Receta para rejuvenecer al gobierno

Periódicamente, cuando la marea política subía o el hastío del país revivía las ansias de cambio, Joaquín Balaguer solía rejuvenecer el gobierno modificando el gabinete o trayendo gente nueva a su alrededor o a las posiciones más importantes de la administración pública. Tanto fue su éxito que hizo de esa rutina burocrática un método eficaz para ganar tiempo y espacio político y aquietar muchas veces la inconformidad popular, derivando en áreas del gobierno la insatisfacción que su prolongado ejercicio del poder creaba en la población.

Tal vez por eso, su gobierno excesivamente largo nunca parecía envejecer. Los cambios en el gabinete hicieron el papel del retrato de Dorian Grey, el personaje de la novela de Oscar Wilde, para que en su caso la administración que por años presidió luciera tantas veces joven, en medio de un creciente repudio. En ocasiones incluso recurría a los cambios cuando anticipaba alguna queja, antes de que sus causas degeneraran en crisis, creando a su alrededor el mito de gran manejador que se llevó a la tumba.

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¿Quién los pone en su lugar?

¿Qué pasaría en República Dominicana o en cualquier otro país medianamente organizado si, por ejemplo, los dueños de fábricas de hielo se unieran para impedir que se instalaran otros negocios del ramo? O si los dueños de colegios privados hicieran lo mismo para evitar que se fundaran nuevas escuelas de pago. Imagínese si los productores de arroz hicieran lo mismo. O si los productores de bebidas alcohólicas solicitaran al gobierno que congelara el número de fábricas bajo el argumento de que con los existentes es suficiente. ¿Cuántas clínicas privadas se necesitan para atender todas las urgencias médicas de la población? ¿A quién corresponde fijar el número de estos establecimientos?

¿Tienen derecho las asociaciones de comerciantes, detallistas o mayoristas, a decidir cuántos colmados o almacenes pueden funcionar en un país? Y qué decir de la actividad política. ¿Sería suficiente y justo con los partidos tradicionales? ¿El derecho a deshacer el país y oscurecer el porvenir nacional acaso pertenece sólo a los que ya han gobernado? ¿Cuántas peluquerías o salones de belleza se requieren para satisfacer la vanidad de hombres y mujeres? ¿Cuántos medios de comunicación son necesarios para llenar los requerimientos informativos de la sociedad? ¿Los que ya existen?

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Los platos rotos de los excesos

Un viejo proverbio chino dice: “Los pájaros se cazan por las patas y los hombres por las palabras”. La sentencia les sienta perfectamente a esos funcionarios, muy comunes en la política vernácula, a quienes les resulta muy difícil meditar bien antes de hablar. Dejarse conducir por la emoción resulta en declaraciones que crean confusión y fomentan desconfianza en las intenciones de un gobierno.

Las consecuencias de esos excesos verbales son muy obvias, según ha quedado de manifiesto tantas veces.

En la era digital en que vivimos la más inocua declaración se conoce rápidamente en todo el mundo. Así, expresiones fuera de tono, predicciones pesimistas o veladas amenazas contra inversiones extranjeras repercuten de inmediato en los centros financieros y los mercados internacionales. Las extravagancias retóricas provocan titulares y despliegues noticiosos que sólo consiguen resaltar profundas contradicciones en el área gubernamental. Tenemos ya la experiencia de muchos ejemplos en distintas épocas y en diferentes administraciones.

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Sobre el sufragio obligatorio

A comienzos del presente siglo, se intentó un reglamento electoral que prohibiría la abstención y sancionaría toda propaganda promocional de la misma. Si algo como eso llegara a aprobarse, posible en un país sin instituciones fuertes, debería concluirse el trabajo de destrucción de la libertad de elección del pueblo dominicano, eliminando la categoría de ciudadano y en su lugar clasificar a los electores con el nombre de borregos.

Porque en eso nos convertiríamos. Dejaríamos de ser ciudadanos con capacidad para decidir libremente en materia electoral, para convertirnos en una sociedad de asnos, conducidos cada cierto tiempo como manada a los centros de votación para darles nuestros votos a favor de quienes una boleta del organismo nos indique.

Es cierto que hay países todavía en donde votar es obligatorio, con fuerte penalidad para quien no lo haga, incluyendo la pérdida de derechos civiles por un año, y ya sabemos los penosos resultados de ese ejemplo en particular. Pero esa obligación riñe con el principio del derecho a la libre elección, consagrada en la Carta Magna y atenta contra otros derechos humanos fundamentales.

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Los nombres de los hijos

Ni en las peores dictaduras se ha limitado el derecho de los padres a ponerles los nombres a sus hijos. La de Trujillo figura entre las más crueles, horrendas y corruptas en la historia continental. El «jefe» limitó el derecho de tránsito, prohibió la libertad sindical y política, encerró, exilió y asesinó a sus opositores, pero nunca se le ocurrió, ni en sus días finales de delirio, impedirles a los padres elegir los nombres de sus vástagos.

Como si no tuviera otra cosa por hacer, la Junta Central Electoral elaboró a mediados de la primera década del siglo, un proyecto para regular esa potestad de padres y madres, y asignársela a los responsables de las oficialías civiles. La infeliz y descartada iniciativa carecía de toda lógica, pues era suprema estupidez darle facultad a un oficial civil para decidir qué nombre deben llevar los hijos de otros.

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La valoración del voto (1)

A pesar de la vasta experiencia nacional en materia eleccionaria, todavía los dominicanos no saben apreciar a cabalidad el valor del voto.

Elecciones tras elecciones, buena parte del electorado lo hace por aquel considerado como el «menos malo». Una vez eliminadas así las más malas opciones, el país se queda de todas formas con una mala. Y mala al fin, en la práctica resulta tan mala como la más mala de las descartadas por malas. Este juego de palabras nos demuestra cuán errático es ese proceder, basado en la falsa presunción de que la más mala de las actitudes es quedarse en casa el día de las votaciones.

Propiciar el sufragio por cualquier opción bajo el predicamento de que el simple hecho de votar fortalece las instituciones, no le hace bien a la democracia ni mejora la vida política del país. En determinadas circunstancias la abstención es un voto pleno de conciencia. Y los electores tienen el derecho de abstenerse si las propuestas electorales no llenan sus aspiraciones ni satisfacen sus demandas ciudadanas.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (2 de 2)

El Leonel Fernández que Fidel Castro dibujó de la entrevista entre ambos en su último encuentro en La Habana, es muy distinto al que el pueblo cree conocer. Fernández tendrá sus razones para sentirse honrado de ese encuentro, pero los elogios mutuos que se hicieron no le hacen bien a su reputación como líder democrático y tolerante de las ideas ajenas. Castro era un tirano implacable y sus ideas gobiernan a Cuba todavía, años después de su muerte.

El artículo que publicó sobre su reunión con Fernández tiene además un sonoro toque burlón, al describir la pasión con la que su visitante le exponía su teoría sobre la crisis de la economía mundial. Fernández, según Castro, consumió buena parte de la entrevista de dos horas explicándole las diferencias entre un billón y un trillón; a él, un hombre que en el mismo artículo confiesa que aprendió a sumar y restar antes que a leer y escribir.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (1)

Muchos de los problemas nacionales y el inmenso poder que alcanzan acumular los gobiernos y la figura presidencial se deben en gran medida a la facilidad con la que se aceptan las «verdades oficiales» y se elude hacer preguntas cuando el cielo se oscurece o la ambigüedad domina el escenario político.

Aceptamos bucólicas visiones de la economía reñidas con la realidad sin pestañear y nos aferramos así a un reino de virtualidad donde todo marcha a la perfección, a despecho de cuán mal nos vaya o se perfile el horizonte. Creemos cuanto se nos dice y guardamos silencio por temor a hacer preguntas molestosas, pagando un alto precio por ello.

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