La envidia

MIGUEL GUERREROMaravillado por un texto sobre la envidia, publicado  en el Listín Diario el pasado día 21, traté de conseguir que alguien en Twitter me informara acerca de la identidad de ese exegeta que escribe periódicamente en ese medio con el seudónimo de “Félix Bautista”, sin que nadie pudiera sacarme de mi infame ignorancia.

Confieso que nunca antes había tenido ante mis ojos un recuento tan detallado de las diferentes interpretaciones que figuran sobre ella en la Biblia, y en otros textos de famosos autores, y me dije a mi mismo fascinado: “He ahí, por fin, a un verdadero autor; a un exquisito intelectual en pleno y absoluto dominio de la literatura universal”. Con qué finura y precisión este hombre pone al descubierto la maldad humana y la forma en que ella nos corrompe, con su enorme capacidad para desconocer el éxito del contrario, a aquél que milagrosamente logra superar un mundo de escasez y restricción y elevarse a las alturas, apenas con la sola y única oportunidad que se deriva de una función pública.

Y me pregunté: ¿A quién se referirá este sabio intérprete de las Sagradas Escrituras? ¿Quién será el modelo de ser ejemplar que este brillante y anónimo escritor nos retrata en esos párrafos maravillosos sobre el más terrible de los sentimientos humanos, que él define como la envidia? ¿Quiénes serán los envidiosos y resentidos, negados por la ceguera de la envidia, esa serpiente venenosa que destruye el interior de los individuos, a reconocer los méritos del gran ciudadano que ese autor anónimo nos presenta como un modelo?  ¿Quién me saca de mi imperdonable ignorancia?

¿Será un émulo de Duarte, el Patricio? ¿La reencarnación masculina de la madre Teresa? ¿O acaso se trata de la mutación de un profeta bíblico o el propio Redentor, aquél que murió para salvar al mundo del pecado? ¡Qué adorable pluma se esconde en un seudónimo.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe.) Leer más de esta entrada

El día que me olvidé del conservatorio

MIGUEL GUERREROAl pensar en los que fueron mis años de infancia y adolescencia, siento en esta etapa de la vida que tal vez mi verdadera pasión fue siempre la música. Aún recreo aquellos lejanos tiempos de escasez, cuando el miedo a la tiranía normaba la vida familiar, en aquella pequeña y modesta casa de la calle Fabio Fiallo, entonces Benefactor, en las que tendido sin camisa en el piso para amortiguar el calor, solía quedar maravillado escuchando a los grandes compositores clásicos. Fue tal vez el concierto número uno para violín de Paganini o Introducción y Rondó Caprichoso de Saint Saënz interpretados por el francés Zino Francescatti, en el programa que transmitía todas las tardes HIZ, lo que produjo esos primeros escalofríos, que se sienten en la espalda, y de cuyo recuerdo nunca me he podido liberar.

No tengo claro si fue él u otros grandes violinistas como Yehudi Menuhin, Isaac Stern, Jascha Heifetz y Giddon Kremer, todos judíos, cuyas interpretaciones solían oírse a diario por esa emisora, puedan ser los responsables de esa primera frustración personal de no poder valerme de ese instrumento milagroso. Leer más de esta entrada

La pregunta de siempre

MIGUEL GUERRERODonde quiera que voy escucho siempre la misma pregunta, formulada a veces con sorna, rabia disimulada e impotencia, por empresarios de todos los niveles: ¿Cuántos funcionarios y políticos están en condiciones de probar la legitimidad del patrimonio que poseen? Si se analizara el caso por los salarios añadiendo incluso los “incentivos” y otros privilegios que el Estado les permite y en ciertos casos se auto asignan, como es el extravagante “barrilito” de los honorables miembros del Senado, habría que convenir, muy lastimosamente, cuán pocos de ellos pasarían la prueba. 

El problema es que en este país todo les está permitido por cuanto un puesto público es el camino más corto y seguro al enriquecimiento, sin necesidad de dar explicaciones y asumir su costo. En cualquiera otra parte del mundo democrático esa práctica está sujeta a severas sanciones legales y a la repulsa moral. En cambio, en nuestro país los ciudadanos que han tenido la oportunidad de prestar sus servicios al Estado y han atravesado esa experiencia sin tocar lo que no les pertenece, por lo regular no gozan después del aprecio público del que se hacen merecedores por su buena conducta social. 

El poder atrae y quienes lo ejercen han sabido aprovecharse de la debilidad institucional que ha hecho una costumbre preferir un buen y confiable amigo en el Palacio Nacional a un clima firme de derecho, garante de las libertades ciudadanas y, por ende, de la actividad empresarial. Por esa razón, las elecciones son especies de circos con aspirantes a cargos en el Congreso y los municipios disputándoselos como si se tratara de vida o muerte. Por eso, los candidatos presidenciales atraen más contribuciones que las mejores obras de caridad y ayuda al prójimo. Y por esa misma razón, estamos condenados a seguir padeciendo los excesos de poder que provienen de todas las latitudes de la esfera política. .(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe.)

La peor amenaza a la democracia

MIGUEL GUERREROLas conquistas, débiles todavía, en el marco político tras varias décadas de ensayo democrático superan las obtenidas en el plano de la distribución del ingreso. Y esto no debe tranquilizarnos porque estamos muy lejos de haber alcanzado un nivel de institucionalidad que garantice un total respeto de los derechos políticos de los ciudadanos. 

Probablemente la caída de los mercados internacionales de los productos básicos de exportación y otros factores ajenos a la voluntad nacional, como el alza del petróleo, hayan entorpecido el avance hacia un equilibrio más o menos aceptable en la escala social. Pero tal vez por eso mismo se impone un esfuerzo que haga posible el ideal de reducir las enormes e inquietantes brechas sociales existentes que no hacen de nuestro país una sociedad justa desde el punto de vista de los valores que inspiraron la creación de la República. Sin un mejoramiento de la distribución del ingreso será imposible aspirar a una paz duradera. 

El desempleo sigue siendo entre nosotros un mal endémico y a despecho del crecimiento de los indicadores económicos, la pobreza continúa en aumento, mientras el fenómeno de la concentración de recursos ensancha la brecha que alimenta el conflicto social que trae consigo descontento y agitación. Y mientras continuamos sin cambios en esa arcaica estructura social, la corrupción seguirá su lento pero seguro trabajo corrosivo, minando la confianza pública en los mecanismos e instrumentos de la democracia para resolver las graves dificultades que nos agobian. 

La pobreza es el peor enemigo de la democracia cuando se revela incapaz de resolver los problemas básicos de la población y muy eficiente, en cambio, en promover la corrupción. Cerrar los ojos a tan penosa realidad sería un error a pagarse con muy altos intereses. Como ya está pasando en otros litorales muy cercanos a nosotros.

Tres colosos del periodismo

MIGUEL GUERREROCuando converso con estudiantes casi siempre preguntan a quienes considero los mejores periodistas del país. Les respondo que sólo puedo hablar de mi experiencia personal durante las tres últimas décadas del siglo pasado, tiempo en el que trabajé para diarios, agencias internacionales de noticias y otros medios de comunicación, parcial o a tiempo completo. 

En mi personal clasificación recuerdo perfectamente a tres colosos: Germán E. Ornes, Rafael Herrera y Francisco Comarazamy. Ornes era la encarnación del periodismo tradicional, en el que la información objetiva era la esencia del oficio. Entendía que nada contaminaba más una noticia y, por ende, el derecho del público a estar bien informado, que cuando un redactor filtraba sus prejuicios en sus notas. Los discípulos de Ornes aprendieron a guiarse por esa norma básica, lo que hizo de El Caribe un referente del buen periodismo informativo. 
Ornes cuidaba cada cosa que publicaba y sus editoriales, aunque frío casi siempre, eran textos perfectamente acabados e impecablemente escritos.  Leer más de esta entrada

La antorcha que quema

MIGUEL GUERRERORecientes actuaciones del expresidente Leonel Fernández resaltan dos aspectos de su personalidad: su falsa modestia y su incapacidad para administrar sus enconos. Comenzó con dos sorprendentes artículos sobre el liderazgo que él redujo a la capacidad de un gobernante para repartir dinero ajeno, del Estado, en “sobrecitos”, interpretándose, no habiendo otra lectura posible, como un intento de desvalorización del creciente liderazgo de su sucesor. Luego vino un tercero comparándose con Moisés —seguro habrá leído “El papel del individuo en la historia”, de Plejanov, siendo el primero y probablemente el único dirigente de esta parte del mundo que se iguale a sí mismo con el personaje bíblico que condujo en larga peregrinación al pueblo judío a la tierra prometida.

En un cuarto artículo se atribuyó el “mérito” de haber encontrado siendo muy joven una contradicción o error en “Cien años de soledad”, la obra cumbre del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, hecho que según Fernández llamó de tal modo la atención de Juan Bosch, presente en la tertulia en la que habría ocurrido el hecho, que le abrió años después el camino a la presidencia de la República. Días después, obviamente con su previo conocimiento, su jefe de prensa publicó un artículo en Diario Libre, en el que sugiere un paralelismo entre el presidente del PLD y Jesucristo, en una mordaz crítica a Temístocles Montás, un débil contrincante a la candidatura presidencial que él y su gente entienden que le pertenece mientras vida tenga. 

La confrontación que el señor Fernández se ha encargado de sacar a la superficie subió de tonalidad con un discurso en el que claramente advierte al presidente Medina del peligro que correría si intentara quitarle la “antorcha” al líder que le llevó a la presidencia; pira más que antorcha, con la que cree se alumbra al país, a pesar de los apagones que le dejó en herencia.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe.)

La peor de las amenazas (2 de 2)

MIGUEL GUERREROPara muchos que vivimos de este lado del planeta es prácticamente imposible la existencia sin libertad. Sin embargo, en infinidad de ocasiones me he formulado la pregunta. ¿Están millones de latinoamericanos en condiciones de formularse el mismo planteamiento? Es una pregunta inquietante por cuanto la democracia es el más probado de los sistemas políticos y el único capaz de garantizar a la mayoría de la población sus más elementales derechos políticos y sociales.

Como la distribución del ingreso presenta escalas perturbadoras, una de las tareas más prioritarias debería consistir en procurar cierto grado de equidad social. Hemos insistido en que los niveles de distribución de la riqueza deben marchar parejos con los adelantos en materia de desarrollo político y fortalecimiento democrático. Años de fracasos en el campo de la acción económica y social han contribuido a profundizar las diferencias abismales entre minorías privilegiadas y mayorías postergadas. Sólo si se superan los niveles heredados de miseria e indigencia en esos estratos mayoritarios de la población, se evitará la amenaza de un caos social.

Está claro, sin embargo, que las acciones y políticas oficiales que tratan de atacar el problema, sólo consiguen agravarlo. No puede pretenderse que en base a caridad pública los gobiernos puedan subsanar el sufrimiento de la población. Una canasta en Navidad y un par de juguetes en la fiesta de Reyes no aligeran la carga de dificultades de los grupos indigentes y en cambio propician una humillante dependencia de la acción estatal. El clientelismo ha sido uno de los vicios más dañinos en nuestro ambiente.

Pudiera parecer una letanía. Pero el tema de la pobreza, que hoy domina el debate, se plantea desde una perspectiva mucho más pobre todavía. Y como marchan las cosas no hay señales de que mañana será distinto.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe.)

La peor de las amenazas (1 de 2)

MIGUEL GUERREROEl manto de miseria que envuelve a millones de personas es un fardo demasiado pesado sobre el prestigio del sistema democrático. Tantos niños en completa indigencia, desamparados, desprovistos de alimentación, escuelas y viviendas no son los espejos adecuados para reflejar las virtudes del sistema.

La pobreza, con su enorme secuela de desmoralización y desequilibrio social, es una espina clavada en las mismas entrañas de la democracia continental. 

Durante años se ha tolerado y auspiciado la corrupción, el saqueo del patrimonio público, permitiendo que los bienes comunes fueran sólo usufructuados por un puñado de privilegiados adheridos, como verdaderas sanguijuelas, al poder político. Cambios dramáticos, profundos si se quiere, son indispensables a breve y mediano plazos, para preservar los logros alcanzados en el ejercicio de los derechos individuales. Protegidos por una especie de paraguas de bienestar material, muchos latinoamericanos suelen abstraerse de la realidad e ignorar el peligro que esta situación de desequilibrio social significa para la estabilidad futura de cada una de sus repúblicas.

Con carácter de urgencia, es necesario darle sustancia a la democracia. Hacerla más atractiva al común de la gente que sólo sabe de sus ventajas por referencias de políticos y grupos de presión surgidos a su amparo. La libertad es el don más sagrado de que puede ser dotado un ser humano y la vida plena es inconcebible sin esta. Pero aún las libertades significan poco en sí mismas, para aquellos que apenas las disfrutan para morir o padecer, dentro de un universo lleno de limitaciones materiales sin perspectivas de progreso. Para preservar la democracia es preciso mejorar las condiciones de gente que vive virtualmente ajena al desenvolvimiento económico, sin acceso seguro a las fuentes de empleo y riquezas que genera la actividad productiva.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe.)