¡Atrapemos el futuro, no lo dejemos escapar!

El sorprendente desarrollo industrial, tecnológico y cultural de Israel, Taiwán y Corea del Sur, en circunstancias muy adversas, debería servirnos de ejemplo de lo que podríamos alcanzar como país, dadas nuestras riquezas naturales y nuestra privilegiada situación geográfica, en el centro del Caribe, con fácil acceso a los grandes mercados como Estados Unidos y Europa.

Las oportunidades son incalculables si nos entregamos a la tarea de planificar a largo plazo, sin dejarlo todo al Gobierno, y echamos a un lado la intensa pasión por la retórica estéril, que agota las energías y nos hace mirar siempre por el retrovisor, no por lo que figura delante de nosotros. Nos falta tal vez vocación para concertar compromisos, mientras nos sobra entusiasmo para la improductiva tendencia a escuchar el eco de nuestras propias voces y descartar las demás, y en la falsa creencia de que el éxito del esfuerzo común sólo le pertenece al grupo que gobierna.

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El país que somos y seremos

Me han preguntado qué quiero significar cuando escribo que la imagen del país en el exterior se da principalmente por las empresas y marcas nacionales, la actuación de sus artistas y lo que logran sus atletas. La respuesta es simple. La idea que los dominicanos y ciudadanos de otros países tenemos de los Estados Unidos emana del conocimiento de sus productos, como sus vehículos, sus cadenas de comida rápida, sus bancos, Disney, Hollywood y muchos otros emblemas que lo identifican. España es para nosotros lo que sabemos de sus vinos y comidas, sus ciudades y el legado histórico de la conquista.

Nuestra imagen en el exterior se sostiene por el turismo, las inigualables marcas de cerveza y ron, el merengue, Juan Luis Guerra, Michael Camilo, los productos de zona franca y la calidad de nuestro béisbol. Cuando un presidente viaja fuera del país para promover negocios está abriendo puertas para que esos símbolos nacionales penetren a otros mercados.

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La errónea reacción oficial a las críticas

La verdadera fortaleza de un gobierno, la que finalmente cuenta, no procede del partido que lo sustenta. Proviene casi siempre de la mayoría ajena a las luchas partidistas que votó por el presidente. La fuerza que la alimenta emana del profundo deseo nacional de que la situación mejore y que la administración, en esta oportunidad del presidente Abinader encuentre el camino adecuado y más corto para encarar con éxito los acuciantes problemas del país.

Nadie en su sano juicio quiere el fracaso del mandato actual, como tampoco quería esa suerte para el anterior o para los que estuvieron antes. Por el contrario, la gente ora para que la economía mejore y cada año sea un período de progreso y crecimiento. ¿A qué viene todo esto? La reflexión es a propósito de la tendencia en la esfera oficial a atribuirle visos de oposición a toda manifestación contraria a una directriz o política proveniente del sector público. Se pasa por alto la realidad que entraña el ferviente deseo de cooperación que llevan consigo muchas de esas críticas.

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El creciente gigantismo estatal

El gigantismo estatal estrangula el modelo de libre empresa en beneficio de pequeñas y privilegiadas élites seudo empresariales hechas a la carrera, que obstaculizan el desarrollo nacional. Estos grupos han tenido mucho éxito en propiciar alianzas con la burocracia gubernamental, en franca conspiración contra los verdaderos intereses nacionales.

A menos que las oportunidades no sean las mismas para todos los agentes que intervienen en la vida económica de la nación, sólo podríamos ufanarnos de la existencia de un capitalismo de Estado. Un régimen híbrido que no es una cosa ni la otra y que sólo le ha dejado al país un penoso legado de corrupción e ineficiencia, con un altísimo costo moral, social y económico.

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El Gobierno y la libertad ciudadana

Las pronunciadas tendencias a conferirle al Estado un papel preponderante en la economía inspiran muchas reservas, debido a las penosas experiencias de ensayos pasados y presentes. Por acción de los gobiernos y a pesar de su ostensible incapacidad para atender sus responsabilidades esenciales, el Estado ha ido creciendo de una forma tan brutal que interviene en la vida de cada ciudadano, lo que es una carga muy difícil de sobrellevar.

No existe de hecho una actividad de impacto que no esté de alguna forma ligada, atada, comprometida o asociada con el Estado, o paralizada por él.

Así, mientras fallan en dotar adecuadamente a las escuelas de pupitres, pagar a tiempo a los servidores públicos, muchos de los cuales no desempeñan una función útil, y no encuentran cómo darles ocupación a miles de médicos desempleados, no obstante las deficiencias de los servicios de salud que prestan, los gobiernos se empeñan en ensanchar su radio de acción y se convierten en instrumentos abrumadoramente dominantes. Asumen tareas que en sus manos resultan tan amplias como absurdas. El crecimiento de ese papel resulta en la creación de controles excesivos y paralizantes de la actividad creativa.

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Vulgaridad, un negocio en ciertos medios

Para desgracia del periodismo, algunos propietarios de medios electrónicos tal vez ignoren que, a despecho de lo que diga la ley, ellos son moralmente responsables de cuanto se diga o haga en sus estaciones de radio o televisión. Que las ofensas y alegres insinuaciones que frecuentemente se lanzan sobre honras o tranquilidades hogareñas tienen su precio. Que si bien la popularidad que esa obscena práctica genera produce por un tiempo mucho dinero, en algún momento se transforma en descrédito y rechazo. En definitiva, que nadie es tan tonto para creer que esas cosas suceden sin el consentimiento o visto bueno de sus dueños o empleadores.

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Vulgaridad, un negocio en ciertos medios

Para desgracia del periodismo, algunos propietarios de medios electrónicos tal vez ignoren que, a despecho de lo que diga la ley, ellos son moralmente responsables de cuanto se diga o haga en sus estaciones de radio o televisión. Que las ofensas y alegres insinuaciones que frecuentemente se lanzan sobre honras o tranquilidades hogareñas tienen su precio. Que si bien la popularidad que esa obscena práctica genera produce por un tiempo mucho dinero, en algún momento se transforma en descrédito y rechazo. En definitiva, que nadie es tan tonto para creer que esas cosas suceden sin el consentimiento o visto bueno de sus dueños o empleadores.

Lo peor de todo este fenómeno es que las permanentes competencias de vulgaridad que por algunos medios se escuchan y ven, están creando modelos y pautas en el oficio periodístico. Y que muchos jóvenes talentos, y otros que no lo son, han visto en ello una vía fácil de alcanzar metas, desdeñando el buen decir y la ecuanimidad que tanta falta le hacen a una sociedad dominada por el afán desmedido de lucro y fama. Además, el que esas atrocidades se originen en horas inapropiadas es algo intolerable, por el daño irreparable que supone.

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La tecnología y un valor del periodismo

A pesar de los cambios que han transformado la práctica del periodismo en los últimos años, algunos valores fundamentales que han hecho de este oficio una labor trascendental, han sobrevivido al paso inexorable del tiempo y las innovaciones tecnológicas.

Uno de ellos, tal vez el más importante, es el de informar con estricta sujeción a los hechos. Con frecuencia los reporteros se ven impactados por la magnitud de los acontecimientos sobre los que informan. El deseo de dar rápidamente la información al público, la ansiedad que esa prisa trae consigo, resulta en una noticia errada o imprecisa.

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