La realidad dominicana

Con el perdón de los actores en el marco de las bizantinas discusiones relacionadas con los ingresos en los empleos formales e informales, me permito algunas reflexiones. Las conquistas, débiles todavía, en el marco político tras varias décadas de ensayo democrático superan a las obtenidas en el plano de la distribución del ingreso. Y esto no debe ser motivo de orgullo porque estamos muy lejos de haber alcanzado un nivel de institucionalidad que garantice un total respeto de los derechos políticos de los ciudadanos.

Probablemente la caída de los mercados internacionales de los productos básicos de exportación y otros factores ajenos a la voluntad nacional, como el alza del petróleo, hayan entorpecido el avance hacia un equilibrio más o menos aceptable en la escala social. Pero tal vez por eso mismo se impone un esfuerzo que haga posible el ideal de reducir las enormes e inquietantes brechas sociales existentes que no hacen de nuestro país una sociedad justa desde el punto de vista de los valores cristianos que inspiraron la creación de la República.

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El exquisito mundo de Eduardo Villanueva

En la exasperante espera del día de las elecciones, revisando archivos recuperé una columna sobre “Los puritanos” de Bellini, que motivó un generoso comentario de Eduardo Villanueva, uno de los más cultos músicos que jamás haya tratado y cuya labor en la promoción del género musical clásico ha contribuido a mejorar el gusto por la buena música y a entenderla.

Eduardo relacionó mi breve escrito con los 15 años de la muerte de Alfredo Kraus, el legendario intérprete de esa ópera, que muy pocos tenores se arriesgan todavía a incluir en sus repertorios, y cuya partitura llegó a calificar de “inhumana”. Con su habitual agudeza, me dice que “Los puritanos” era un Monte Everest que después de Kraus “nadie se atrevería a remontar con éxito”, pero que ahora, gracias a dos tenores, el español Celso Albelo y el afroamericano Lawrence Brownlee, “se ha vuelto un llano”.

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La deuda haitiana con Haití

Los afanes nacionales por propiciar la ayuda internacional para socorrer a Haití, son absolutamente comprensibles. Solo que se necesitará mucho más allá de la caridad internacional, para estabilizar a ese país y enderezarlo por el camino de la solución de sus problemas ancestrales.

Además, es obvio que por más ayuda que reciba, no será suficiente para sanear su economía y permitirle encaminarse hacia la lenta solución de sus graves dificultades sociales y económicas, generadoras de una inestabilidad política que compromete no solo su seguridad sino la nuestra y, por ende, la paz regional.

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El triunfo impone rejuvenecer el “cambio”

Si alguien me preguntara sobre la prioridad del presidente Luis Abinader tras su amplia y contundente victoria electoral, no vacilaría en responder: rejuvenecer el Gobierno. La razón es simple. Sin importar que la balanza en términos de popularidad se incline a su favor, refrescar la cara de un gobierno próximo a iniciar su quinto año ayudaría a despejar cualquier duda sobre el deseo de transformación y cambio prometido al país.

Para muchos de sus seguidores y colaboradores, mi percepción tendría el carácter de una crítica o censura. Pero está simplemente cimentada en la experiencia observada durante los largos años de mandatos de Joaquín Balaguer. Durante ese largo periodo, el líder reformista solía encarar las dificultades nacidas de escándalos o negligencias oficiales, rotando o cambiando la composición en aquellas áreas objetos de la ira o el descontento público.

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El triunfo de la reelección

El contundente triunfo de la reelección en los comicios del domingo le da al presidente Luis Abinader el espacio político suficiente para llevar a cabo sus promesas electorales sin escollo alguno.

Su control y dominio absoluto del Congreso le facilitará la tarea de impulsar cuantas reformas desee, incluso una fiscal, por tiempo postergada, de alcance y propósitos desconocidos, cuyo objetivo y dimensión se desconocen. En ese esfuerzo, no se anticipan contratiempos a excepción de aquellos generados en los sectores que pudieran resultar los más afectados por la iniciativa.

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La infuncionalidad de las instituciones

En nuestro país las instituciones no funcionan y sólo existe un poder real, el Ejecutivo, al cual he repetido en este espacio hasta el cansancio se subordinan los demás, por innumerables razones, el miedo entre ellas.

Pero las decisiones personales pueden reemplazar esa ausencia en momentos de crisis. Tras la renuncia forzosa de Charles de Gaulle, en enero de 1946, meses después de finalizada la segunda guerra mundial, la prensa francesa ironizó la autoridad de quienes inmediatamente le sucedieron señalando que se trataba de hombres “de buena voluntad, no de voluntad”. En el caso de aquellos que dirigen muchas de las más importantes instituciones nacionales la frase tiene una aplicación entre nosotros tan extraordinaria como innegable.

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La intolerancia y el debate de las ideas

Es cierto que la prensa ha sido víctima de la intolerancia de quienes no creen en ella o la ven como un obstáculo a sus ambiciones desmedidas. Pero no es menos cierto que muchos ciudadanos, en la política, la farándula, el deporte y el Gobierno, son con la misma frecuencia víctimas de los prejuicios y de la incompetencia de quienes han encontrado en el ejercicio del periodismo un medio para exhibir sus mediocridades intelectuales.

A menos que esté preparada para aceptar los más severos juicios sobre su papel, la prensa nacional, y en particular los periodistas, no estaremos en condiciones de contribuir eficazmente a la creación de un clima libre y sin prejuicios para el debate de las ideas, lo cual es fundamental para la democracia. Los ejemplos diarios de intolerancia periodística son tantos como los que la prensa critica.

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Variaciones sobre un tema

En torno al tema del trato entre periodistas y políticos, tratado en la columna de ayer, recuerdo las protestas y quejas que abrumaron en agosto de 1985 al entonces síndico del Distrito Nacional, José Francisco Peña Gómez, cuando, en ejercicio pleno de sus derechos, el político cuestionó la capacidad de articulistas y comentaristas que habían escrito y hablado en forma crítica sobre él y sus posibilidades electorales en aquella época dentro del PRD.

Peña Gómez los llamó “disparatosos”. La reacción a ese calificativo fue desproporcionada y no guardó el debido respeto a las opiniones de un líder sobre la prensa.

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