Lectura sabatina

Melómanos y expertos se han dedicado a la tarea de clasificar las mejores composiciones o fragmentos de obras clásicas, difícil esfuerzo que origina a menudo controversias. Las siguientes han sido consideradas entre las más bellas jamás escritas:
Adagio para cuerdas (Adagio for the stings), del estadounidense Samuel Barber; Jesu joy of man’s desiring (Jesús, alegría de los hombres), de Juan Sebastián Bach; el décimo movimiento de la cantata Herz mund und tat und leben, que suele interpretarse en ceremonias de bodas, con un tempo lento, en contraposición con lo escrito por el autor en la partitura original. Canon, de Johann Pachelbel, composición barroca en Re mayor para tres violines y bajo, a lo que con el tiempo se le han hecho arreglos para otros instrumentos.

Barcarolle, de la ópera Los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach, inspirada en la canción folclórica (Barcarola) de los gondoleros de Venecia. Es la obra musical escrita en ese estilo más famosa y que se interpreta tanto como la de Frederic Chopin.

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Distintos modelos de comunicación

A diferencia de la frecuencia con que le habla al país el presidente Luis Abinader, su antecesor, Danilo Medina, solía resguardarse y reservaba cuanto quería comunicar a las rendiciones obligadas de cuentas establecidas en la Constitución para cada 27 de febrero, aniversario de la Independencia. Sus declaraciones se limitaban a escuetas declaraciones en cada visita sorpresa o no previamente anunciada a comunidades del interior, en las que no abordaba asuntos de debate público sino temas muy concretos vinculados al objetivo de cada encuentro. Tampoco solía ofrecer rueda formal de prensa ni se reunía frecuentemente con los medios. Sus contactos esporádicos con periodistas fueron excluyentes y de acceso restringido.

Ese modelo de comunicación le dio sus frutos y fue la norma en toda su administración de ocho años. Esa comunicación del silencio puede ser muy efectiva, si se la sabe administrar, como puede ser muy negativa la saturada presencia de un mandatario en los medios, que termina restándole interés a la palabra presidencial. Un tercer modelo de comunicación debe propiciar un diálogo diáfano y transparente.

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Los medios y el pesimismo

Hay una considerable dosis de contribución de los medios al creciente pesimismo que se observa en amplios sectores de la sociedad, cuando se escucha constantemente decir que el país “está jodido”, “se jodió” o va a “joderse”. El problema radica en que el estado de ánimo resultante podría hacer que en situaciones muy adversas el mal augurio se cumpla, porque el derrotismo pulveriza las fuerzas con las que es posible y absolutamente necesario hacer que una nación se mantenga en pie o se levante cuando las rodillas le flaquean.

Cuanto se escucha en la radio o se ve la televisión, especialmente en las mañanas e incluso en el espacio en que participo, es carga demasiado abrumadora, para gente que vive saltando de un problema a otro. Con ese legado diario, hay que ser en extremo optimista para ir al trabajo con deseos, o de confiar que el porvenir nos reserve cosas buenas. Al pasar balance de lo que se escucha o ve, tiendo a preguntarme muchas veces si no hay nada positivo que valga la pena resaltar, si los aportes de quienes trabajan desde sus hogares, más ahora con la pandemia, los centros laborales y las oficinas públicas, para tratar de hacer lo mejor para el país carecen de valor noticioso, o simplemente tienen menor impacto en las mediciones de audiencia que un caso de difteria en la frontera o un ahogado a causa de las lluvias, convertidos frecuentemente en insumos de dramas mediáticos cotidianos.

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El “derecho” al mal gusto

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Gente que se cree, por el hecho de haber abierto un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquél militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

Con todo el daño que le hacen a la convivencia democrática, esta gente parece ser feliz en la oscuridad en que se mueven. No aportan nada al debate de los problemas nacionales. Están en las redes con el solo propósito de juzgar lo que no entienden. Navegan en las aguas del más pernicioso de los radicalismos. El más improductivo. El que no se sustenta en nada. Les basta y se bastan a sí mismos con la descalificación.

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El espíritu democrático

Desde el derrocamiento de la tiranía, los gobiernos democráticos que hemos tenido han sido hijos del clima de libertad en la que crecieron y se formaron la mayoría de los funcionarios que los han integrado. Por tal razón, el derecho a la libre expresión del pensamiento en un ambiente de plena seguridad es uno de los compromisos más firmes que esta sociedad ha asumido a lo largo de todo ese tiempo, y un gobernante democrático debe ser garante obligado del respeto de ese y de los demás derechos ciudadanos consagrados no sólo en nuestra Carta Magna sino en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, a mi juicio uno de los frutos más hermosos de la inteligencia humana.https://imasdk.googleapis.com/js/core/bridge3.443.0_en.html#goog_912767783

El país entiende que un gobierno surgido de elecciones jamás debe consentir, y mucho menos auspiciar, acciones que perturben ese clima de libertad por la que hemos luchado tanto y tiene además el compromiso de adoptar cuantas medidas sean necesarias para evitarlas.

Un buen gobernante es respetuoso de las críticas que se escuchan contra las políticas del Gobierno y el Presidente de la República está supuesto a recibirlas con un espíritu democrático, consciente de que muchas de ellas se inspiran en el deseo de fortalecer el clima de convivencia que la nación necesita, porque es inconcebible la preservación de los valores que sustentan el sistema que nos rige sin un clima de total y libre disidencia.

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El precio de los excesos

Como cualquier ciudadano, los periodistas debemos responder por nuestros excesos. Las leyes son muy claras. Y no se le puede objetar a nadie el derecho a la defensa de su honra personal. La condición de periodista no otorga ningún privilegio especial. Pretenderlo sería irracional. Al igual que toda actividad comercial, el trabajo en un medio periodístico se enmarca en la relación de empleador y empleado. Negar al primero el derecho de poner fin a esa relación cuando le resulte perjudicial, aun esté regida por un contrato, carece de fundamento.

Ninguna libertad tiene más valor que otra. Defender la de prensa en desmedro de otras libertades, socava las bases del sistema democrático. La libertad empresarial es tan importante y válida como la que me permite expresar mis ideas, siempre en estricta observación de la ley. La fijación de los límites de responsabilidad de la prensa es una tarea que compete a los medios y al esquivar esa obligación se le ha restado credibilidad al periodismo. Si se la sigue evadiendo llegará el día en que la fije un gobierno.

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El Bosch que no se recuerda

Días después de su derrocamiento, en septiembre de 1963, cuando las autoridades usurpadoras del poder que él, Juan Bosch, había obtenido por vía electoral, avergonzadas tal vez de su funesta acción, quisieron entregarle la suma de doce mil dólares cuando se disponían enviarlo al exilio. El dinero legalmente le correspondía, porque era la suma acumulada de sus gastos de representación que él nunca utilizó en los siete meses en que ejerció la Presidencia de la República. Bosch lo rechazó tajantemente, sin pensarlo dos veces, diciéndoles que no los necesitaba porque donde quiera que se le enviara, él podría ganarse la vida con sus manos, mostrándoles la derecha, su mano de escritor.

Aún en aquél momento decisivo de su vida, cuando el futuro se le presentaba incierto, no dudó un instante en mantenerse firme en torno a los valores éticos que pregonó durante su mandato y que sus críticos y adversarios no llegaron nunca a apreciar en su justa dimensión.

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El lenguaje de inclusión

¿Qué sería del debate nacional, ya aburrido y gris, si por prejuicios de la era moderna nos viéramos obligados a renunciar al sarcasmo y la ironía en la discusión de los problemas nacionales?

Lo primero es que esa discusión carecería de sentido, por su falta de contenido y elegancia. Y lo segundo, peor aún, sería la imposibilidad de una discusión pareja en el ámbito mediático.

Vayamos al grano. Supongamos que las elecciones se limitaran a la confrontación de dos candidatos, uno de los cuales fuera una mujer. ¿Qué sucedería, fuera cierto o no, si el varón dijera públicamente que su oponente, la mujer, es incompetente, desconocedora de la realidad, e ignorante de los asuntos de Estado, sin capacidad alguna para manejar la crisis por la que atraviesa la nación?, un discurso típico en la política dominicana.

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