Cuando medios suplantan tribunales

A comienzos del 2017, se escribió en las redes que un hijo de la entonces presidenta de la Cámara de Cuentas, un militar de carrera con rango de general, figuraba en una nómina de la CDEEE como asesor de seguridad entre un pequeño grupo de oficiales. La nota fue circulada con un tono crítico contra la funcionaria y bastó para que en programas de radio y televisión se le echara ácidamente en cara ese hecho como una muestra de su supuesto compromiso político con el Gobierno para encubrir la corrupción.

Esto último me pareció un abominable ejemplo de pésimo e irresponsable periodismo, porque si bien ella, como cualquiera otra autoridad pública, estaba sujeta a valoración, debe y tiene que hacerse con base en su trabajo y apego a los principios de tan alto cargo y no por otras circunstancias. Mucho menos cuestionar el derecho de un hijo mayor de edad, a ocupar cualquiera otra posición, sobre la que ella no tenía decisión de nombramiento. Podría alegarse, como en efecto se hizo, que correspondía a la Cámara de Cuentas auditar a la Corporación de Electricidad, lo que a priori constituía un prejuicio, a menos que pudieran presentarse evidencias de complacencia dolosa, lo que en ese caso ninguno de los comentaristas que escuché pareció interesado en hacer.

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El ejercicio responsable de los derechos

El ejercicio de la libertad requiere de los ciudadanos un alto nivel de responsabilidad y de civismo y la inobservancia de esos principios básicos terminará erosionando el clima democrático. Muchos dominicanos confunden su derecho legítimo a la protesta con el supuesto derecho a irrespetar las leyes, desconocer la autoridad y hacer uso de la violencia para canalizar inquietudes o defender sus intereses particulares o de grupos. La arrogancia de esos grupos llega al extremo de pretender de los demás el endoso como borregos de sus actuaciones y, peor aun, de adueñarse de la facultad de juzgarlos sumariamente.

Bajo cualquier pretexto, los gremios sindicales y profesionales faltan a su obligación al dejar sin servicio a quienes están en el deber de atender, para asaltar las calles en demandas de todo tipo, irónicamente en menoscabo muchas veces del alcance de sus propios reclamos y en desconocimiento casi siempre de los derechos de los demás. Se han dado casos muy emblemáticos de esa carencia de responsabilidad ciudadana. Por ejemplo, los ocurridos en zonas turísticas. En repetidas ocasiones, los reclamos han llegado a crear en esos lugares ambientes de intimidación incluso entre los propios turistas, con un impacto muy negativo para el sector y en especial para quienes viven y se benefician de la actividad, entre los que paradójicamente suelen encontrarse los manifestantes.

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Una vieja tarea pendiente

Por años he escuchado con fascinación a los dirigentes políticos pontificar que los problemas nacionales son de tal ancianidad y envergadura que se precisa de una acción conjunta de todas las fuerzas políticas y sociales para encararlos. Pero de ahí a los hechos ha mediado, como se dice, un largo e interminable trecho.

Las rivalidades partidistas se anteponen a ese enorme compromiso nacional, siempre pendiente. Usualmente, los partidos se hacen la ilusión de que el fracaso de una administración les favorece y les allana el camino al poder. En ciertas circunstancias esa percepción es errónea y denota una escasa visión de futuro. Los tropiezos de un gobierno, cuando es legítimo, son de todo el país. Y si la oposición llegara a beneficiarse de ello, le tocaría un fardo de problemas como herencia.

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El “derecho” al mal gusto

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Gente que se cree, por el hecho de haber abierto un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquél militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

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Los diálogos sin intermediarios

Hace años escribí, que los problemas políticos se resuelven cuando el liderazgo, en el Gobierno como en la oposición, asume la responsabilidad de encararlos cara a cara y echan a un lado las diferencias. Es imposible salvar situaciones complejas con tácticas elusivas o valiéndose de intermediarios, para encontrar salidas satisfactorias a leyes que contribuyan a fortalecer las instituciones o despejar de obstáculos la búsqueda de salidas a temas fundamentales.

Tampoco conduce a nada amarrarse a la idea de ganar tiempo retirándose de pláticas negociadoras, porque esa táctica no deja frutos ni da margen de justificación si a la postre los esfuerzos no comportan avance alguno. Abandonar la mesa de negociación con comunicados llenos de lugares comunes cada vez que surge un inconveniente gana todavía titulares en los medios, pero congela el crecimiento de quienes apelan a ese recurso estéril. La responsabilidad del liderazgo, en el Gobierno como en la oposición, es asumir el diálogo directo, sin valerse de mediadores que perdieron la utilidad que una vez tuvieron, porque los temas bajo discusión son muy delicados como para enfrentarlos mediante mandados a terceros, como aún suele suceder.

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El poder de una imagen

Aún en medio de las catástrofes más grandes, sean causadas por guerras, huracanes o terremotos, la personificación del sufrimiento suele provocar una impresión más dolorosa que la visión global de la tragedia. Puede resultar irracional admitirlo, pero muchos hechos a lo largo de la historia lo confirman.

Tras el terremoto de Nicaragua a comienzos de los setenta, una de las imágenes más difundidas por la prensa internacional, en medio de la total destrucción de Managua, era la de una niña descalza sentada sobre los escombros de su vivienda con una pequeña muñeca de trapo en sus manos, y aún sangraba por las heridas.

El Diario de Anne Frank, que narra las penurias de una familia judía detenida durante la ocupación nazi de Holanda, reveló al mundo el horror del holocausto tanto o más que las visiones dantescas de los campos de exterminio de la Alemania hitleriana.

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Chávez, capataz que hundió a Venezuela

Cuando escribía sobre Hugo Chávez, el engreído capataz que gobernó Venezuela, me llenaban de improperios. Me llegaban a raudales, como si estuvieran al acecho, esperando impacientes que me refiriera a su héroe. Confieso que Chávez era uno de mis temas favoritos. Y cómo no habría de serlo. Era la antítesis de la prudencia. La perfecta encarnación del nuevo revolucionario parido por la extrema derecha, de donde venía y en donde sus hechos lo situaban.

Era un “sultanato” y no una revolución la que él presidía y le dejó como herencia a quien los cubanos escogieron para sucederle.. Manejaba el erario venezolano como si fuera suyo. Hizo del petróleo y otras riquezas de su país un instrumento de sus ambiciones personales. No tenía control alguno de sus emociones. Decía cuanto se le ocurría sin importarle los escenarios.

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El humor comunista al estilo cubano

Ni el comunismo ha podido con el sentido del humor cubano, ni siquiera en el ámbito oficial. Tal vez por eso, en junio del 2008, después de medio siglo, el régimen admitió que estuvo equivocado. La dinastía Castro le dijo al pueblo que “igualitarismo” y “paternalismo”, conceptos sobre los cuales se cimentó la revolución, eran inconvenientes al comunismo y que a partir de esa admisión se les pagaría a los trabajadores por lo que producen.

En el más fiel estilo del capitalismo de los terribles años veinte, que la iglesia y el mismo régimen han calificado de “salvaje”, el ministerio del Trabajo de Cuba, le hizo saber a los trabajadores que “si es dañino darles menos de lo que les toca, es dañino también darles lo que no les toca”. Una sentencia irrefutable en el más elemental razonamiento económico, que tardaron cincuenta años en reconocer.

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