivalidades impiden un compromiso

En la tradición política dominicana, nada que haga el gobierno o diga la oposición es objeto de una discusión objetiva, por más coincidencia que exista entre las partes. Esa característica peculiar de nuestro accionar político se da incluso en los temas en que teóricamente hay coincidencia de pareceres, impidiéndonos avanzar en la búsqueda de solución a los problemas que arrastramos desde el nacimiento mismo de la República.

Se ha escuchado decir a todo aquél que hace vida política partidaria que la educación es la clave del futuro, la magia liberadora de la esclavitud proveniente de la ignorancia y el analfabetismo. Mismo ocurre con la salud pública, el medio ambiente, el transporte, los servicios públicos y cuantas cosas influyen en la vida diaria de la gente que habita este país.

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¡Aprovechemos nuestros recursos!

La República Dominicana, como todo país, tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo. ¿Por qué los dominicanos no podemos hacer lo mismo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero éste puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

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El patriotismo que engrandece

En medio del tan a veces áspero debate de los temas nacionales, me he preguntado qué significa ser dominicano y qué valores, humanos y morales, implica serlo. ¿Se es porque se aman los colores de la bandera, que las instituciones públicas y privadas irrespetan usando indistintamente dos colores azules en ella? ¿O porque se vibra al entonar las notas de nuestro épico canto nacional? ¿Qué puede alentar un profundo sentimiento de arraigo en la tierra en que se nace? ¿La tradición? ¿Cuál es la nuestra? ¿Los recuerdos de infancia, la universidad, la familia?

Independiente del efecto de pertenencia que genera la vida familiar y los vínculos con la sociedad en que uno se mueve y trata, es claro que el patriotismo conlleva otros sentimientos más profundos y duraderos, que sobreviven a la muerte y al desarraigo. Me refiero a los valores por los que vale la pena luchar y que hacen grande a una nación, no sólo por la forma en que su gente muere para defender sus derechos y los de los demás, sino por la manera en que en ella se vive. Para muchos el patriotismo nacional se reduce a la dignidad de morir por la patria, aunque a veces con esas inmolaciones se pierden a aquellos que ofrecían la posibilidad de un cambio a favor de la vida.

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