Una tarea esencial de la escuela

Debemos darle prioridad a que el sistema escolar enfatice en la necesidad de que los estudiantes mejoren su dicción y aprendan a hablar bien su idioma, el español. Muchos de los problemas que técnicos y profesionales confrontan en el mercado laboral se relacionan con su incapacidad para expresarse correctamente, en especial en los casos en que el lenguaje juega un papel fundamental en el ejercicio de una profesión o un oficio.

Hablar con propiedad es un atributo que se aprende a temprana edad. Y enseñarlo adecuadamente es una tarea primordial de la escuela, desde que se ingresa a ella, porque el regionalismo insular en el habla crea vicios imposibles de superar cuando se alcanza cierta edad.

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¿Identidad nacional? ¿Qué cosa es eso?

Cuando hablamos de fortalecer la identidad nacional ¿a qué nos referimos? No es estéril la pregunta. En la escuela aprendí que los símbolos patrios y los próceres forman parte de esa identidad. Luego me di cuenta de que también la forman los productos de nuestros campos y de las industrias; el legado intelectual de sus hombres y mujeres de letras, el folclor, la gastronomía, el paisaje, su arte, sea en la música y las artes plásticas, la arquitectura y, sobre todo, sus humores, que cambian según la temperatura, tanto la que surge del clima como la de la política.

La desidia resultante del diario y quejumbroso quehacer cotidiano destruye la obligación nacional de preservar los elementos que hacen de esa identidad el rostro real de la nación; una marca país se dice ahora. Me he cansado de observar, por ejemplo, que el más importante de esos símbolos, la bandera, para muchos carece de sentido por lo cual se la irrespeta, se izan incluso en edificios públicos banderas en muy mal estado; a veces con distintas tonalidades del azul, una del lado de la otra, en penosa violación de la ley que regula su uso.

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El verdadero enemigo

Si hay algo que resulta inexplicable del carácter nacional, es la tendencia a menospreciar el potencial que le ha permitido a nuestro país levantarse por sus propios medios después de cada caída. Tras décadas de dictadura y un breve experimento democrático abortado que generó una confrontación civil y una segunda intervención militar extranjera, aun en esa hora difícil de nuestra historia, en medio del más sombrío panorama, esta nación encontró razones para ponerse de pie y encarar desafíos más grandes que sus propias fuerzas.

Ni las perennes divisiones que a veces parecían y aún parecen abatirnos han sido suficientes para derrotar ese espíritu emprendedor, que nos ha convertido en una estable democracia y en una sólida economía, superior a la de países mucho más grandes e incluso dotados de mayores recursos. Esa es la razón por la que, a pesar de nuestras necesidades, limitaciones y tropiezos, seamos un país de gentes felices aun en el sufrimiento.

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La Heroica, de Bethoven a Napoleón

De todas las obras del genial compositor alemán Luidwig Van Bethoven, ninguna tuvo el impacto que la Tercera Sinfonía, La Heroica, en mi bemol mayor, opus 55, que al decir de los expertos marcó el comienzo del romanticismo musical, porque fue capar de romper con los cánones del tradicional clasicismo de su época. Esta obra, que Beethoven dedicó inicialmente a Napoleón Bonaparte, no fue bien recibida tras su estreno en Viena en 1805, bajo su dirección. Sus críticos, que no resistían su temperamento apasionado y agrio, la calificaron de excesivamente larga, inconsistente y aburrida.

La obra le había costado al autor dos años de arduo trabajo. Cuando Bonaparte se proclamó emperador en 1804, Beethoven rayó el nombre con enfado y sustituyó el segundo movimiento, “La marcha triunfal”, por una marcha fúnebre, y llevó después ese segundo movimiento al último de su Quinta Sinfonía. Cuando la obra fue posteriormente publicada, en 1806, le dio el título de “Sinfonía Heroica compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre”, para mostrar su desencanto con el restablecimiento del imperio francés.

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El gran mito que nadie discute

La prensa nacional acepta como un hecho uno de los grandes mitos de la política dominicana: la creencia de que el expresidente Juan Bosch fue el fundador de los dos grandes partidos que se han alternado en el poder desde 1996 a la fecha, el Revolucionario (PRD) y el de la Liberación (PLD). En el caso particular del primero el dato, frecuentemente citado en los medios, no se corresponde con la realidad.

Hay toda una historia de teatralidad en relación con la forma en que Bosch alcanzó la cima del PRD. En su libro “Guerra, traición y exilio”, Nicolás Silfa, integrante de la primera misión enviada por el partido al país tras la muerte de Trujillo, sostiene que Bosch tomó el cargo “por su propia cuenta”, se proclamó presidente “a pesar de que el cargo de mayor jerarquía” era el de secretario general, que ostentaba Ángel Miolán, que así pasó a la segunda posición. Según Silfa, el ascenso de Bosch al cargo “fue a todas luces irregular”, puesto que no se había realizado asamblea, ni se habían enmendado los estatutos con ese propósito.

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El “in” servicio exterior dominicano

¿De qué nos sirve un servicio exterior si no reacciona en los lugares acreditados a las ofensas que el país recibe cuando se esfuerza por defender sus valores? ¿Cuándo está en juego la dignidad nacional?

La pregunta es a propósito del silencio ante una grave acusación formulada por la eurodiputada española del partido de extrema izquierda Podemos, Idola Villanueva, quien pidiera a la Comisión de Derechos Humanos de la Unión Europea sanciones contra el país, por el trato que, según ella, los haitianos reciben cuando tratan de pasar ilegalmente al territorio dominicano. Según la parlamentaria, ese trato es peor que la violencia y el hambre que sufren en su propio país.

Cuando inquiero sobre la utilidad del servicio exterior me refiero al hecho de que ningún embajador o representante diplomático dominicano en Europa hizo o ha hecho frente a ese agravio, que desvirtúa la realidad. Y digo esto porque si hay una nación solidaria con Haití es y ha sido siempre la República Dominicana. Aquí viven, en su mayoría en condiciones de ilegalidad, cientos de miles de haitianos, casi dos millones también se dice, lo que genera un grave desplazamiento de mano de obra nacional y a costa de una buena parte del presupuesto de salud de la República.

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Respuesta a una eurodiputada

La eurodiputada española de Podemos, Idola Villanueva, escribió en Twitter: “Miles de haitianos se ven forzados a huir de su país por la violencia y extrema pobreza, pero lo que encuentran en la frontera con la RD es más violencia y precariedad. Le preguntamos a la Comisión Europea si va a actuar ante esta violación de DDHH”.

Yo le respondí en cinco tuits:

“1-Tenemos ya casi dos millones de haitianos, casi en su totalidad ilegal. Acaparan las plazas de trabajo en la construcción y la agricultura y se gasta el 15 % del presupuesto de salud en atender a sus parturientas. Más no se puede.

2-El problema haitiano no es dominicano. En Canadá, EUA y RD viven grandes millonarios haitianos que no invierten en su país ni viven en él. El problema es que sus élites se resisten a pagar la deuda que ellos tienen con su país.

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¡Feliz Navidad!

Cómo entender que tantos no alcancen a ver la belleza de la Creación, en sus múltiples expresiones, si ella está en el llanto y la sonrisa de un bebé; en la brevedad de la belleza efímera de la rosa, que tan solo se abre para morir; en la llegada de la dulce y soleada primavera, después del blanco y frío invierno, o en el mágico encanto del cambio de colores de los árboles en el triste y melancólico otoño que se libra de sus ramas, para renacer después. Cómo no verla en los duros veranos tropicales que resaltan sus mares azules y ponen a cantar a los ríos como susurros de amor al oído de una amada.

Cómo no ver en la Creación, el rocío que anuncia la llegada de la nueva temporada y el atardecer después de un día de lluvia. En el día y en la noche; en el abrazo y el calor de la mirada de un hijo y una madre. En la candidez y la inocencia. En la entrega a un ser querido o a una causa justa. En el maravilloso sentido de solidaridad hacia el prójimo que todavía muchos conservan.

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