La guerra fría en el léxico de la izquierda

A despecho de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos que le siguieron en Europa y el resto del mundo, el léxico de la guerra fría domina todavía el debate en el ámbito latinoamericano. Parecería que lo ocurrido cuando el témpano ideológico que se derritió con la desaparición de la Unión Soviética no ha sido entendido como tampoco las transformaciones capitalistas que han hecho de China la segunda potencia económica.

Los controles constriñen la vida de los ciudadanos en países como Venezuela y Cuba y el dominio de la economía por sus gobiernos las achican provocando escasez y alzas de precio brutales que hacen la vida insufrible. La experiencia china no les ha servido de nada. Cuando Deng reconoció que una teoría lanzada a mediados del siglo anterior no tenía respuestas a los problemas de la China de finales del siglo XX, el entierro del marxismo permitió a esa nación de más de mil millones de habitantes dar el salto cualitativo que Mao intentó sin éxito en medio de un charco de sangre haciendo más pobre a China. Hay más millonarios hoy en el país asiático que en cualquiera del Primer Mundo, incluyendo probablemente a Estados Unidos.

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Más ahora por la pandemia

Si alguna prioridad tenemos, más ahora con la crisis sanitaria, es la de proponernos metas como nación y definir lo que queremos ser y cómo deseamos vernos dentro de quince, veinte y cincuenta años. Obviamente, tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza.

Si permitimos que nuestras diferencias nos sigan distanciando en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. En sociedades democráticas las disparidades de criterio, enriquecen el debate y ayudan a encontrar senderos seguros hacia el desarrollo y el fortalecimiento institucional.

La imperiosa necesidad de encontrar vías para enfrentar los desafíos del porvenir de manera alguna significa una renuncia a esas diferencias. Una cosa es la diversidad de opinión, que es la esencia misma de una sana práctica democrática, a la rencilla que ha caracterizado buena parte del juego político. No debemos perder la confianza en nuestra fortaleza para salir airosos de las situaciones más difíciles.

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La elección de los jueces

¿Qué se espera de los jueces de las llamadas Altas Cortes y qué condiciones deben tener los aspirantes a ocupar asientos en el Tribunal Constitucional y en la Suprema Corte de Justicia? ¿Bastan solo sus méritos académicos y la experiencia acumulada en el ejercicio del Derecho, la judicatura y la academia? ¿De qué valdría el más sabio de los jueces, el más experto en el conocimiento de la Constitución y las leyes, si no puede enseñar las mismas credenciales en su vida privada y su comportamiento social riñe con las normas aceptadas como válidas por una sociedad a la que juzgará con sus sentencias?

Son preguntas fundamentales si realmente queremos o abogamos por tribunales que garanticen una buena administración de justicia, porque es imposible separar la vida privada e íntima de un juez o de cualquier otro servidor público de sus vicios o prácticas personales. Si lo académico prima sobre lo demás, si es suficiente con mostrar larga experiencia y habilidad para responder preguntas sobre el Derecho, sería innecesario las sesiones con aspirantes en el Consejo Nacional de la Magistratura. Tiempo y molestias se ahorrarían entonces el Presidente de la República y los demás miembros del consejo en vanos interrogatorios. Y un examen riguroso de las hojas de vida de los aspirantes bastaría para escoger a los jueces.

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La sabia advertencia de Ornes

Germán Ornes decía que el temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminaría dañando a la prensa. La premisa ha resultado profética.

Con el Internet y la facilidad que ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

Cualquiera puede decir cuánto se le antoje en las redes sin consecuencia alguna. Y cuando se hace viral, es decir cuando se extiende y llega a millones de personas, hay un daño directo irreparable y consecuencias colaterales de iguales consecuencias. Una alta proporción de las denuncias publicadas a diario carecen de sustentación. Y ya pocos respetan la norma clásica del buen periodismo de confirmar en cuantas fuentes sean necesarias la veracidad de las denuncias y de darle la oportunidad al agraviado de defenderse antes de su publicación. La práctica es hacer esto último cuando el daño ya está hecho.

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El muro de separación

El ruido alrededor de un proyecto de ley sobre educación sexual, que la posición del Episcopado tiene condenado a su total congelamiento, nos recuerda “el muro de separación entre la Iglesia y el Estado” que Thomas Jefferson delineó en su memorable carta del 7 de octubre de 1801 a la Asociación Bautista de Danburg, Connecticut. Un concepto que la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos usó en 1962 para validar su decisión de declarar inconstitucional la obligación de hacer oraciones en las escuelas públicas, estableciendo una línea entre la religión organizada y el Estado.

Mucho antes, a comienzos de la Reforma protestante, Martín Lutero había ya articulado los fundamentos de lo que se conoce como la doctrina de “los dos reinos”, marcando así el inicio de la concepción moderna de la separación de la Iglesia y el Estado, a lo que el país renunció al suscribir en 1954, durante la tiranía de Trujillo, un Concordato con el Vaticano, concediendo además a la católica privilegios negados a otras confesiones religiosas.

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Los excesos en los medios

Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.

Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que moralmente son también responsables de esos excesos.

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El odioso antisemitismo en la región

Enrique Krauze sostiene que el crecimiento del antisemitismo en América Latina se debe a lo que llama “enojo” de los sectores liberales y de la izquierda por los acontecimientos en la Franja de Gaza y Cisjordania. La irracionalidad de ese prejuicio racial tiene profundas raíces históricas, como bien resalta el insigne intelectual mexicano, autor de un ensayo sobre el chavismo titulado “El poder y el delirio”, lectura imprescindible para entender la tragedia venezolana y el fracaso del experimento revolucionario de la izquierda latinoamericana.

En un artículo publicado en octubre del 2018 en el diario español El País, Krauze se refiere a los grados de antisemitismo resaltados por encuestas. En el caso dominicano, dice, el sentimiento de rechazo a los judíos se estima en un 41%, superior al 31% de América Latina y muy por encima del 9% para todo el continente. La cifra es espeluznante porque implica una aceptación de prácticas odiosas que través de los siglos han intentado justificar los genocidios y restricciones que todavía prevalecen en muchos países contra los judíos, negándoles el derecho a incluso a vivir en paz dentro de fronteras seguras.

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El toque de queda y la represión policial

Las violaciones al toque de queda no justifican las acciones de brutalidad que están mostrando a diario las redes por parte de agentes del orden. Y no está claro que esa modalidad de represión persuada finalmente a la gente a aceptar las restricciones, por más oneroso que resulte, además, el cobro de multas por tomar un poco de aire fresco nocturno en las aceras de las calles de un vecindario.

Si estos métodos reñidos con la ortodoxia democrática continúan, las autoridades perderán toda capacidad de persuasión y terminarán alcanzando el rango de política pública. Admito que el nivel de irritación de los policías que llevan días, semanas y meses, tratando de cumplir con su deber de hacer respetar las restricciones del estado de emergencia, lleve a muchos de ellos actuar con violencia irracional. Pero hay que reconocer asimismo que la gente que ha permanecido confinada en sus casas, abrumadas por la angustia de la pérdida de empleo, la reducción de ingresos y la visión de un futuro incierto, no ve en el toque de queda una solución de sus problemas y necesita oxígeno, salir por momentos de la prisión que implica vivir encerrado en cuartuchos hacinados, donde familias duermen prácticamente unos encima de otros.

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