Cuando hay talento sobran los títulos

En nuestro país la capacidad de exageración no tiene límites. Como para muestra vale un botón fundamentaré la apreciación en un mito farandulero. Diva, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, se usa como sinónimo de diosa o “divina”, para exaltar el talento especial de una voz femenina. Por eso, en el ámbito operático se suele llamar así a las grandes cantantes líricas, a aquellas voces en cualquier registro, grave o agudo, especialmente en este último, que muestren incomparable talento para alcanzar los más altos niveles artísticos. A María Callas se le llamaba diva, como también solía decirse de Renata Tebaldi, Anna Moffo, Rosa Poncelli, Monserrat Caballé y muchas otras que deslumbraron los escenarios con sus timbres de extraordinaria belleza.

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Cuando reina la vulgaridad

Si hay algo a lo que finalmente nos hemos acostumbrados es a escuchar sin sonrojarnos cualquier vulgaridad en la radio y la televisión. Y la falta de indignación ante ese atropello al buen gusto se asemeja a la que observamos frente a la basura en nuestras calles y plazas. Ya no nos ofenden los gritos vulgares en los medios, como tampoco los montones de basura que se apilan frente a los hogares. Esa falta de respeto al buen sentido se ha extendido incluso ante los símbolos patrios y a la memoria del patricio Juan Pablo Duarte. Recuerdo cómo no hubo reacción contra el medio cuando un popular comentarista de la radio llamara a Duarte, “cobarde, depresivo homosexual, histérico y canalla, carente de carácter y cojones”.

No fue la primera vez que esa clase de abusos verbales se escucharon por la radio, ni será la última, y muchos conductores de programas, que ahora se hacen llamar “comunicadores”, se han hecho populares ganando altos niveles de audiencia, a base de este lenguaje fuera de tono e irrespetuoso, sin que ninguna institución, y ni decir de las direcciones de las emisoras donde se emiten, se haya molestado en pedirle perdón al público y excusarse ante la nación.

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Los nuevos profetas de la moral

Tienen razón quienes lamentan la pobreza del debate y bastaría con lo que usuarios de las redes creadas por partidos y candidatos dicen a diario de las opiniones de quienes han incluido en sus listas de objetados. Un listado negro, hijo de la intolerancia, de viejos adversarios y de quienes incluso gozaron alguna vez de sus afectos y hoy no concuerdan con sus discursos electorales.

Antaño se creía que esa extrema intolerancia provenía únicamente de la esfera oficial. Pero hoy la vemos con absoluto asombro, provenir no solo desde círculos adheridos al poder, sino de iglesias y litorales políticos, donde muchos hasta hace poco beneficiarios de la corrupción, que hoy denuncian con absoluto desprecio de sí mismo, se autoerigen profetas de la redención y de la moralidad pública. Cuán penoso es observar jóvenes líderes de potencial creciente, promesas del relevo generacional, rendidos a la tentación de doblegar la constancia de quienes, en el multicolor escenario de las ideas, ven que no todo es oscuro en el Gobierno y en la gente que lo integra, ni todo diáfano en la acera del frente.

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Las políticas de generación de pobreza

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, mejorando así de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a la que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se han alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos.

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De burguesía y pequeños burgueses

Nada produce más hilaridad que escuchar a los políticos e intelectuales dominicanos hablar de burguesía y pequeña burguesía en términos despectivos para referirse a los movimientos sociales o políticos que adversan o específicamente a sus contrarios, porque en el más literal de los sentidos la mayoría, si no todos, son también burgueses y pequeños burgueses.

De acuerdo con la definición universalmente aceptada, la burguesía es la clase social formada por los grupos más acaudalados. Es decir, por aquellas personas que poseen capital, propiedades y bienes materiales de los o con los cuales viven. De modo que nada tiene de malo ser un burgués o pertenecer a ese mundo al que tanto se denigra y al cual anhela penetrar aquellos que lo detractan. En la Edad Media, se llamaba burgueses a los habitantes de los burgos, que no eran más que los lugares que gozaban de privilegios laborales o se les permitía el disfrute de propiedades. De manera que las oportunidades derivadas de las formas conocidas entre nosotros de hacer política o vida intelectual, hace a sus actores burgueses o pequeños burgueses, en el más estricto sentido del concepto, y, al país un burgo sobreviviente del Antiguo Régimen.

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Una situación explosiva

La preocupación expresada en las redes y en los medios por ciudadanos de diferentes capas sociales, entre ellos dirigentes políticos y congresistas, ante la masiva y aparentemente creciente inmigración ilegal haitiana, no los hace xenófobos ni es indicio de una actitud colectiva racista. Aunque muchos han pretendido taparse los ojos ante esa realidad, lo cierto es que estamos ante un problema real y grave.

Esto no significa que menospreciemos la importancia que a través de los años esa inmigración, bajo cierto control, ha tenido para la economía y para el auge de ciertas actividades productivas. Ni tampoco que restemos trascendencia al valor que representa una buena y armoniosa relación comercial y diplomática sentada sobre bases claras y firmes, que eviten el contrabando y otras prácticas ilícitas muy propias entre países que comparten una frontera común. Pero la presencia cada vez mayor de ciudadanos haitianos sin los permisos legales de estadía o residencia, podría estar llegando a un nivel capaz de generar futuros conflictos en los que el país llevaría la peor parte en el campo internacional, como ya muchos suponemos.

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Ese “atento a mí” que tanto daña

Me excusan si el título no corresponde al significado del dicho que describe uno de los comportamientos más típicos del irrespeto a las leyes y las normas civilizadas que explican muchos de los vicios que se observan en el diario vivir, tanto en la esfera pública como en la privada. En la primera se alcanza a entender a través de esa expresión la inobservancia de las obligaciones que muchos, no todos, han asumido al ocupar cargos públicos. Llegan tarde e incurren en otras violaciones a sus deberes en el cargo “atento” a él. Y no actúan tampoco con la transparencia y honradez requeridas por la misma razón.

Los ciudadanos se pasan la luz roja “atento a mí” y no toman en cuenta la señal de una vía, no sólo cuando no ven a un policía, sino porque se creen con ese derecho, algo que por supuesto niegan a los demás. Ese “atento a mí” está presente en todos los ambientes a todas horas. Se porta el arma de fuego para el que se posee sólo un permiso de tenencia porque la expresión supone que hacerlo no implica violación alguna y la arraigada tradición de dejarlo así ha hecho de este abominable comportamiento una práctica usual y común del dominicano.

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Nuestro peculiar concepto de la corrupción

En febrero del 2012, el presidente de Alemania, Christian Wulff, debió renunciar al cargo luego de que la Fiscalía pidiera al Parlamento que le despojara de su inmunidad para investigarlo sobre un caso de soborno. Wulff había también incurrido años atrás en el error de no revelar las condiciones de un préstamo obtenido en condiciones graciosas, valiéndose probablemente de sus influencias políticas, mientras ejercía la presidencia de Baja Sajonia. Al verse obligado a renunciar, el dirigente alemán se exponía al riesgo de ir a la cárcel.

En 1988, mientras corría por la candidatura del Partido Demócrata, el actual presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se vio precisado a abandonar el esfuerzo mientras lideraba las encuestas para evitar un escándalo después que se publicara que había copiado parte de un discurso del líder liberal Neil Kinnock. Su decisión evitó que se le acusara de plagio y el caso se ventilara en la justicia. El asunto fue recreado en los medios años después cuando Biden fue escogido por Barack Obama como su vicepresidente.

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