Sin vencidos ni vencedores

Si los propietarios o conductores de vehículos de lujo, que se suponen con un nivel de educación suficiente para saber la importancia del respeto a las leyes, copan las intersecciones, usan las aceras para rebasar y se estacionan indebidamente, cómo esperar que los del concho y las guaguas “voladoras” las observen. Si los dirigentes políticos suben la voz en la discusión de los temas fundamentales en la creencia de que el ruido los hace más creíbles. Si para ellos el “transfuguismo” se reduce a dos razones: idealismo cuando el que se va se inscribe en su partido y traición cuando es uno de los suyos el que se va; si periodistas e intelectuales usan la radio y la televisión sin el menor respeto a las buenas costumbres, creyéndose dueños de la verdad absoluta y algún líder religioso corta una discusión por él empezada con un tajante “no hablo con maricones”, entonces tendríamos que convenir que no toda la culpa de nuestros problemas proviene solamente de la fuente del gobierno.

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Una necesaria e inaplazable aclaración

Las muertes de tres personas mientras se encontraban detenidas en recintos policiales, ponen en entredicho los avances de la reforma policial y demandan un rápido esclarecimiento de parte de las autoridades, más allá de las dudas naturales que las versiones ofrecidas han creado en la población.

Esta sociedad abriga todavía grandes expectativas acerca de la propuesta presidencial para poner al cuerpo del orden público en sintonía con los avances que la nación ha tenido desde la caída de la tiranía de Trujillo, en 1961. Esfuerzos anteriores han encontrado dura resistencia a lo interno y externo de ese cuerpo, concebido como un órgano militar represivo desde sus mismas raíces y no como una institución de servicio público, garante y protectora de la seguridad ciudadana.

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Aprendiendo de los errores

En una democracia no hay ni habrá gobiernos enteramente buenos como tampoco totalmente malos. Por tal razón las acciones gubernamentales deberían ser juzgadas por su valor, por lo que representan en sí mismas para el bien común.
Es un error desestimar políticas educativas o en el ámbito de la salud que tiendan a solucionar problemas ancestrales sólo porque no me agrada el gobierno o simplemente porque el éxito de la administración pudiera afectar las posibilidades del partido en que milito. El éxito de una administración sienta las bases del éxito del gobierno que lo reemplace.

Durante la pasada administración, llamó la atención en las redes mi endoso a la campaña educativa de la Presidencia y del Ministerio de Obras Públicas de entonces para prevenir los accidentes de tránsito y reducir así las muertes por esa causa.

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Los 45 años de esta columna

Esta columna se ha publicado durante 45 años, con muy escasas y reducidas interrupciones. Nació un día de septiembre de 1978 como una obligación fija después de tres años de haber gozado de un espacio semanal en el suplemento sabatino de elCaribe, sobre temas económicos y en especial sobre la industria azucarera, que entonces era la fuente principal del país como generador de empleo y divisas. Cuando acepté el nombramiento como director general de CORDE, en noviembre de 1986, a la sazón uno de los cargos más apetecidos de la administración pública, suspendí su publicación de común acuerdo con Germán Ornes, el director del periódico, para no contaminarla de prejuicios políticos y conscientes ambos, de que muy pronto retornaría, como ocurrió dos meses más tarde al renunciar a la posición.

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Del buen titular al buen detergente

El periodismo sufrió una transformación desde el momento mismo en que intereses económicos ajenos a ella se interesaron por la propiedad de los medios. El fenómeno resultó en una mejoría técnica de periódicos y estaciones de televisión y en una importante ampliación de oportunidades para los profesionales del área. Pero las noticias dejaron de ser el insumo principal para darle paso a otro componente que cada día aumenta su poder de influencia en los contenidos de los medios. Me refiero al nacimiento de una dependencia tan letal para su esencia básica como cualquier otra distinta a su objetivo esencial de preservar la noticia y la opinión editorial como las funciones principales de un medio de comunicación.

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Nuestra incapacidad para el compromiso

En la tradición política dominicana, nada que haga el gobierno encuentra apoyo en la oposición. Y nada que proponga la oposición tiene eco en el gobierno. Esa característica peculiar de nuestro accionar político se da incluso en los temas en que teóricamente hay coincidencia de pareceres, impidiéndonos avanzar en la búsqueda de solución a los problemas que arrastramos desde el nacimiento mismo de la República.

Se afirma que la educación es la clave del futuro, la magia liberadora de la esclavitud proveniente de la ignorancia y el analfabetismo. Mismo ocurre con la salud pública, el medio ambiente, el transporte, los servicios públicos y cuantas cosas influyen en la vida diaria de la gente que habita este país.

Bastaría una simple revisión de las propuestas electorales, las actuales y las del pasado, para comprobar cuán similares son y han sido las de unos y las de los otros, sin que en la práctica se haya dado un concierto de voluntades para hacerlas realidad y sentar así las bases del bienestar real al que todos, por igual, tenemos derecho sin importar afiliaciones y creencias.

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Los tribunales mediáticos

A comienzos del 2017, se escribió en las redes y en algunos periódicos que un hijo de la entonces presidenta de la Cámara de Cuentas, un militar de carrera con rango de general, figuraba en una nómina de la CDEEE como asesor de seguridad entre un pequeño grupo de oficiales. La nota fue circulada con un tono crítico contra la funcionaria y bastó para que en programas de radio y televisión se le echara ácidamente en cara ese hecho como una muestra de su supuesto compromiso político con el gobierno para encubrir la corrupción.

Esto último me pareció un abominable ejemplo de pésimo e irresponsable periodismo, porque si bien ella, como cualquiera otra autoridad pública, estaba sujeta a valoración, debe y tiene que hacerse en base a su trabajo y apego a los principios del cargo y no por otras circunstancias. Mucho menos cuestionando el derecho de un hijo mayor de edad, a ocupar otra posición, sobre la que ella no tenía decisión de nombramiento. Podría alegarse, como en efecto se hizo, que correspondía a la Cámara de Cuentas auditar a la Corporación de Electricidad, lo que a priori constituía un prejuicio, a menos que pudieran presentarse evidencias de complacencia dolosa, lo que en ese caso ninguno de los comentaristas que escuché pareció interesado en hacer.

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¿Y el estratega, no lo trajo?

La rivalidad es una característica de la política dominicana y es usual que surja de lo que alguna vez parecía un nudo irrompible. La más costosa de todas las que hoy gravita sobre el panorama nacional, se dio en el inicio del más prolongado poder de un partido posterior al dominio del liderazgo de Joaquín Balaguer, ocho veces presidente de la República.

Me refiero a la rivalidad que el ejercicio del poder le trajo al Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Rivalidad nacida dos días después de la ascensión de Leonel Fernández al poder a mediados de agosto de 1996 y que Balaguer, con su amplio conocimiento de la naturaleza humana, abonó con una breve pregunta y una sonrisa sardónica, sentado en su sillón de cuero, en la pequeña sala contigua a su dormitorio de su residencia en la Máximo Gómez.

Fui testigo presencial de ese momento histórico. Al día siguiente de su juramentación, Fernández hizo una visita protocolar a Balaguer. Yo le acompañé, en mi condición de vocero presidencial. Solo otras dos personas entraron a la reunión. Tras el saludo formal y un breve intercambio de saludos, Balaguer preguntó por Danilo Medina: “¿Y el estratega, no lo trajo?”

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