La importancia de la crítica

En más de una oportunidad he insistido sobre el peligro de aislamiento en que caen muchos gobiernos cuando se obstinan en ver en la crítica una mala intención o un deseo de entorpecer  iniciativas oficiales.

Si bien es cierto que algunas veces ese sentimiento domina los enjuiciamientos públicos a las acciones del gobierno, no siempre esa es la intención que prima. Con más frecuencia de la que se admite, las observaciones a determinadas conductas o prácticas gubernamentales o de funcionarios, están inspiradas en sanos propósitos.

La sabiduría de un gobierno consiste en poder apreciar la diferencia. La falta de esa capacidad impide aprovechar oportunidades excepcionales de corregir posturas y políticas inadecuadas o ganarse nuevos afectos.

Por lo regular, el rechazo  instintivo a la crítica no alcanza a ponderar su alcance ni la finalidad que esta persigue. Las objeciones a una política o una medida gubernamental tratan en ocasiones de prevenir a un gobierno o a una  autoridad las derivaciones negativas de su aplicación. Leer más de esta entrada

La Iglesia de siempre

El respaldo de la Iglesia al “paquetazo” tributario, bajo el pretexto de que era la única opción para resolver la crisis dejada por la administración del propio partido gobernante, ofende y hiere mis sentimientos como católico.

La brutal oleada impositiva contenida en esta reforma, aprobada y promulgada al vapor por el Congreso y el Poder Ejecutivo, golpearán salvajemente a las clases media y pobre de la nación.

De manera que si a la Iglesia realmente le preocupara el bienestar de su feligresía y la del resto de los dominicanos, para ser coherente con su discurso debió primero entregar el sacrificio que ahora le pide a la población, renunciando a sus muchos privilegios, heredados la mayoría de ellos de un anacrónico Concordato, que la sitúa en posición de privilegio, como una confesión oficial, en un país con una Constitución que supuestamente garantiza la igualdad de credos y la libertad religiosa.

Lo mismo puede decirse de los legisladores que tan alegremente sancionaron el proyecto, con el cual se obliga a los contribuyentes a pagar el precio del despilfarro de las administraciones del presidente Leonel Fernández, sin que su sucesor, Danilo Medina, haya movido un dedo para promover una salida justa, reduciendo el excesivo e improductivo gasto público que nos condujo al laberinto en que nos encontramos. Como representantes que dicen ser del pueblo dominicano, su deber fue renunciar concomitantemente a los ilegales privilegios auto-asignados, como son las exoneraciones de vehículos, los “barrilitos”, “cofrecitos”, y bonos navideños y de días de la madres, que suponen miles de millones de pesos al erario.

Con respecto a la posición de la Iglesia, extraña su decisión de alejarse  con su silencio del sentimiento de su feligresía que demanda en calles y plazas una justa sanción para aquellos responsables de haber hecho uso desmedido y sin control del patrimonio público, condenando al país a la estrechez para permitir el derroche de un clan político corrupto e insensible.

Un pedazo de papel

Dos frases  pronunciadas por Balaguer, citadas por sus adversarios fuera de contexto, le han perseguido incluso después de su muerte.

Durante un largo período de precios deprimidos del mercado azucarero, el entonces Presidente de la República intentaba obtener un aumento de la cuota en el mercado norteamericano, donde priman  precios preferenciales. La situación internacional no le era nada favorable al país y el gobierno dominicano tenía entonces problemas de comunicación con la Casa Blanca debido al deterioro del clima de derechos humanos prevaleciente en aquella época.

En un discurso ante la Asamblea Nacional, Balaguer apeló a la comprensión de la administración del presidente Nixon, señalando que si su presidencia constituía un obstáculo al logro de una mayor cuota azucarera él estaría dispuesto a asumir un sacrificio y renunciar al cargo. Leer más de esta entrada

¿Por qué yo?

¿Por qué yo, que pago mis impuestos y respeto las demás leyes de la nación, debo asumir parte del costo del despilfarro y el uso irresponsable de los recursos públicos por parte de un clan político que gobierna y legisla en provecho propio?

¿Por qué a los ciudadanos pacíficos, que apenas recibimos una pequeña parte de los servicios, muy deficientes por cierto, que el gobierno está obligado a ofrecer a los contribuyentes, se les endosa la enorme carga económica dejada por una administración que no respetó el presupuesto e hizo uso de él para impulsar sus ambiciones, fomentando el parasitismo en la sociedad, haciéndola cada día más pobre y dependiente de tan odiosas e improductivas prácticas clientelares?

¿Por qué no se les obliga a los responsables de este histórico déficit fiscal responder por el daño causado a la república? Leer más de esta entrada

Más reformas en enero

El locuaz ministro de Economía, Temístocles Montás, ha despolvado otro gran secreto. Nos ha dicho que a comienzos del año  próximo, es decir dentro de pocos meses, serán necesarias otras reformas por las negociaciones con el FMI. Una de ellas se relaciona con el sector eléctrico para equiparar los ingresos del sector con sus gastos, lo que en buen dominicano significa un aumento de la factura del servicio de energía a los hogares como a las empresas. Las otras, de carácter económico, se refieren a una nueva ley de Responsabilidad Fiscal para, según él, garantizar las finanzas públicas, lo que inevitablemente también traerá más cargas impositivas.

El ministro justifica la insaciable gula fiscal del oficialismo en la ilusa creencia de que esas medidas traerán prosperidad al pueblo dominicano y mejorarán la tasa de riesgo de la deuda externa, como si sus compatriotas no tuvieran capacidad para sacar sus propias conclusiones o carecieran de noción sobre los duros efectos que las reformas tributarias anteriores, seis en dos mandatos constitucionales, han causado en la economía.

Como si no fueran capaces de entender que cada uno de esos “paquetazos” tributarios tuvo el propósito, como sucede con el actual a punto de convertirse en ley, de llenar los inmensos agujeros fiscales que provocaron el gasto desorbitado, el oropel de la vida oficial, el boato que rodeó las actividades en el ámbito gubernamental, conduciéndonos así al borde del abismo.

Tal vez todavía no se ha llegado con los impuestos al límite de la paciencia pública y por tanto no se puede predecir con precisión qué podría suceder. Pero en mi columna anterior decía que en dos años nos enfrentaremos a otra reforma tributaria porque la actual no les será suficiente para mantener lo que siempre han hecho. Por lo visto no será necesario esperar tanto. El ministro de Economía ya nos dijo que a partir de enero la tendremos.

En dos años tendremos otra.

La reforma tributaria, la sexta en ocho años, no resolverá ningún problema de la nación ni saneará las finanzas públicas. Sus efectos sobre las familias y el aparato productivo nos harán más pobres para enriquecer al gobierno y permitirle mantenerlos niveles de gastos que nos han colocado en la cima de una pendiente cuya inclinación la hace muy peligrosa.

De todas las cargas que se impondrán a la población, la que me parece más inmoral es el impuesto adicional de dos pesos por galón al combustible para dárselo a los sindicatos del transporte que ya poseen otros privilegios como un subsidio al gasoil, sin ninguna garantía de que el precio del transporte sea reducido o congelado. Otro plan Renove, porque el uso, según la versión oficial, a darse a esos recursos extraídos de los presupuestos familiares y de las empresas sería el de cambiar el parque vehicular privado del transporte público.

Más de mil millones de pesos al año, entregados graciosamente a un sector sindical empresarial para silenciarlo. Una claudicación del gobierno a las presiones de quienes están en condiciones de paralizar la economía, dejando al país sin transporte. Un tipo de presión que todos sabemos, tanto como el gobierno, que no están en condiciones de hacer sus colegas de la industria y el comercio, lo cual quedó en evidencia en las gestiones ante la autoridad, cuando los industriales apenas pudieron verse con dos ministros y los sindicalistas del transporte con el propio presidente.

El arte de gobernar llevado a la máxima expresión de la conveniencia partidaria, presenciado ya con estupor con la nueva amnistía fiscal, premiadora de la evasión mientras se imponen nuevos tributos para penalizar a los cumplidores de la ley. Se intenta liberar así de toda responsabilidad penal y moral a quienes llevaron al país a esta encrucijada. En dos años tendremos otra reforma tributaria igual o más severa.

Tin Marín de do Pingüe…

La reforma fiscal será aprobada. A más tardar con toda seguridad la semana próxima. Y los empresarios la aceptarán porque el gobierno la “flexibilizará”, como ha dicho el presidente del Senado, para hacerla más potable a sus intereses. Naturalmente, los efectos serán los mismos, más desempleo e inflación, sin que pueda predecirse lo que pueda pasar después.

Al final, no serán los empleadores quienes realmente paguen las consecuencias.  Como todo en la vida también habrán ganadores y habrá que felicitar a los diseñadores del plan porque los objetivos básicos de la propuesta serán alcanzados: darle al gobierno más recursos para seguir en lo mismo y librar de toda responsabilidad a los causantes del mayor déficit fiscal  y desfalco del tesoro público en la historia dominicana. Vendrán los abrazos y las felicitaciones, con los consabidos  comunicados resaltando la buena voluntad entre las partes. Leer más de esta entrada

De triste tonalidad

Por las redes sociales circula una enjundiosa crítica de los esfuerzos del gobierno para imponer nuevos impuestos a la población, sin tocar el excesivo gasto público, que su autor, Miguel Angel Severino Rodríguez, tituló con acierto “Reforma fiscal en Re menor”.

Este original encabezado me hizo mucha gracia. Y aunque en el texto no se hace ninguna otra mención de la nota musical, queda desde un principio en claro el significado que quiso dársele al escrito.

Hasta mediados del siglo XIX, se consideraba  que toda composición en  Re menor, por su tonalidad oscura, contenía un sentimiento de tristeza, pero muchas de las grandes obras clásicas, como por ejemplo la Novena Sinfonía de Beethoven, así como el Réquiem y otras composiciones  de Mozart, y algunas de Bach, están escritas en la escala menor. Otras muchas escritas con posterioridad, especialmente en el llamado período clásico, mezclan las dos escalas, iniciando con la menor y terminando en la mayor, que imprime un sentimiento muy distinto, sin la tonalidad oscura de la primera.

Es obvio que el experto en el tema tributario, al emplear la expresión musical en escala menor, nos muestra desde un principio, en el mismo título, el sentimiento de tristeza que la reforma fiscal propuesta por el gobierno, deja en una población temerosa de sus graves efectos en la economía nacional y en sus condiciones de vida.

Y como se  teme que la  reforma esté a punto de ser aprobada por un Congreso más comprometido con las directrices del partidarismo  que con los intereses de las comunidades que representan, la profunda sensación de tristeza que embarga se asemeja a la más oscura de las composiciones de tonalidades menores.

No queda claro todavía es  si la  triste tonalidad de la escala menor de Re  que lleva implícita la reforma se aplicará al final de este drama al pueblo que la sufrirá o a  los responsables de promoverla.