El mal de la improvisación

En un país donde todo se analiza y se quiere resolver en seminarios, ha faltado quien se hiciera estas preguntas: ¿Qué hace tan fuerte e intimidante a los gobiernos? ¿Por qué infunden tanto temor en los sectores empresariales, a despecho de la alta evasión impositiva que pudiera demostrar que ese miedo no ha existido nunca?

El secreto radica en la sensación de debilidad y desunión, cierta o no, que proyectan los empresarios. En su dificultad para ponerse de acuerdo en los temas básicos de la nación. En su falta de voluntad para poner en práctica las acciones, algunas necesariamente heroicas, que se requieren para dotar a la nación de un plan de mediano y largo plazos que sepulte de una vez y para siempre el terrible mal de la improvisación que caracteriza la vida pública.

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La realidad social dominicana

La injusta distribución del ingreso se acentúa a medida que la economía crece debido a la ejecución por los gobiernos de políticas que no toman en cuenta las realidades nacionales ni el sufrimiento de la gente.
El concepto de modernidad vigente no plantea cambio alguno en esa situación. Se construyen líneas de un metro mientras las calles llenas de baches se tornan intransitables. Se habla de superar la brecha digital mientras las escuelas se caen a pedazos y cientos de planteles carecen de butacas, pizarrones y tizas, y se suspende virtualmente el desayuno escolar y la tanda extendida. Seguimos lejos de los objetivos del milenio.

El exceso de población, sin duda uno de los más graves problemas actuales, adquiere singular dramatismo en los países en desarrollo como República Dominicana. Cientos de miles de seres humanos subsisten en condiciones extremas de pobreza e indigencia. Las desigualdades sociales se muestran más patéticas y las necesidades más perentorias.

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Un legado del populismo

Las exigencias políticas han impuesto la necesidad de abultar el aparato burocrático, de manera que no hay recursos para el pago de salarios adecuados al talento y a la consagración. El gobierno se incapacita de este modo para ofrecer oportunidades a jóvenes entrenados llenos de legítimas ambiciones personales.

Las circunstancias económicas en que se desenvuelve el país reducen las posibilidades para miles de ellos que encuentran dificultades para encontrar un trabajo digno. Es natural entonces mirar hacia fuera en busca de la oportunidad que el país no es capaz de ofrecerle a sus hijos.

Por un lado, se asegura que el país marcha en la dirección correcta para el logro de los objetivos de reducir los altos y denigrantes niveles de pobreza para el año 2030, mientras sabemos que el gasto y la inversión social son cada vez entre los más bajos del continente.

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El temor a las redes

El temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminará dañando a la prensa. La advertencia de Germán Ornes ha resultado profética.

Por el Internet y la facilidad que se ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie se escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

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Periodismo y derechos ciudadanos (y 3)

A menos que esté preparada para aceptar los más severos juicios sobre su papel, la prensa nacional, y en particular los periodistas, no estaremos en condiciones de contribuir eficazmente a la creación de un clima libre y sin prejuicios para el debate de las ideas, lo cual es fundamental para la democracia.

Por desgracia, los ejemplos diarios de intolerancia periodística son tantos como los que la prensa critica.

Algunos amigos me cuestionan las razones por las que suelo con esporádica frecuencia reproducir o hacerme eco de las críticas, muchas veces agrias y subidas de tono, que recibo en mi dirección electrónica de lectores enojados por el contenido de uno que otro comentario en mi columna diaria o en los programas de televisión en los cuales participo.

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Periodismo y derechos ciudadanos (2)

Si el clima de libertad y el nivel de desarrollo democrático alcanzado en los últimos años otorga el derecho a los periodistas a la crítica de las actuaciones de los hombres públicos, en idéntica forma éstos tienen igual derecho de sentirse molestos con los juicios de la prensa y manifestarse públicamente, sin tener que padecer el peligro, como ocurre a menudo, de represalias que muchas veces toman la forma de un boicot de sus actividades en las páginas de un diario.

Negar el derecho de un político o de un ciudadano a decir en público lo que probablemente muchos de ellos piensan o sienten, por ejemplo, de mis libros, artículos o de mi vida profesional, equivaldría también a asestar un golpe mortal a mi derecho a expresar libremente mis ideas.

Si tal político no agrada a un diario, o a los que trabajan en él, o éstos disienten de sus posiciones sobre un tema de interés público, es parte del juego democrático aceptar el derecho de aquellos a sostener las mismas opiniones sobre el trabajo periodístico.

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Periodismo y derechos ciudadanos (1)

La libertad de expresión garantiza el derecho de los ciudadanos a emitir sus ideas libre de toda coacción o presión. Así está establecida en nuestra constitución en muchas otras constituciones y en la declaración Universal de los Derechos Humanos. Y esto, por supuesto, no excluye a la prensa ni a los políticos.
Sin embargo, una de las distorsiones más extendida acerca del papel de los medios es aquella que la sitúa por encima de la crítica. Como cualquiera que opine, los periodistas tienen el derecho a la equivocación. Pero igualmente las víctimas de sus errores y prejuicios tienen el mismo derecho a disentir de sus opiniones y conclusiones.

El aspecto más deplorable de la relación políticos-prensa, es la renuencia de los primeros a hacer valer sus derechos frente a los excesos de la segunda. Este acuerdo tácito, que protege a ambos de sus propias irracionalidades, le ha dado al periodismo dominicano una especie de carta blanca. Aquellos que ejercen el periodismo sin una vaga noción de sus innatas limitaciones, nunca alcanzan a comprender la sutileza. Por supuesto, nada de esto se aprende ni se enseña en escuelas de periodismo. Pero es su comprensión lo que hace en la práctica la diferencia entre un buen periodismo y un periodismo irresponsable.

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El abismo entre periodismo y literatura (y 6)

El tema es apasionante y debería ser objeto de una amplia discusión en las redacciones, en las aulas de las escuelas de periodismo y plantearse incluso en futuras ferias del libro, si volvieran a realizarse. Una controversia alrededor del tema sería de sumo interés para el periodismo e incluso para la literatura.
Por lo general, algunos intelectuales muy bien dotados fracasan en el periodismo por entenderlo como un género literario y muchos más en el periodismo por intentar, sin la capacidad para ello, de hacer literatura.

En distintos foros y en mi columna de más de cuatro décadas ininterrumpidas en diarios nacionales, he sostenido que los periodistas no estamos totalmente exentos de la intolerancia que erosiona el clima de respeto a las opiniones ajenas que caracteriza el ejercicio democrático. Así como la prensa tiene absoluto derecho a formarse los juicios más severos sobre los líderes nacionales, en la misma medida éstos pueden forjarse los suyos con respecto a los medios y, en particular acerca de quiénes escribimos en ellos, sin excepción.

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