Marcha Verde: cuando se gana perdiendo

Juzgadas con frialdad, sin las pasiones propias del quehacer partidario, las marchas realizadas durante la administración anterior dejaron dos elementos positivos. El primero se refiere a las actividades mismas, convocadas por una entidad amorfa conocida como Marcha Verde, con la cual se derriba la añeja creencia de que las demostraciones pacíficas no promueven cambios de actitudes. El segundo se relaciona con la actitud asumida por el Gobierno de entonces, al reconocer el derecho a la protesta pacífica.

Cuando se aprende a vivir en democracia, el Gobierno alcanza a entender la importancia de aceptar la crítica y los reclamos con tolerancia, aun cuando provengan de adversarios reacios a reconocer sus aportes al bien común. De manera que esas marchas fueron muestras de civismo y respeto mutuo por ambas partes, por más que haya habido estridencia y voces desbocadas en fatal y estéril búsqueda de protagonismo.

Leer más de esta entrada

Entre el elogio y la crítica

Como todo en la vida, la calidad de un gobierno se mide no por quiénes lo critican sino por quienes lo defienden de manera irracional. Y son estos últimos lo que definen y resaltan, no otros, la ruta de la bancarrota moral.

A lo largo de nuestra historia esa sido una constante, que se acentúa en la medida en que el tiempo se les acorta y el deterioro hace mella en su sentido del equilibrio, a partir de lo cual pierden contacto con la realidad y se muestran incapaces de diferenciar entre lo claro y lo oscuro, creyéndose por encima de todo interés público.

Cuando esta situación se da en aquellos casos en que hubo alguna vez expectativas en la población, el sentimiento popular resulta en una confusa mezcla de compasión e ira. A su vez, esto hace que la adhesión se exprese solamente en gritos, ruidos que lastiman los oídos y llenan de estupor los ambientes mediáticos, porque es a partir de ese momento en que emigran los espacios para la moderación y el buen sentido.

Leer más de esta entrada

La inolvidable reina del Metropolitan

Aun en los ambientes más cultivados del género operático, pocos recuerdan a Lily Pons, quien fuera la reina indiscutible del Metropolitan de Nueva York, la meca del mundo lírico, por casi treinta años, desde su primera presentación allí en 1931 con Lucia di Lammermoor, de Gaetano Donizetti. Nacida en Francia, a comienzos del siglo pasado, Alice Josephine Pons, que era su nombre completo, ingresó en 1930 a Estados Unidos, donde adquirió años después la nacionalidad, siendo una desconocida en el ámbito lírico. Muy pronto, sin embargo, la hermosura de su voz, su inconfundible timbre y la limpieza de sus agudos, la catapultaron a la cima, en la cual permaneció hasta finales de la década de los cincuenta, poco antes de su retiro de los escenarios.

Su estable carrera estuvo cimentada no solo en su extraordinaria habilidad vocal y su impecable técnica sino también en su perfecto dominio escénico y su innegable talento dramático, que la convirtieron en la preferida del exigente público de su época. Aunque se le consideró como una de las mejores verdianas, su capacidad para alcanzar el Everet en sus brillantes y limpios agudos la convirtieron en la preferida de los amantes de Mozart, debido a sus grandes éxitos con Las Bodas de Fígaro y la Flauta Mágica, que aún se recuerdan como momentos memorables en la historia del Metropolitan.

Leer más de esta entrada

Los derechos humanos y la ONU

Cuando se lee la Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de los textos de mayor valor existente, y se ven las naciones que en diferentes oportunidades han integrado el Consejo de Derechos de las Naciones Unidas, encargado de velar por el fiel cumplimiento de las resoluciones de la declaración, se tiende a pensar que la hipocresía y no el respeto a la dignidad y a las libertades humanas norman las relaciones a nivel mundial.

El Consejo lo han formado algunos de los países con más deprimente récord en materia de violación de esos derechos, como Cuba, China, Rusia y Arabia Saudita. También lo conforman otros dos países con un lamentable expediente de violación de los derechos humanos como Venezuela y Vietnam.

Leer más de esta entrada

Cuando los medios dictan sentencias

Semanas antes de las elecciones pasadas, asistí a una reunión en la que otro invitado indicó que un cambio de administración enviaría a la cárcel a quienes el ojo escrutador de la opinión pública señalara como autores de actos indecorosos contra el patrimonio nacional. Viniendo de un abogado, la observación me sacudió, porque la justicia no necesita de atajos.

Me asusta que alcancemos un nivel de desconfianza en la independencia de los poderes, cuya única posibilidad de ganarle terreno a la corrupción consista en vulnerar el principio de independencia consagrado en la Constitución. La responsabilidad del Gobierno es cuidar que los bienes públicos sean religiosamente guardados y de reunir las pruebas necesarias para llevar a la justicia a los responsables de violar un pulcro ejercicio de funciones públicas. Determinar la culpabilidad final es una tarea de los tribunales. Son estos los que deben dictar las sentencias, sean de culpabilidad o de absolución.

Leer más de esta entrada

A manera de soliloquio

A diario se oyen quejas sobre la situación económica, en el sentido de que estamos en crisis y lo estamos. Pero la percepción es también evidencia de un pesimismo generalizado en ciertos sectores influyentes de nuestra vida económica, cuya valoración del quehacer nacional se basa muchas veces en la marcha de sus propios negocios. Sin embargo, no vivimos una crisis económica, pues cada día se abren nuevas operaciones industriales, el turismo sigue en auge y la actividad comercial se expande vertiginosamente, con la apertura de nuevos centros comerciales, de tamaño incluso superior a sus iguales en países más desarrollados.

De modo que nuestro problema real no es de esa índole. Tampoco el país se encamina irremisiblemente hacia un estadio de recesión paralizante de la actividad económica. Nuestra verdadera crisis es de carácter social, con tasas de desigualdad preocupantes dentro de un proceso firme de concentración de recursos en círculos de pequeñas élites económicas muy creativas, con un control creciente de la riqueza nacional. Buena parte de los nuevos y florecientes negocios de las últimas dos o tres décadas provienen de esos grupos, sin que se hayan generado cambios importantes en la estructura social, debido a los bajos salarios y a un sistema de seguridad social que no los promueve.

Leer más de esta entrada

“A beber a beber…”

Cuando leo cada cierto tiempo la declaratoria o la intención de una amnistía general fiscal, me pregunto si es justo ser un ciudadano respetuoso de las leyes y fiel cumplidor de las obligaciones tributarias. Si es justo que las empresas paguen puntualmente sus impuestos, porque tanto para unos como para los otros, la práctica frecuente de los gobiernos de perdonar la evasión pone a los delincuentes en ventaja sobre aquellos negados a ponerse al margen de la ley, no por temor a las represalias, porque no hay precedentes, sino por respeto a sí mismo.

Me pregunto si es correcta, y dónde está la lógica, de amnistías fiscales en momentos incluso, como ha sucedido, en que se busca una reforma cargada de nuevos impuestos que tienen ya al garete a toda la población y al borde de la quiebra a pequeñas y medianas empresas, que de antemano no saben qué hacer frente a las embestida impositivas. Y me enfado al saber que esas periódicas premiaciones de la evasión fiscal ensucian el esfuerzo por alcanzar niveles aceptables de transparencia y decencia en la administración pública, más allá de las promesas oficiales que al final no son más que odiosas letanías que hieren los oídos.

Leer más de esta entrada

Sobre el culto a la personalidad

Si llegaran a preguntarme qué medidas fuera del ámbito económico esperaría de una administración empeñada en arreglar las cosas, reclamaría de inmediato un decreto que prohíba “el elogio a la figura presidencial”. Sería un primer paso a la eliminación del culto de la personalidad, tan dañina en nuestra historia, y que en los últimos años se ha incrementado para revivir en la memoria de generaciones las terribles consecuencias de esa odiosa práctica en la vida nacional.

Esa medida conllevaría necesariamente otras prohibiciones, como las ridículas normas protocolares que caracterizan los actos públicos a los que asiste el presidente, con las habituales loas y aplausos obligados. El cese de la publicidad pagada con dinero del presupuesto dirigida más a exaltar la actividad presidencial que a educar sobre los valores democráticos. Se llevaría consigo los vacíos y rigurosos discursos que en toda actividad oficial deben pronunciarse para agradecerle su honrosa y magnánima presencia, con la bendición obligada del obispo o del cura de la parroquia. Enviaría a Bienes Nacionales como una reliquia la alfombra roja que se le coloca, creo con el actual en desuso, para resaltar sus pisadas, oficializando la supuesta prohibición del retrato presidencial en cada oficina pública.

Leer más de esta entrada