El culto que encierra a los presidentes

El culto de la personalidad divorcia a los presidentes de la realidad. Las lisonjas les cierran los oídos a las voces del pueblo y de sus organizaciones representativas. Y terminan, por supuesto, llenando de fantasmas y de miedo los espacios a su alrededor.

El susurro permanente del anillo palaciego y el ambiente encantador y frívolo de las cortes de fines de semana, que se entregan como antídotos al estrés presidencial, consiguen a la larga el propósito de encerrarlo en jaulas de oro donde sólo llegan los ecos de esas voces. El resultado es un hombre temeroso de cuanto lo rodea. Reacio a escuchar opiniones críticas. Sensible a los juicios de una prensa independiente.

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Los amigos del Presidente

Un sistema político tan débil como el nuestro crea los factores que preservan su permisividad y abren enormes posibilidades a aquellos prestos a acudir al primer llamado de oportunidad. Son los contratistas y modernizadores de siempre. Los hadas madrinas que pretenden modificar el país con sus varas mágicas, llenas de falsas ilusiones.

Atados a realidades que los abruman, e imbuidos de sus propias ambiciones de fama y fortuna, los presidentes ceden con facilidad al embrujo de estos prestidigitadores. Pocos presidentes se han resistido al encanto de la adulación que estos personajes traen en sus portafolios llenos de planes y proyectos y vencidos pagarés de campaña electoral.

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La raíz de nuestros males

La causa principal de nuestros males y del pobre desarrollo democrático nacional la constituye la peculiar concepción de poder que tenemos los dominicanos. Entre nosotros existe la convicción de que el ejercicio del poder político otorga privilegios especiales. Esa errada concepción se ha transferido de gobierno a gobierno a través de nuestra historia republicana. Y nos ha impedido crecer al imponer viciosas prácticas oficiales semejantes en la práctica cotidiana más a una dictadura que a una democracia real.

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Los vicios del modelo dominicano

No se necesita ser émulo de Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía, para saber que las economías centralizadas generan estrechez y pobreza; constriñen el desarrollo y degeneran en el planeamiento de la vida ciudadana. Basta con la experiencia. Pero también es cierto que una economía de mercado sin restricción alguna impide la justicia social. En la práctica ambas se asemejan. De manera que requerimos de un modelo intermedio para garantizar el principio de la distribución del poder y propiciar oportunidades más equitativas dentro de un sistema de libre concurrencia.

En el modelo dominicano, la pronunciada presencia del Gobierno en la actividad económica genera una peligrosa asociación de funcionarios y empresarios corruptos con los resultados que todos aquí conocemos.

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La debilidad institucional dominicana

Nuestra primera prioridad en materia institucional debería orientarse al fortalecimiento de la posición de los ciudadanos frente al poder estatal. Tenemos otras muchas prioridades, es cierto, pero la experiencia política de las últimas décadas indica que nos hemos empantanado en el esfuerzo por consolidar las instituciones y con ello la democracia, cuya práctica entre nosotros sigue siendo débil y excluyente. Así, con el correr del tiempo, hemos destruido la capacidad de los ciudadanos para controlar de manera eficaz al Estado y a sus organismos represivos.

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¿Tiene la democracia un precio?

Cuando hablamos del precio de la democracia, nada me parece más horripilante que ese lugar común al que apelan diariamente los dirigentes del país para justificar los vicios de la política vernácula. Eso de “pagar el precio de la dominicana” no es más que una vulgar falacia, un intento de legitimar cuantas barbaridades ha padecido la nación para mantener los privilegios de una clase que controla los resortes de la vida política, como si se tratara de derechos nobiliarios, adquiridos por herencia, olvidándose de que al igual que la realeza europea, que se casa entre familia, los genes de la dirigencia política nacional han dejado ver desde hace tiempo sus estragos.

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El nefasto culto a la personalidad

Si me preguntaran qué medidas fuera del ámbito económico esperaría de una administración empeñada en arreglar las cosas, reclamaría un decreto que prohibiera “el elogio a la figura presidencial”. Sería un primer paso a la eliminación del culto de la personalidad, tan dañino en nuestra historia, y que se ha incrementado reviviendo en la memoria de generaciones las terribles consecuencias de esa odiosa práctica en la vida nacional.

Esa medida conllevaría necesariamente otras prohibiciones, como las ridículas normas protocolares, sepultadas en la administración anterior, de trasladar sin importar distancia a todos los actos públicos la silla decorada con el escudo nacional donde el Presidente se sienta, para hacerlo ver más alto que los demás. Se llevaría consigo los vacíos y rigurosos discursos que en toda actividad oficial deben pronunciarse para agradecerle su honrosa y magnánima presencia, con la bendición obligada del obispo o el cura de la parroquia, según el caso. Enviaría a Bienes Nacionales como una reliquia la alfombra roja que se le coloca para resaltar sus pisadas, y oficializaría la supuesta prohibición del retrato presidencial en cada oficina pública.

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Un extraño en el paraíso

La distorsión más dañina al periodismo ha sido la creencia de que un medio está obligado a publicar o difundir todo lo que recibe, escriben o plantean sus reporteros y comentaristas. Los promotores de ese periodismo de “vanguardia” y de “compromiso con la verdad” entienden que la negativa del medio en que laboran a aceptar cuanto quiera decirse o escribirse en sus espacios y páginas constituye una violación a la libertad de prensa y una limitación del derecho a la libre expresión. La pretensión carece de base. En una sociedad democrática y plural como la nuestra imponerla lesiona el derecho de propiedad, tan legítimo como las demás libertades básicas.

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