Nuestro verdadero problema

El verdadero problema del país no se relaciona con la deuda, ni el costo de la energía y los combustibles y el bajo crecimiento del empleo formal que pende una daga sobre el sistema de seguridad social. Lo que dificulta el despegue hacia el porvenir es nuestra inveterada tendencia a discutirlo todo en medio de un ruido ensordecedor, que nubla la realidad y no deja ver las oportunidades que pasan delante de nosotros sin darnos cuenta de su presencia. Mismo ocurre con muchos de nuestros grandes beisbolistas que discuten con los árbitros el conteo de las bolas y los strikes, sin importar la anotación que indica la pizarra.

Por eso, la atención nacional se centra en los temas menores y no hay forma de darle cuerpo a lo sustancial. El país esperó por una ley de partidos que regule la vida política y deje atrás las malas prácticas que la han viciado por más de treinta años, pero las diferencias sobre el método de elección de las candidaturas sepultaron la posibilidad de un gran paso adelante en ese campo. Hoy tenemos esa ley que no nos sirve para mucho.

Leer más de esta entrada

La necesidad de un buen acuerdo

Las preguntas cruciales del debate sobre el futuro no pueden ser otras que las siguientes: ¿A qué país queremos parecernos? ¿A Haití, Bolivia, Nueva Zelanda o Finlandia? ¿Puede la República Dominicana financiar su desarrollo con una presión tributaria del 13 o el 14 por ciento del PIB? Si nos ponemos de acuerdo en las respuestas y miramos hacia adelante dejando atrás ese inmediatismo que ha caracterizado la vida nacional y mal orientado las discusiones en el ámbito de la política, seguramente superaríamos las trabas que impiden una llana discusión y todo lo demás podría resultar más fácil.

Algunos cálculos económicos sugieren que un incremento del uno por ciento del PIB en las recaudaciones fiscales bastaría para superar nuestro histórico déficit presupuestario, en un año normal. Otro uno o dos por ciento de incremento podría ser suficiente para preservar las expectativas de estabilidad macroeconómica en los próximos años. Aunque hay discrepancias con relación a estos números, es evidente que un diálogo serio y representativo al más alto nivel de la sociedad, encontraría sin muchas dificultades las fórmulas de nuestro despegue definitivo.

Leer más de esta entrada

Nadie podrá jodernos

Con alarmante y desesperante frecuencia, se suele escuchar en la radio y la televisión, como también en las redes, que este país “se jodió”. Dentro del marco de nuestras grandes dificultades, esa sensación de frustración puede alcanzar un efecto viral, corroyendo nuestra estructura social y arrastrándonos a un estadio de pesadumbre que acabaría con las esperanzas que nos han alentado siempre. Los problemas reales de una nación surgen cuando ese sentimiento de pesimismo y desconfianza en sus fuerzas y potencialidades se apodera de grandes núcleos de la población. Como sucede en la economía y en casi todas las facetas de la vida, la pérdida de confianza paraliza primero y después destruye a los estados.

Si bien bajo ciertos estados de ánimo muchos caen en ese limbo de depresión, la verdad es que este país “no se jodió” ni tampoco se joderá. No se joderá porque ni aún en los peores momentos de su historia, la adversidad pudo con su inmenso deseo de superación, lo que nos ha permitido sobrevivir y levantarnos de las peores caídas en las circunstancias más dolorosas de nuestra vida republicana. Ni siquiera cuando fuimos invadidos por fuerzas millones de veces superiores a las nuestras este país llegó a joderse.

Leer más de esta entrada

A propósito de igualdad de género

La izquierda habla mucho de desigualdad de género, pero a pesar que la liberación femenina se anotaba como uno de los objetivos de la revolución marxista, con excepción del derecho al trabajo rudo era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países.

Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante el periodo stalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria.

El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa stalinista. La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso del hijo de nadie, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

Leer más de esta entrada

¡Hasta cien barriles de estiércol! (2 de 2)

A los presidentes de los países democráticos, como es el caso nuestro, se les exige una tolerancia extrema y es obvio que el sistema no funcionaría si ella no se diera en la medida que se le reclama. Y lo cierto es que “los cien barriles de m…..”, que un mandatario autoritario como lo era Balaguer debía tragarse casi a diario, era y sigue siendo el fundamento básico y la más firme garantía de un estado de derecho y respeto a las ideas ajenas, sin los cuales es imposible imaginarse el juego político democrático.

Lo que a muchos cuesta imaginar es que frecuentemente la tolerancia que exigimos al gobierno y a sus funcionarios es mucho mayor de la que normalmente se les pide, si es que se les pide, a los demás actores políticos, como a la dirigencia sindical, a los líderes empresariales y, por supuesto, a la alta dirigencia de los partidos. Un Presidente no puede ni debe mostrar públicamente su enojo por un editorial, no importa de qué se le acuse, a menos que no esté dispuesto a pagar el precio de su disgusto, lo que a menudo trae severas consecuencias en términos de popularidad y credibilidad.

Leer más de esta entrada

¡Hasta cien barriles de estiércol! (1 de 2)

Es la intriga interna lo que mina la estabilidad de un gobierno. A finales de los ochenta entrevisté varias veces al presidente Balaguer en la investigación de obras sobre Trujillo. En una de ellas, la cita me fue concedida semanas después. Al terminar la entrevista me percaté que su interés al recibirme poco tenía que ver con el mío cuando preguntó sobre Carlos Morales, Vicepresidente de la República. Morales tenía unas dos semanas que no iba a su despacho enfadado por las intrigas del cerrado anillo que rodeaba al Presidente, lo que daba la impresión de haber caído en desagracia. Yo estaba al tanto de su enojo desde el día en que salimos al balcón para eludir las escuchas colocadas por todas partes en su oficina.

Yo le respondí al Presidente que tenía tiempo que no veía a Morales y que de hecho desde mi renuncia como director de CORDE meses atrás, apenas nos reuníamos. Me preguntó si era que algo le molestaba, lo que me convenció de que su propósito era indagar, o confirmar probablemente, las razones personales del alejamiento de su Vicepresidente. Me aventuré a decirle que el disgusto parecía ser su resistencia a tolerar la dosis que en Palacio le estaban dando. Balaguer sonrió inquiriendo de qué medicina se trataba. Respetuosamente le dije que entendía era un equivalente a “materia fecal”. Con una carcajada inquirió sobre cuánto le estaban administrando y cuál podía ser su cuota? Me atreví a responderle que tal vez, conociéndolo, estaría dispuesto a tolerar tres, pero no cinco cucharadas diarias.

Leer más de esta entrada

La llamada “ideología de género”

Que me excusen los que pudieran sentirse ofendidos, pero creo que este asunto de la ideología de género ha llegado demasiado lejos. Imagínense que una tarde, al regreso de la escuela, un hijo de seis u ocho años les diga a sus padres que su nombre no es Juan, sino Verónica, o al revés si se tratara de una niña, porque el profesor les enseña que la identidad sexual no proviene de las características biológicas con que se nace. Según esa “ideología”, la condición de hembra o varón es el fruto de la cultura, de una tradición que no es más que el resultado de un contrato social, del que proviene la raíz de la desigualdad de género que la ideología pretende superar.

No es imaginación. Eso ya ocurre en España y en otros países europeos. En Madrid, no hace mucho, la Alcaldía de la comunidad se incautó y prohibió la circulación de un autobús por un letrero que rezaba: “Las niñas tienen vagina y los niños tienen pene”, porque ofendía a los promotores de esa ideología y protectores de los colectivos LGTB, para quienes lo correcto es que también “las niñas tienen penes y los niños vagina”.

Leer más de esta entrada

El factor confianza en la economía

Resulte grato o no reconocerlo, lo cierto es que el país, hasta la llegada del Covid-19, vivió un largo periodo de estabilidad macroeconómica, con un minúsculo nivel de inflación, que fortaleció la confianza en el clima de negocios en todos los órdenes. Alentados por una estabilidad cambiaria que apenas se movió dentro de un estrecho rango, la mayoría de las empresas se endeudaron en moneda extranjera. El virus plantea todavía mucha incertidumbre.

Propuestas o amenazas de cambios bruscos en la política económica suelen erosionar la atmósfera de confianza que ya la pandemia ha erosionado. El resultado de giros inesperados en la conducción económica promueve situaciones de inestabilidad, pérdidas cuantiosas, mayor desempleo y la ruina de muchos negocios, con derivaciones fáciles de prever. Los resultados los hemos visto aquí y en otras naciones en el pasado.

Leer más de esta entrada