Una polémica interminable

Los periodistas no estamos totalmente exentos de la intolerancia que tantas veces erosiona el clima de respeto a las opiniones ajenas en un ambiente de ejercicio democrático. Así como la prensa tiene absoluto derecho a formarse los juicios más severos sobre los líderes nacionales, en la misma medida éstos pueden forjarse los suyos con respecto a los medios y, en particular, acerca de quienes escribimos en ellos, sin excepción.

Si la crítica, a veces amarga, dura y sistemática, contribuye a recordarles a ciertos dirigentes sus limitaciones y el alcance de la prensa en una sociedad democrática, de igual manera los periódicos y los periodistas deben aceptar que ella se le aplica en lo que a las deficiencias de los analistas y los medios se refiere. La libertad de expresión garantiza el derecho de los ciudadanos a emitir sus ideas libres de toda coacción o presión. Y esto, por supuesto, no excluye a la prensa ni a los políticos.

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La demencial ira del profeta

Occidente ha sido víctima en los últimos años de crueles muestras de intolerancia por parte de grupos fanáticos musulmanes que han culminado en actos lamentables de violencia. Algunas han sido provocadas por expresiones propias del ejercicio de la libertad y no están ligadas a conflictos de carácter bélico, como la guerra en Irak o el enfrentamiento de judíos y palestinos en el Medio Oriente.

Numerosos diarios de esta parte del mundo en su momento publicaron editoriales para expresar su horror ante la “fatwa”, sentencia de muerte, con que los imanes iraníes condenaron al escritor británico de origen hindú, Salman Rusdhie, por la publicación del libro “Los versos satánicos”, considerado como ofensivo al profeta Mahoma. La sentencia ordenaba a los musulmanes darle muerte donde quiera que el escritor se encontrara. La orden era también extensible a los editores responsables de la publicación. Rusdhie vivió escondido durante años y en un vano intento por aplacar el furor de los líderes musulmanes expresó su arrepentimiento por el libro, lo que no le sirvió de mucho.

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Por el rescate del valor del voto

La tranquilidad que supone el día o los anteriores de las elecciones, es ocasión propicia para meditar sobre el futuro de la nación, espantar los malos augurios y echar a un lado la práctica de tratar de ver o construir el futuro por lo que nos muestre el retrovisor del vehículo en que viajamos.

No se necesita ser émulo de Kissinger para decidir entre las ofertas electorales. Pero la tranquilidad y el sosiego espiritual ayudan muchas veces a encontrar luz en un túnel donde no alcanza a llegar la claridad solar. Alejarse del ruido y del insustancial discurso electorero puede muchas veces ayudar a encontrar la decisión correcta.

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Educación en valores democráticos

Practicamos una democracia para la cual no estamos del todo preparados. Eso la hace débil e inoperante y sobre todo indiferente a amplios segmentos de población. Bosch solía referirse al “atraso político” del pueblo y su afirmación posee todavía, a pesar del tiempo transcurrido y de su muerte, una vigencia extraordinaria. Pero parte de la responsabilidad por ese atraso corresponde a los partidos políticos, porque una de sus misiones es la de educar a la gente en materia cívica y política.

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Los guardianes del periodismo

El periodismo no es el mejor oficio del mundo, como tampoco en algunos casos el peor pagado. Muchos periodistas, algunos muy talentosos y otros mediocres, viven muy bien y hacen buenos negocios. La mayoría, de entre el resto, se dedicaría a otras tareas si tuviera oportunidad de hacerlo. Pero hay entre estos últimos una considerable cantidad que renunciaría a cualquier riqueza con tal de seguir tercamente en la oscuridad de un viejo escritorio en la redacción, donde muchos consumen su existencia e inteligencia, en la vana ilusión de que construyen el futuro.

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Hablemos de cosas inútiles

Marco Almazán, periodista mexicano, se hizo famoso en toda América Latina por una columna de humor que publicaban decenas de diarios, incluido elCaribe en los ya lejanos tiempos de Germán Ornes. Una de las más recordadas fue aquella en la que hiciera una extensa relación de “cosas inútiles”, entre las que citaba las elecciones en su país durante el reinado del PRI, la moneda búlgara fuera de Bulgaria, los genitales del Papa y los acuerdos entre políticos.

Si a tan ocurrente personaje, ayudado por una máquina del tiempo, le tocara residir en nuestro país podría con suma facilidad intentarse un ejercicio similar, con la segura y voluntaria asistencia mía, lo cual haría con mucho gusto, para aliviar un poco las tensiones y descansar por un rato de la vulgaridad y la incansable e insufrible actividad política.

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Chávez y Maduro, dos vergüenzas

Las locuras de Maduro han sepultado las excentricidades de Chávez, pero han dejado sobradas razones para avergonzar a los venezolanos. Cómo olvidar sus cotidianas exhibiciones de pirotecnia verbal, en los escenarios más insólitos, como aquella, por ejemplo, contra el presidente Bush, de labios de Chávez, quien aprovechando una visita a Nueva York con motivo de la Asamblea General de Naciones Unidas, bajo el manto de protección del clima de libertad que allí existe, llamó en ese foro mundial al presidente norteamericano “diablo”, “borracho”, “loco”, “asesino” y pidió al pueblo estadounidense que escogieran a otro presidente. ¿Qué hubiera sucedido si en Caracas, Bush, o cualquier funcionario de Estados Unidos, hubiese dicho algo parecido sobre el líder de la llamada revolución bolivariana o de su sucesor el señor Maduro, cuya emotividad supera por mucho la que mostrara Chávez ? Es fácil imaginarlo porque ni los venezolanos se arriesgarían a hacerlo.

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“…cuando regreso a casa”

Benjamín Disraelí, estadista inglés del siglo XIX, escribió: “Ningún gobierno puede mantenerse sólido mucho tiempo sin una oposición temible”. En el país esa sentencia no se cumple. El papel de los partidos se limita a la crítica, a veces por la crítica misma, y esa desnaturalización de su rol no ayuda al fortalecimiento de la democracia y les obnubila la visión de la realidad en la que se desenvuelven.

En política, aun en las naciones más ricas donde las necesidades de la población son menores, la realidad condiciona la acción de los gobiernos. En el caso nuestro esa realidad suele ser brutal, capaz de minimizar cualquier esfuerzo por encararla. Y la escasez de recursos hace más difícil el esfuerzo. De manera que la acción ejecutiva no alcanza por lo general a llenar todas las apremiantes demandas materiales de una sociedad que reclama la solución de problemas tan añejos como la república misma.

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