Una forma de matar el tiempo

Hace unos años asistí a una reunión de intelectuales preocupados por la situación nacional, según decía la invitación. Pensé que hablaríamos de energía, el déficit fiscal, el gasto público, el clima de inversión, la elección de jueces y la reforma constitucional, entre otros. Todo me parecía interesante. Resultó que la preocupación allí tenía que ver más con lo que alguien llamó crisis de identidad nacional y las raíces del pueblo dominicano.

Cada uno de los doce participantes se disparó un discurso sobre el exterminio de la población indígena y el saqueo de las riquezas de nuestros aborígenes. Todos, sin excepción, plantearon la necesidad de profundizar la búsqueda de las causas de nuestra pobreza en ese acontecimiento histórico. Me dije toda clase de cosas para mis adentros e identifiqué de inmediato la puerta de salida. Como no domino el tema me atreví a sugerir: “Dejemos esta discusión a las universidades”. La discusión era oportuna, se alegó, para descubrir nuestros orígenes y definir los rasgos de nuestra herencia cultural. “Si todos los indígenas fueron exterminados ya no queda herencia”, pensé. “¿Para qué buscar lo que no existe?”. Leer más de esta entrada

Un compañero en la soledad

En la soledad de sus últimos años mi madre encontró un compañero con quien mataba su tedio en interminables soliloquios. Era un viejo cuadro de Jesús colgado encima de un retrato de mi padre que sus manos arrugadas movían a cada momento de un lugar a otro, en un espacio físico de apenas unas cuantas pulgadas. La imagen del Cristo tenía una sonrisa débil de tristeza, como si se empeñara en estar a tono con la tranquila soledad que sufría su acongojada propietaria. Era un recuerdo de bodas, que Esther, mi esposa, salvó de la destrucción años atrás enviándolo a enmarcar a tiempo.

Cuando le hablaba a la imagen del Señor no estaba del todo claro a quién se dirigía mi madre, si a Él o a su ido compañero de toda la vida que había acudido a la llamada de la muerte quizás cuando más ella lo necesitaba. De todos los retratos de papá ese era su favorito. El que despertaba sus mejores recuerdos, al través de su disimulada sonrisa de varón apuesto y tímido, con su despejada frente y su regia nariz, que sólo heredaron dos de mis hermanos. Leer más de esta entrada

El nombre de los hijos

Ni en las peores dictaduras se ha limitado el derecho de los padres a ponerles los nombres a sus hijos. La de Trujillo figura entre las más crueles, horrendas y corruptas en la historia continental. El “jefe” limitó el derecho de tránsito, prohibió la libertad sindical y política, encerró, exilió y asesinó a sus opositores, pero nunca se le ocurrió, ni en sus días finales de delirio, impedirles a los padres elegir los nombres de sus vástagos.

A comienzos de 2009, la Junta Central Electoral elaboró un proyecto para regular esa potestad de padres y madres, y asignársela a los responsables de las oficialías civiles. La infeliz iniciativa carecía de toda lógica, pues sería suprema estupidez darle facultad a un oficial civil para decidir qué nombre deben llevar los hijos de otros.

En la ocasión se dijo que la idea era evitar que se les dieran nombres de pila a los niños usados también como apellidos, o lo que la JCE entendía entonces vulgares o fonéticamente extraños. Pero el derecho de los padres sobre los nombres de sus hijos es innegociable y no puede ser usurpado por el Estado o por un burócrata. Mi nombre de pila, por ejemplo, es también un apellido de una vasta y conocida familia de ascendencia árabe y algunos de sus miembros llevan los dos. Leer más de esta entrada

Lectura sabatina

Admito mi carencia de respuesta para algunas de las más importantes preguntas que muchas veces me formulo, escribí hace ya algún tiempo. Por ejemplo, ¿por qué escribo una columna diaria? ¿Por dinero? No lo creo. Lo que me pagan no me resuelve ningún problema. ¿Entonces, por qué lo hago? ¿Acaso es la búsqueda de fama o reconocimiento? Descartado. Detesto la primera y dudo que se obtenga lo segundo por esa vía. ¿Por vanidad? Aún no sufro de ese mal. ¿Para probarme a mí mismo? No necesito hacerlo. Me basta con mi familia. ¿Para estar en el centro de la energía que mueve a esta sociedad? ¡Imposible, daría cualquier cosa para estar lejos de ella!

Pero debe haber una razón, sin duda. Tal vez tan poderosa que sea incapaz de comprenderla. Pasa muy a menudo en un mundo atormentado, donde las personas viven angustiadas por el duro quehacer diario, asfixiadas muchas de ellas en una abundancia extrema y a veces aniquiladora del espíritu, y otras, en número mayor, atrapadas en una terrible escasez desconsoladora. Leer más de esta entrada

El desafío de escribir

En las escuelas de periodismo se insiste en enseñarles a los estudiantes a evadir el uso repetido del pronombre relativo “que”, a pesar de su vastísima aplicación en la lengua castellana. Es cierto el infatigable abuso de ese vocablo, especialmente entre aquellos carentes de un amplio léxico y su empleo desmesurado en las crónicas diarias. Pero la correcta comprensión del vocablo es imprescindible a una buena redacción, sea periodística o de otra naturaleza.

Pocas palabras en nuestra lengua tienen un significado tan extenso. No sería pues estéril dedicar horas de enseñanza en las aulas a su estudio, cuya complejidad queda de resalto en las veinticinco aplicaciones, con sus numerosas variaciones, dadas en los diccionarios de la Real Academia a este “que” tan menospreciado, sin el cual no se podría escribir ni hablar correctamente.

Escuchando a unos estudiantes universitarios hablar del tema se me ocurrió UNA VEZ escribir dos columnas sin ese “que” y aunque no me resultó difícil lograrlo me pareció después que el esfuerzo no tenía nada de loable. Leer más de esta entrada

La Declaración Balfour

El 2 de noviembre de 1917, el ministro del Exterior británico, Arthur James Balfour, dirigió una comunicación al barón Lionel Walter Rothschild, líder de la comunidad judía en Londres, para anunciar el apoyo del Reino Unido al establecimiento de un “hogar nacional” para su pueblo en la región de Palestina, tierra de sus antepasados. El breve texto sirvió de base veinte años después al nacimiento del moderno y próspero Israel. El documento de tres párrafos es conocido como la Declaración Balfour.

La decisión británica reivindicó el derecho de los judíos a volver a la tierra de la que habían sido expulsados por los romanos dos mil años antes, tras la destrucción del Segundo templo, cuyo muro occidental, a los pies del Monte Moria, es venerado como el lugar más sagrado del judaísmo. Su salida forzosa de Palestina dio comienzo a lo que se llamó la Dispersión del pueblo judío que duró veinte siglos.

Durante ese largo periodo, los judíos fueron víctimas de constante persecución. Se les prohibió ciertas actividades económicas y se les obligó a vivir confinados en pequeñas comunidades conocidas como ghettos (guetos). Con frecuencia esas comunidades eran atacadas. Esos pogromos antijudíos crecieron en las dos últimas décadas del siglo XIX, alentando la creación de organizaciones judías para enfrentarlas. Leer más de esta entrada

La marcha verde

Una señora subió a la tarima de una protesta de la Marcha Verde para decir que el presidente Danilo Medina es un hombre bueno y no la dejaron terminar. Un diario digital reseñó que la golpearon con el palo de una bandera. Otro se refirió al hecho como una “provocación”. Igual dijeron comentaristas de la radio y la televisión.

El caso sugiere la pregunta: ¿Es justo que quienes ejercen el derecho de protestar contra lo que entienden hace mal el gobierno y acusar al presidente y sus colaboradores principales de corruptos y depredadores de las arcas nacionales, como ocurre en cada protesta, nieguen a su vez el derecho a quienes piensen diferente a expresar sus sentimientos?

Lo de la señora no es irrelevante. Una de las consignas de estas marchas es la de la tolerancia y la transparencia. Al impedírsele hablar hubo allí evidentemente un acto de inaceptable intolerancia, por un grupo que se define a sí mismo como paladín de los derechos humanos y las libertades civiles y de cuanto todo ello significa. Y acerca de la exigencia de transparencia, sería una muestra apreciable de ella si se informara quién o quiénes las financian, es decir, quién paga por los letreros, las tarimas, el alquiler de autobuses y los refrigerios que, según han dicho reportes de prensa, se distribuyen en las marchas. Leer más de esta entrada

¿Qué más quieren estos legisladores?

Un vehículo de lujo todo terreno (yipeta, como aquí se le conoce) cuesta en las casas concesionarias alrededor de U$ 72,000, pagando todos los impuestos. Exonerado, privilegio exclusivo de senadores y diputados, se obtiene por aproximadamente la mitad de esa suma. En las ferias de autos que auspician los bancos principales se adquieren a plazo pagando mensualidades y con un pago inicial de entre un 15 y un 20% del valor del vehículo. ¿Para qué entonces necesitan nuestros honorables legisladores una exoneración abierta si la generosidad del gobierno les garantiza la posibilidad de importar, libre de impuestos, un vehículo de hasta US$ 100 mil, con lo que podrían adquirir el más lujoso de los modelos más caros del mundo?

¿Necesitan nuestros legisladores Mercedes Benz fabricados a su gusto, Ferrari, Rolls Royce, Bently, para moverse en las calles de la ciudad o ir a sus provincias los fines de semana? ¿No dice nuestra Constitución, por ellos aprobada, que legislar en beneficio propio es un delito que riñe con el espíritu y la letra de esa carta? Leer más de esta entrada