Las rivalidades impiden un compromiso

En la tradición política dominicana, nada que haga el gobierno o diga la oposición es objeto de una discusión objetiva, por más coincidencia que exista entre las partes. Esa característica peculiar de nuestro accionar político se da incluso en los temas en que teóricamente hay coincidencia de pareceres, impidiéndonos avanzar en la búsqueda de solución a los problemas que arrastramos desde el nacimiento mismo de la República.

Se ha escuchado decir a todo aquél que hace vida política partidaria que la educación es la clave del futuro, la magia liberadora de la esclavitud proveniente de la ignorancia y el analfabetismo. Mismo ocurre con la salud pública, el medio ambiente, el transporte, los servicios públicos y cuantas cosas influyen en la vida diaria de la gente que habita este país.

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¡Aprovechemos nuestros recursos!

La República Dominicana, como todo país, tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo. ¿Por qué los dominicanos no podemos hacer lo mismo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero éste puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

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El patriotismo que engrandece

En medio del tan a veces áspero debate de los temas nacionales, me he preguntado qué significa ser dominicano y qué valores, humanos y morales, implica serlo. ¿Se es porque se aman los colores de la bandera, que las instituciones públicas y privadas irrespetan usando indistintamente dos colores azules en ella? ¿O porque se vibra al entonar las notas de nuestro épico canto nacional? ¿Qué puede alentar un profundo sentimiento de arraigo en la tierra en que se nace? ¿La tradición? ¿Cuál es la nuestra? ¿Los recuerdos de infancia, la universidad, la familia?

Independiente del efecto de pertenencia que genera la vida familiar y los vínculos con la sociedad en que uno se mueve y trata, es claro que el patriotismo conlleva otros sentimientos más profundos y duraderos, que sobreviven a la muerte y al desarraigo. Me refiero a los valores por los que vale la pena luchar y que hacen grande a una nación, no sólo por la forma en que su gente muere para defender sus derechos y los de los demás, sino por la manera en que en ella se vive. Para muchos el patriotismo nacional se reduce a la dignidad de morir por la patria, aunque a veces con esas inmolaciones se pierden a aquellos que ofrecían la posibilidad de un cambio a favor de la vida.

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El mundo que nos ha tocado

Vivimos una cruda falsedad creyendo, como planteara Emund Burke y tanta gente repite sin analizarlo a fondo, que bastaría con que los buenos no hagan nada para que los malos, los perversos, se salgan con la suya. No he citado el dicho entre comillas a propósito, porque hacerlo equivaldría a aceptar lo que precisamente la realidad desmonta.

Lo cierto es que este mundo no es de aquellos que tratan de ceñirse a las reglas y las normas que la sociedad se traza para organizar la vida en comunidad y lograr de esta forma que las leyes se cumplan y se pueda coexistir con un nivel mínimo de respeto a los derechos que a todos nos corresponden, por el simple hecho, si se quiere, de haber nacidos.

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Fernández dos décadas atrás

En octubre del 2002, puse en circulación el libro El mundo que quedó atrás en la Universidad Iberoamericana (UNIBE). El primero de mis invitados en llegar fue el expresidente Leonel Fernández, acompañado solo de su fiel y omnipresente guardaespaldas de apellido Crispín. Miré el reloj y comprobé que faltaban veinte minutos para las seis, la hora fijada para la actividad. Conversamos un rato de cosas intranscendentes y me excusé diciéndole que tenía que ocuparme de otros invitados que comenzaban a llegar. “Descuide profesor”, me dijo y se colocó en una esquina del salón, rodeado de soledad.

Fernández tenía dos años y casi dos meses fuera del poder y su imagen política estaba muy deteriorada, con acusaciones de corrupción. Muchos de sus adversarios le daban por acabado políticamente. Yo creía entonces lo contrario porque entendía que sus errores habían sido el fruto de su inexperiencia y de las malas compañías y que otra oportunidad le permitiría reivindicarse. No éramos propiamente lo que se llama amigos y la relación era relativamente reciente, pero sí teníamos una curiosa admiración mutua que la campaña del 1996 puso al descubierto. Él me había nombrado su vocero con rango de secretario de Estado pero yo le renuncié 28 días después de su juramentación.

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Cuando de excesos se trata

Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.

Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que la ley les hace también responsables de esos excesos.

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El nuevo estado de emergencia

La justificación que el gobierno ha dado a la extensión del estado de emergencia por otros 45 días aprobada por un Congreso dócil a las directrices del Palacio Nacional es inexplicable. Por un lado se nos habla del éxito en la lucha contra el covid-19 con estadísticas que muestran baja tasa de letalidad y moderada positividad y, por el otro, se restringe la actividad en el país bajo la presunción de un brote del virus en octubre.

El pretexto es asombroso porque supone el don de leer el futuro, a despecho de la notable incapacidad para prever la peste porcina africana, las alzas de precios y las causas que hoy nos retornan a los días lejanos de largos y frecuentes apagones.

Salvo la presunción de un rebrote, que cuestionaría seriamente los logros atribuidos a la campaña de vacunación y a la enorme inversión realizada para conjurar los efectos de la pandemia, no hay nada que justifique mantener al país en estado de excepción que no sea el de mantener un control de la vida del país imposible de alcanzar en circunstancias normales.

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Los objetivos de una reforma

A propósito del diálogo convocado por el presidente Luis Abinader, cabe señalar que si alguna prioridad tenemos es la de proponernos metas como nación y lograr un programa de acción que defina lo que queremos ser y cómo deseamos vernos en el futuro. Obviamente, tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración, ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza.

Si las diferencias nos siguen distanciando en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. En sociedades democráticas las disparidades de criterio, enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional.

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