Los dos caminos del 2024

El liderazgo mesiánico ha sido, a través de la historia, el enemigo mortal de la racionalidad y la vida democrática, porque su legado material cuesta años de lenta reconstrucción. El mesianismo en el ámbito de la política destruye la moral de la sociedad y corroe la fe de los pueblos en las instituciones democráticas, los sume en la esclavitud espiritual que implica la dependencia material de un estado benefactor.

Existe infinidad de documentos y experiencias que lo confirman. No está lejano entre nosotros, por ejemplo, el recuerdo de un presidente en ejercicio entregando con sus manos cajas con su imagen de redentor impresa en ellas, con magras raciones de alimentos para un par de días en ocasión de la Navidad o de la festividad de las madres, cegado por los aplausos y el ruido desgarrador de una multitud golpeándose ante sus ojos para obtenerlas. Nuestro pasado está lleno de líderes que se creían y de algunos que se creen todavía imprescindibles, depositarios de una misión redentora y de una presidencia que reclaman como si fueran de su propiedad absoluta.

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Ante una amenaza real

A menos que se emprenda una estricta política migratoria capaz de detener la constante oleada de inmigración ilegal haitiana y se implante una rígida política para reducirla al mínimo necesario, la nación correrá idéntica suerte a la que hoy estremece a Europa con la inmigración musulmana.

Los efectos del fenómeno cada día se sienten más en la sociedad dominicana. Las escuelas no son suficientes para acoger a todos los niños dominicanos en el sistema público, porque la escasez de aulas ha dejado fuera por segundo año consecutivo a cientos de miles. Las plazas que antes ellos ocupaban han sido reservadas para niños hijos de inmigrantes ilegales.

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Hablemos de minería sin prejuicios

La minería es un factor determinante en la actividad económica global y aun cuando una explotación irresponsable puede resultar fatal para el medio ambiente, también es innegable la existencia de tecnologías y prácticas garantes de su preservación, aplicadas en países con códigos ambientales muy estrictos y rigurosos. Naturalmente, decir esto en un país donde las tendencias de opinión responden no a necesidades reales es como tocar las puertas del Averno. Si en lugar de sentarnos a discutir los temas centrales optamos por la descalificación personal, seguiremos siendo cuanto somos, una nación pobre sin futuro.

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Los aspirantes a la presidencia

Los aspirantes a la presidencia ignoran lo que les espera si llegaran a conseguirla. Lidiarían con desafíos para los que no están probablemente preparados, incluso aquellos que ya ejercieron el cargo. Hoy existen normas más rígidas de control del manejo de los recursos públicos que en ningún otro momento de nuestro acontecer democrático. Los candidatos tal vez no estén del todo preparados para convivir con las redes, por más que hayan apurado algunos anticipos de cuanto ello implica o significa. Ya no es tan fácil conceder contratos de grado a grado y quienes evaden la restricción se exponen a verse ante la justicia. Esa es una realidad, a despecho de que la justicia no funcione y los controles se pasen por alto.

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El discurso de odio, según la ONU

La Cámara de Diputados tiene en agenda, según informes de prensa, un proyecto de ley para condenar lo que la Organización de las Naciones Unidas considera discurso de odio y discriminación contra las minorías, sean étnicas, religiosas o de cualquiera otra naturaleza.

En el pasado, se utilizó el tema para disfrazar solapados intentos para restringir la libertad de expresión, con el propósito de proteger complicidades políticas relacionadas con el mal uso de fondos públicos y otros crímenes contra la paz y el adecuado ambiente de actividad democrática. De manera que el Congreso debe propiciar vistas públicas y someter la iniciativa a una amplia discusión nacional.

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El porvenir impone desafíos

Los caminos están marcados por el fenómeno de la globalización que dicta las normas de las relaciones internacionales. Y en el caso nuestro, sólo disponemos de dos senderos. Tomamos el que señala el buen sentido y marcamos el paso con la corriente universal o por el contrario optamos por dejar las cosas como están, que es el tránsito más directo y seguro al aislamiento, con todas las consecuencias. Miramos de frente el futuro o rompemos toda posibilidad de cruzar la frontera que nos separa de él.

Dentro del marco conceptual de la Agenda Nacional de Desarrollo no debe resultar difícil de diseñar lo que quisiéramos ser en el futuro. Muchos de los retos están ya a nuestras puertas. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica, y el suscrito con la Unión Europea, ofrecen enormes posibilidades de crecimiento y prosperidad, para encarar el problema eléctrico, de cuyas solución depende el éxito de nuestros esfuerzos; la protección del ambiente y los recursos naturales, en proceso de degradación; el servicio de la deuda externa, que compromete buena parte de los ingresos nacionales y, entre otros, por supuesto, el control del gasto público, uno de los males ancestrales de la nación. Se trata de una tarea que el país no puede seguir postergando, so pena de perder toda posibilidad de conquistar el futuro.

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La nefasta tendencia a la unanimidad (y 2)

La unanimidad nunca ha sido buena para la democracia. La uniformidad de opinión conduce irremisiblemente a la tiranía y anula la capacidad de un país para enfrentar con imaginación sus problemas más perentorios.

Lo que resulta difícil de asimilar es la dificultad que se observa en el ambiente nacional para lograr acuerdos respecto a asuntos en que los partidos y la sociedad civil muestran coincidencias. Si es tan cuesta arriba alcanzar compromisos alrededor de un proyecto de ley de presupuesto, cuya duración es apenas de un año, es fácil comprender las causas por las cuales en este país no pueden diseñarse pautas para el futuro.

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La nefasta tendencia a la unanimidad (1 de 2)

Miguel Bakunin escribió: “La uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida”. En efecto, el consenso puede llegar a ser en términos extremos el último e irreversible trecho hacia la tiranía. La unanimidad es una modalidad de la sumisión. Inexplicablemente, esta sociedad, en el ámbito político, anda siempre a la búsqueda de consensos, que en el fondo no son más que arreglos dictados por las conveniencias, cuando el testimonio más firme y apreciado de nuestro muy peculiar experimento democrático ha sido la falta de unanimidad.

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