El derecho a vivir con dignidad

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, mejorando así de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a la que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se ha alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos.

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El precio de ser Presidente o candidato

Los aspirantes lanzados extemporáneamente a la búsqueda de la Presidencia ignoran lo que les espera si llegaran a conseguirla. Y seguramente el Presidente actual ya comienza a saber lo que ese puesto cuesta. Tendrían que lidiar con desafíos para los que no están probablemente preparados. Antes no existían normas de control para el manejo de los recursos públicos, por lo menos en la cantidad y con el rigor de los establecidos en el presente mandato.

Los gobernantes anteriores jamás imaginaron lo que sería tratar con las redes. Ya no existen los contratos de grado a grado y quienes evaden la restricción se exponen a verse ante la justicia. Esa es una realidad, a despecho de que la justicia no funcione y los controles se pasen por alto.

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Pobreza y desigualdad social

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, mejorando así de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a la que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se ha alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos.

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Los acuerdos que nunca llegan

Cada vez se hace más necesario un gran acuerdo. Las circunstancias demandan un esfuerzo de la comunidad política dominicana para alcanzar objetivos que trasciendan las diferencias que por años han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad de esos problemas obliga a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello signifique renuncia alguna por parte de la oposición o del gobierno.

Nuestro problema radica en la falsa creencia de que la colaboración da a un gobierno el respiro necesario para sortear las crisis. Todas las administraciones de los tres grandes partidos que han ejercido el poder desde el desmembramiento de la tiranía a finales de 1961, las han sufrido. Actuando sobre esa base, hemos perdido tiempo y oportunidades irrecuperables. También ha sido la causa de que lleguemos tarde a las reformas, razón por la que una vez aprobadas se requiera reformarlas. Desde comienzos del presente siglo se discute sin llegar a ninguna parte, la imperiosa e impostergable necesidad de alcanzar acuerdos que ayuden a eliminar las trabas y prejuicios partidistas que arrojamos en el camino, lo que al final siempre nos alejan de la meta que perseguimos.

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Gobierno y libertad de prensa

Si para muchos funcionarios y dirigentes, tanto en el ámbito oficialista como en el de oposición, la libertad de prensa es un privilegio y no un derecho legítimo, no es nada raro que la honradez sea para ellos una virtud y no un deber elemental, una obligación, en el ejercicio de funciones públicas. De ahí que para la mayoría la actuación más o menos pulcra en el desempeño de cargos en el Gobierno constituya un motivo de alabanza personal, merecedora de comunicados pagados con altisonante prosa.

Esta grave distorsión del papel del servidor público nace de la creencia errónea, pero bastante generalizada en nuestro ambiente político, de que la democracia y el frágil ejercicio de las libertades individuales, es un regalo y no el fruto de una larga lucha en la que muchos otros sectores, políticos y no políticos, han tenido un desempeño igualmente importante.

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Nuestro verdadero problema

El verdadero problema del país no se relaciona con la deuda, ni el costo de la energía y los combustibles y el bajo crecimiento del empleo formal que pende una daga sobre el sistema de seguridad social. Lo que dificulta el despegue hacia el porvenir es nuestra inveterada tendencia a discutirlo todo en medio de un ruido ensordecedor, que nubla la realidad y no deja ver las oportunidades que pasan delante de nosotros sin darnos cuenta de su presencia. Mismo ocurre con muchos de nuestros grandes beisbolistas que discuten con los árbitros el conteo de las bolas y los strikes, sin importar la anotación que indica la pizarra.

Por eso, la atención nacional se centra en los temas menores y no hay forma de darle cuerpo a lo sustancial. El país esperó por una ley de partidos que regule la vida política y deje atrás las malas prácticas que la han viciado por más de treinta años, pero las diferencias sobre el método de elección de las candidaturas sepultaron la posibilidad de un gran paso adelante en ese campo. Hoy tenemos esa ley que no nos sirve para mucho.

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La necesidad de un buen acuerdo

Las preguntas cruciales del debate sobre el futuro no pueden ser otras que las siguientes: ¿A qué país queremos parecernos? ¿A Haití, Bolivia, Nueva Zelanda o Finlandia? ¿Puede la República Dominicana financiar su desarrollo con una presión tributaria del 13 o el 14 por ciento del PIB? Si nos ponemos de acuerdo en las respuestas y miramos hacia adelante dejando atrás ese inmediatismo que ha caracterizado la vida nacional y mal orientado las discusiones en el ámbito de la política, seguramente superaríamos las trabas que impiden una llana discusión y todo lo demás podría resultar más fácil.

Algunos cálculos económicos sugieren que un incremento del uno por ciento del PIB en las recaudaciones fiscales bastaría para superar nuestro histórico déficit presupuestario, en un año normal. Otro uno o dos por ciento de incremento podría ser suficiente para preservar las expectativas de estabilidad macroeconómica en los próximos años. Aunque hay discrepancias con relación a estos números, es evidente que un diálogo serio y representativo al más alto nivel de la sociedad, encontraría sin muchas dificultades las fórmulas de nuestro despegue definitivo.

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Nadie podrá jodernos

Con alarmante y desesperante frecuencia, se suele escuchar en la radio y la televisión, como también en las redes, que este país “se jodió”. Dentro del marco de nuestras grandes dificultades, esa sensación de frustración puede alcanzar un efecto viral, corroyendo nuestra estructura social y arrastrándonos a un estadio de pesadumbre que acabaría con las esperanzas que nos han alentado siempre. Los problemas reales de una nación surgen cuando ese sentimiento de pesimismo y desconfianza en sus fuerzas y potencialidades se apodera de grandes núcleos de la población. Como sucede en la economía y en casi todas las facetas de la vida, la pérdida de confianza paraliza primero y después destruye a los estados.

Si bien bajo ciertos estados de ánimo muchos caen en ese limbo de depresión, la verdad es que este país “no se jodió” ni tampoco se joderá. No se joderá porque ni aún en los peores momentos de su historia, la adversidad pudo con su inmenso deseo de superación, lo que nos ha permitido sobrevivir y levantarnos de las peores caídas en las circunstancias más dolorosas de nuestra vida republicana. Ni siquiera cuando fuimos invadidos por fuerzas millones de veces superiores a las nuestras este país llegó a joderse.

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