Un grito por la escuela

Como ninguna otra, la vieja y deprimente escena puesta a rodar en las redes de dos muchachas peleándose presuntamente por un novio en un recinto escolar, ante la presencia entusiasta de decenas de sus compañeros sin que ninguno intentara separarlas y sin un supervisor o profesor que impusiera el orden, proyecta la imagen real de la escuela que estamos obligados a cambiar. En mis años de escolaridad una situación como esa era improbable. Y la diferencia estriba en el concepto prevaleciente respecto al rol del docente.

Lo que pasa dentro de un recinto escolar es responsabilidad de los maestros, no del Ministerio de Educación. Y evidentemente el deplorable nivel académico que se observa en la escuela tiene relación directa con el deterioro de la calidad del magisterio que el país ha estado observando desde hace décadas. Antes teníamos maestros, que fuimos cambiando por profesores que finalmente se convirtieron en gremialistas, dispuestos siempre a detener el año escolar y paralizar la docencia por demandas laborales.

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A soñar, que nada cuesta

La sociedad civil, la verdadera, no la que usurpa el título, entiende cuán injusto sería cargar sobre la población y no sobre los responsables, el peso del enorme déficit producto del gasto excesivo e irresponsable de la administración anterior y de la actual. Y como los congresistas se resisten a renunciar a sus irritantes privilegios, asignados supuestamente para cumplir obligaciones sociales con sus electores, lo cual no encaja en el rol de un legislador, se le haría difícil al Gobierno convencer a la gente de la necesidad de nuevos impuestos sin ofrecer señales convincentes de reducción en el gasto público.

Como la Presidencia, por respeto a la independencia de los poderes, no podría reducir administrativamente los salarios de los legisladores y eliminar sus canonjías, bien podría apelar a sus sentimientos patrióticos, si existieran, para persuadirlos a renunciar voluntariamente a sus “barrilitos”, con el compromiso de resarcirlos incluyendo a los beneficiarios indirectos de la ayuda legislativa en sus programas de ayuda social.

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Un escenario para grandes obras

Es importante promover la presentación de grandes obras en el Teatro Nacional. Para eso fue construido. La última gran velada, hace años, fue un ciclo de tres presentaciones de La Bohemia, una ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini, con libreto en italiano de Luigio Illica y Giuseppe Giacosa. La obra está inspirada en una novela sobre las experiencias de jóvenes bohemios del barrio latino de París a mediados del siglo XIX, y se centra en la relación sentimental entre Rodolfo (tenor lírico spinto) y Mimí (soprano lírica), y que concluye dramáticamente con su muerte por efecto de la tuberculosis, lo que hace llorar desconsoladamente a su amante quien grita desesperado su nombre (¡Mimí…! ¡Mimí…!), en un estremecedor final.

Desde su primera presentación en 1896, en Turín, bajo la dirección del joven Arturo Toscanini, La Bohemia ha sido una de las óperas más populares, figuró durante años como una de las favoritas de productores y cantantes, a pesar de que inicialmente no fue bien acogida por la crítica. Se la considera como una de las obras más representativas del compositor, cuyo legado incluye un extenso repertorio en el que figuran algunas de las más famosas como Tosca, Madame Butterfly, Turandot, que dejó inconclusa al morir, Gianni Schichi, cuya aria para soprano “O mío babbino caro” es una de las más conocidas y hermosas, Manon Lescaut y La fanciulla del west, famosa sobre todo por el aria para tenor Ch’ella mi creda, de extraordinaria belleza y lirismo.

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Un tema objeto de muchas pasiones

Las estadísticas sobre las mujeres haitianas que cruzan la frontera para parir en hospitales dominicanos, no serían tan preocupantes si no existiera el criterio en sectores de opinión pública y en organismos internacionales de que por esa razón sus hijos deben ser inscritos en el Registro Civil como dominicanos. El espíritu de humanidad que acoge a esas parturientas no conlleva obligación adicional. La República Dominicana no puede cargar con el peso de la irresponsabilidad de su vecino, porque tiene también sus propios problemas y son limitados sus recursos.

De hecho, no es un secreto, que la acogida que se les da a esas parturientas va en detrimento de la capacidad de nuestros hospitales para atender los partos de las mujeres dominicanas. Y buena parte del presupuesto del Ministerio de Salud para ese renglón se consume en atender a las haitianas que no encuentran en su propio país facilidades para dar a luz en condiciones higiénicas, como se les ofrecen en esta parte de la isla. De manera, pues, que se trata de un problema que amerita la pronta atención debida, ya que tiene el potencial de un explosivo.

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Aquella triste tarde de mayo

Cuando mi padre murió, aquella triste y plomiza tarde de mayo, lo que proporcionó el valor necesario para soportar la tragedia enorme que se abatía sobre la familia, no fue más que la inmensa sensación de pequeñez que de mí mismo, y de mis hermanos, dejó reflejada su muerte.

La verdadera grandeza de su existencia no estaba en sus muchos logros personales, mezclados con similares tropiezos y desencantos, que hicieron de su vida una extraña conjugación de éxitos y fracasos, que terminaron por abatirle cuando ya le faltaban fuerzas físicas para enfrentar las tempestades. Su verdadera dimensión como padre residía en la sencillez de su corazón y en su increíble percepción para captar la esencia pura de la existencia humana, en la más intrascendente de las escenas cotidianas.

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Una carta que cambió la historia

El 2 de noviembre de 1917, el ministro del Exterior británico, Arthur James Balfour, dirigió una comunicación al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en Londres, para anunciar el apoyo del Reino Unido al establecimiento de un “hogar nacional” para su pueblo en la región de Palestina, tierra de sus antepasados. El breve texto sirvió de base años después al nacimiento del moderno y próspero Israel. El documento de tres párrafos es conocido como la Declaración Balfour.

La decisión británica reivindicó el derecho de los judíos a volver a la tierra de la que habían sido expulsados por los romanos dos mil años antes, tras la destrucción del Segundo templo, cuyo muro occidental, a los pies del Monte Moria, es venerado como el lugar más sagrado del judaísmo. Su salida forzosa de Palestina dio comienzo a lo que se llamó la Dispersión del pueblo judío que duró veinte siglos.

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El muro que necesitamos

La inmigración ilegal desde el oeste hacia esta parte de la isla, que desborda desde hace años nuestra capacidad para asimilarla, no es la única amenaza que enfrentamos. Hay otra migración que ha dejado desprotegida nuestra frontera. Es el abandono de sus habitantes hacia la zona céntrica y el este del país, en busca de mejores condiciones de vida.

Esa migración terminará dejando una amplia zona territorial despoblada. Y seguirá generando consecuencias de la más diversa índole que de hecho se han estado viendo desde hace años. Es menester para evitar que ese fenómeno siga creciendo, que el Gobierno, como parte de su política migratoria, emprenda en comunión con inversiones privadas, grandes proyectos para promover el regreso de la gente a las provincias fronterizas.

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Por la defensa de nuestros bosques

Los recientes incendios forestales, aparentemente intencionales, me recordaron uno de los recorridos semanales por el interior del presidente Danilo Medina en el que abordó el tema crucial de la reforestación. Si no detenemos la tala indiscriminada de árboles, la desforestación de nuestros bosques, dijo, podríamos convertirnos en una réplica de lo que hoy es Haití. La advertencia no debería caer en el vacío ni vista como un asunto político partidista. Se trata de un reto fundamental, del que dependerá en un futuro no lejano la capacidad nacional para abastecer a la población de agua potable y garantizar la producción de alimentos en gran escala.

No se trata pues de una cuestión que competa solamente al gobierno. Es un desafío que exige la total entrega del liderazgo nacional, en todos los ámbitos de la sociedad, sin exclusión, porque del éxito que alcancemos en proteger nuestros bosques dependerá, en gran medida, la vida de nuestros ríos y las demás fuentes de agua, necesarias para la supervivencia humana. Es un tema que requiere de un compromiso serio, por encima de cuantas diferencias existan entre partidos y las demás organizaciones, sean gremiales, profesionales o empresariales, capaces de contribuir a la formación de una gran alianza para proteger un recurso vital de la República.

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