Israel, tierra de pioneros (2 de 2)

El destino de Israel quedó definitivamente marcado en sus años de formación por la segunda gran ola de inmigrantes, llegada a los puertos de Palestina entre 1906 y 1914. Ninguna ejerció una influencia tan decisiva y perdurable sobre el carácter de la futura nación como esa segunda aliyha. No eran numéricamente muchos. Eran escasos sus recursos. Y muy pocos de entre ellos estaban animados verdaderamente por un espíritu pionero. Sin embargo, lo que es hoy el moderno estado de Israel lleva la marca de ese puñado de hombres y mujeres.

En su libro “La rebelión judía”, Jacob Tsur, dice: “Gracias a ellos muchas ideas y estructuras específicas han subsistido hasta nuestros días: las nuevas formas sociales, el espíritu de cooperación, la austeridad elevada al rango de virtud, el culto del trabajo y el respeto por el trabajador, un celo irreductible en la persecución del objetivo…”.

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Israel, tierra de pioneros (1 de 2)

Las diversas olas de inmigrantes europeos llegados a Palestina desde la segunda mitad del siglo 19 estaban formadas, en su mayoría, por toscas y paupérrimas familias sedientas de libertad y pletóricas de idealismo. Las comunidades ricas de judíos nunca mostraron demasiado entusiasmo por la idea de un regreso a la tierra prometida. Al igual que los grupos religiosos ortodoxos, que sustentaban la esperanza de un retorno a Sión por virtud de un mandato divino y no por el esfuerzo de los propios judíos, los hebreos pudientes de la Diáspora rechazaban, por instinto o en forma militante, el proyecto de un Hogar Nacional en la tierra de sus antepasados como una idea peregrina.

El Congreso de Basilea, a finales del siglo XIX, agregó muy pocos argumentos al ánimo de esas comunidades, dispersas por todo el mundo. Los proyectos de Theodoro Herzl, padre del sionismo, alentaron básicamente el espíritu de los jóvenes y de los judíos pobres cansados de la discriminación y de los vientos de antisemitismo que se abatían por la mayor parte de Europa. La mayoría de ellos huían de los pogromos o escapaban de las numerosas demarcaciones judías, que limitaban la vida de las comunidades hebreas a los estrechos perímetros de ghetos en la Rusia zarista y otras naciones del Este europeo. Eran pioneros en busca de libertad, sosiego y un pedazo de tierra. Palestina era el destino natural e histórico, porque allí estaban sus raíces.

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La deuda haitiana con Haití

Los afanes nacionales por propiciar la ayuda internacional para socorrer a Haití, son absolutamente comprensibles. Solo que se necesitará mucho más allá de la caridad internacional, para estabilizar a ese país y enderezarlo por el camino de la solución de sus problemas ancestrales.

Además, es obvio que por más ayuda que reciba, no será suficiente para sanear su economía y permitirle encaminarse hacia la lenta solución de sus graves dificultades sociales y económicas, generadoras de una inestabilidad política que compromete no solo su seguridad sino la nuestra y, por ende, la paz regional.

No pretendo desdeñar la importancia de la ayuda exterior, pero la experiencia indica que las políticas de asistencialismo, trátense de personas como de naciones, no tienen plazos y no hay seguridad alguna que permitan aspirar a que en el caso haitiano, como no lo han sido con otros países, puedan ser permanentes.

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Tiempo de rejuvenecer el gobierno

Si alguien me preguntara sobre la prioridad del presidente Luis Abinader al aproximarse a la mitad de su mandato constitucional, no vacilaría en responder: rejuvenecer el gobierno. La razón es simple. Sin importar hacia dónde se incline hoy la balanza en términos de popularidad, una impresión cada vez más generalizada apunta hacia un deterioro creciente de su popularidad. Y ese declive, de seguir en aumento, no le aseguraría períodos plácidos en los dos años finales de su Administración.

Para muchos de sus seguidores y colaboradores, mi percepción tendría el carácter de una crítica o censura. Pero está simplemente cimentada en la experiencia observada durante los largos años de mandato de Joaquín Balaguer. Durante ese largo periodo, el líder reformista solía encarar las dificultades nacidas de escándalos o negligencias oficiales, rotando o cambiando la composición en aquellas áreas objetos de la ira o el descontento público.

Tal vez resulte incomprensible al Presidente adueñarse del estado del sentimiento popular existente, debido a encuestas sin valor político real alguno relacionadas con escalas de valoración, apuntadas más a la creación de posicionamientos individuales, y no a retratar la realidad actual.

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La patética expresión que nos define

Hay un dicho, “atento a mí”, que describe uno de los comportamientos más típicos del irrespeto a las leyes y las normas civilizadas que explican muchos de los vicios que se observan en el diario vivir, tanto en la esfera pública como en la privada. Se alcanza a entender a través de esa expresión la inobservancia de las obligaciones que muchos han asumido al ocupar cargos públicos, por elección o designación del Ejecutivo, cuando llegan tarde e incurren en otras violaciones a sus deberes en el cargo “atento” a él. Y no actúan tampoco con la transparencia y honradez requeridas por la misma razón.

Los ciudadanos comunes se pasan la luz roja “atento a mí” y no toman en cuenta la señal de una vía, no sólo cuando no ven a un policía, sino porque se creen con el derecho de hacerlo, algo que por supuesto les niegan a los demás.

Ese “atento a mí” está presente en todos los ambientes a todas horas. Se porta el arma de fuego para el que se posee sólo un permiso de tenencia porque la expresión supone que hacerlo no implica violación alguna y la arraigada tradición de dejarlo así ha hecho de este abominable comportamiento una práctica usual y común del dominicano.

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Un falso concepto del periodismo

En el país se acepta la idea de que laborar para un medio de comunicación otorga el falso derecho de poder expresarse o publicar cuanto se desee, sin tomar en cuenta la veracidad de lo que se diga o publique, sin importar a quién se ofende o humille. La despedida hace un tiempo de un comentarista de televisión por desacuerdos con la política editorial de la empresa, se debatió como un atentado a sus derechos y una violación a la libertad de expresión del afectado. Ese concepto del periodismo limita el derecho de propiedad y el clima de libertad en que debe desenvolverse la prensa, porque un medio no está obligado a aceptar posiciones y comentarios contra la honra de terceros o que riñan con sus principios o su política informativa y editorial.

Un caso emblemático del tema se dio hace unos años en Estados Unidos. La cadena de televisión CBS hizo pública la cancelación de una de sus más altas ejecutivas, su vicepresidente de negocios, Hayley Latmann, por emitir opiniones que la empresa consideró inaceptables en relación con la matanza de 59 personas en un tiroteo en Las Vegas, en las que otras 400 resultaron heridas. La señora destituida había usado un término despectivo para referirse a los republicanos, diciendo que no esperaba que ellos hicieran nada frente al caso, y tampoco se solidarizaba con las víctimas al considerarlos fanáticos de la música country, por lo regular republicanos, aficionados a las armas. CBS dijo que esas opiniones no reflejaban el sentir de la empresa y que la ejecutiva había antepuesto su “postura ideológica” sobre la empatía con las víctimas.

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El peligro del monopolio informativo

El problema que hace difícil la fijación por la prensa nacional de los límites de su responsabilidad se debe en parte a la incomprensión de la importancia que ella tiene en la preservación del clima de libertad que ha existido en las últimas décadas en el país. Radica en el éxito de las prácticas que hacen paradójicamente innecesarias la responsabilidad de fijar esos límites.

A partir de algún momento, lo que se considera un buen ejercicio de periodismo comprometido con una “verdad” inexistente, ha radicado en desechar el buen uso de las palabras y hacer del ruido un modelo de ejercicio. Es lo que vemos en muchos exitosos programas de radio y televisión. Y como la altisonancia cala bien en muchas audiencias, con el tiempo esa modalidad del periodismo se ha hecho muy popular alcanzando los ratings más altos del espectro radial y televisivo. Ese nuevo modelo, al que han contribuido las redes, acabará por distorsionar el justo y correcto rol de una prensa responsable en todas las facetas de la vida nacional, en los procesos electorales y, por ende, en la estabilidad social y el fortalecimiento de las instituciones democráticas, incluyendo la propia prensa.

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La práctica responsable del periodismo

La ausencia o inobservancia de los límites que impone un ejercicio responsable de la libertad, hace que los ciudadanos en muchos países se muestren dispuestos a renunciar a derechos con tal de preservar niveles aceptables de seguridad. En otra dimensión es lo que ocurrió en Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre y lo que luego se vio en Europa ante los efectos de inmigraciones masivas que han pulverizado valores tradicionales de esas sociedades y los logros políticos de la Unión, como la libre circulación, y la desaparición virtual de las fronteras. En Estados Unidos y Europa los ciudadanos han aceptado la pérdida de algunos derechos a cambio de una mayor seguridad y la preservación de tradiciones y valores.

La no fijación de esos límites por la propia prensa en nuestro país hará, como en efecto podría estar ocurriendo, que muchos ciudadanos terminen aceptando algunas restricciones a causa de lo que se lee en algunos medios digitales y en las redes y lo que ven y escuchan a diario en muchos programas de televisión y radio. La no fijación de esos límites ha creado paradigmas que atentan contra el buen y sano ejercicio del periodismo.

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