Nadie tiene toda la razón

Un país no es un gobierno y mucho menos un partido político, por más grande e influyente que ambos sean. Tampoco lo constituyen sus élites económicas e intelectuales. Una nación es el conjunto de todas sus fuerzas vivas; un conglomerado unido por propósitos comunes en el cual convergen distintas clases, por más distantes que se encuentren unas de las otras a causa de sus intereses particulares, cuya suma termina siendo, por extraña paradoja, el grueso del gran interés nacional.

Solo cuando así lo entendamos estaremos en condiciones de dar el gran salto; el que hemos estado a punto de alcanzar en diferentes etapas de nuestra práctica democrática, y al que no llegamos por el insólito obstáculo que anteponen las diferencias, y digo insólito porque son esas diferencias las que nos ponen o deberían llevarnos al pie de la grandeza como nación.

La crisis sanitaria que nos afecta desde el primer trimestre del año pasado y la grave secuela económica que trajo consigo, nos obliga a repensar la enorme tarea de abordar la incertidumbre que ensombrece nuestro panorama echando a un lado las pequeñeces, encarándola con fortaleza y coraje, sin miedo al qué dirán, que tantas veces ha paralizado nuestros esfuerzos e intenciones. Solo así encontraremos fórmulas de convivencia que nos allanen el camino hacia el futuro, al que tantos dominicanos temen.

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Una lejana oportunidad perdida

En el ajedrez, como en la vida y en la política, se presentan oportunidades que en la generalidad de los casos no vuelven a repetirse. Las he visto pasar en infinidad de veces. Llegan con un sonido apenas perceptible o con un ruidoso toque de tambor. En las XVI Olimpiadas Mundiales de Ajedrez, celebradas en el verano de 1964 en Tel Aviv, enfrenté una de ellas. Jugábamos contra Grecia y en mi encuentro contra el maestro Hadziotis, se presentó la posición que ilustra el diagrama. Las negras atan mi dama a la defensa de la casilla g2 y amenazan Ra8 seguido de f5. Medité más de media hora mi siguiente jugada y anoté: 30.Rb:b5!

El libro del torneo puso el signo de admiración al sacrificio de la torre, señalando que era “la más elegante manera de ganar”. También era muy fuerte 30.Re1!,D:c2,e6!, con la amenaza de jaque en f7 (31…,B:e6;32.R:e6)Si 30..Qg6;31.Rea1!,Ra8;32.R:a8,R:a8; 33.R:a8,K:a8; 34.Qa1+ Ka6:37.Qc8+,Ka5; 38.Bb4+!, seguido de mate en dos. Hadziotis jugó entonces: 30…,c;b5 , a lo que siguió: 31.R:b5+,Kc8? Esta jugada me permitía terminar la partida de la más “espectacular manera”, como dice el libro del torneo, entregando en sacrificio la otra torre. También si el griego hubiera jugado 31…,Kc5, seguiría 32.Re5+,con mate rápido. Apremiado por el tiempo jugué: 32.Re5+? La entrega de la torre llevaba a una impresionante victoria.

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¡No tengo ganador, fanáticos!

Un ya lejano sábado en la mañana presencié lo que parecía una impresionante y escalofriante carrera de autobuses en el tramo comprendido entre la estación del peaje y el elevado de Boca Chica. Los dos gigantescos vehículos de compañías privadas que controlan la ruta, atestados de pasajeros, lucían empeñados en una competencia cerrada por llegar primero. Debían correr a no menos de 130 kilómetros por hora, una estimación basada en la velocidad en que se movía el mío que no pudo darles alcance. Me imaginé el semblante de los pasajeros; pétreos los rostros, secos y temblorosos los labios; manos sudorosas de piadosas señoras haciendo la señal de la cruz, implorando con la mudez del miedo al Altísimo por sus vidas.

La aparente competencia se intensificó al pasar frente a la universidad tecnológica, cruzando ambos de un carril al otro en un festival de frenesí. Me resistí a dar crédito a lo que veían mis ojos cuando los dos vehículos subieron al primero de los elevados. El delantero se puso en medio de los carriles con la aparente deliberada intención de evitar que el otro le pasara. Las partes superiores de los autobuses oscilaban, como si fueran a inclinarse de un lado a otro de la pista.

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El legado real de la democracia

Los años electorales, como lo fue el 2020, han sido a lo largo de nuestra vida democrática periodos de incertidumbre. Las perspectivas palidecen y la gente se deja atrapar por las sombras de sus propios temores. La razón radica en las ilusiones que los dominicanos se forjan en cada proceso, por la enorme influencia estatal en la vida ciudadana.

La visión miope del equipaje que trae consigo el año electoral no deja ver con claridad, sin embargo, su verdadero valor. El hecho de que los dominicanos podamos ejercer el voto cada cierto tiempo para decidir quién gobernará a la nación y quienes irán al Congreso y a los gobiernos municipales no tiene precio.

Independientemente de los resultados y de los vicios propios de nuestras deficiencias democráticas los años electorales constituyen un importante paso adelante, a despecho de las prácticas viciosas y clientelares características del quehacer político nacional.

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La Patrona de la Española

Según historiadores, la virgen de las Mercedes, o de la Merced, protectora de los cautivos y encarcelados, ayudó a los españoles en marzo de 1495 a derrotar a los indígenas que ocupaban esta parte de la isla, cuando las fuerzas de Cristóbal Colón estaban a punto de ser derrotadas. En agradecimiento a tan salvadora intervención, el Descubridor construyó un santuario en su honor en el mismo cerro donde hicieron correr a los aborígenes. Unos 120 años después, en septiembre de 1615, ocurrió un terrible terremoto de grado IX en la escala Mercalli, con réplicas que se extendieron por 40 días, causando enorme destrucción en la ciudad de Santo Domingo, declarándose a la virgen Patrona de la Española. Tras declararse la Independencia en 1844, se la declaró Patrona de la República Dominicana.

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Sacar fuerzas en la adversidad

Tocando fondo es el título de un libro de mi autoría que abarca un período breve pero muy intenso y reciente de la vida nacional.
Muchos de los hechos que ocurrieron en ese interregno fugaz, el 2003, gravitan todavía en la marcha del país y lo seguirán haciendo por algún tiempo. Fue un año que acumuló una inmensa carga de sentimientos encontrados. Una extraña e impactante mezcla de esperanzas y frustraciones que marcaron la marcha del país y torcieron el rumbo por el cual se encaminaba.

El propósito de ese libro no fue hacer juicio de valores sobre los protagonistas de esos hechos. La recreación de sus actuaciones es más que suficiente para permitir las valoraciones que la nación se hizo ya y habrá de hacerse más adelante de ellos. El 2003 puede verse como un año de frustración y en efecto el frío examen de las realidades vividas en ese lapso conduce irremediablemente a aceptarlo de ese modo.

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La grandeza del perdón

Los lectores de esta columna recuerdan que fui un crítico persistente y duro de José Francisco Peña Gómez, y durante años muchos de ellos me lo echaron en cara y no dudo que aun algunos todavía me lo tengan en cuenta. Sin embargo, al final de su vida nuestras relaciones cambiaron.

Debió ocurrir cuando vi de cerca una faceta de su personalidad que ya conocían sus seguidores. Nunca lo creí el líder que el país necesitaba para ocupar la presidencia, pero el Peña que llegué a tratar era un hombre afable, de buen corazón, incapaz de sentarse a planificar el daño a un tercero. Su problema era la falta de control emocional que tantas veces exhibía, generando intensas pasiones y temores en los círculos de poder. Allí residía la causa de que medio país le temiera tan fuerte como el resto de la nación lo siguiera y amara.

El muro que nos distanciaba se derrumbó por efecto de una situación ajena a ambos. Unas declaraciones suyas desataron montones de críticas en su contra de sectores de la prensa hasta entonces muy cercanas al PRD. En uno de esos arranques típicos de su personalidad, Peña los llamó “disparatosos” y todos los fuegos del averno cayeron sobre él. Yo le defendí escribiendo que el derecho de la prensa a criticarle le daba el derecho a criticar a sus críticos. Él me llamó e iniciamos un trato de respeto mutuo que se prolongó hasta el final de sus días.

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Los “progresistas” de la política

A despecho de su sabor amargo, hay un elemento fascinante en la política dominicana: el incansable e inagotable sentido del humor de sus autores. El más resaltante, por su permanente presencia en el escenario, es de tinte negro, y el color que se le atribuye al más pesado de los chistes, no tiene vinculación alguna con la negritud de la piel ni la fobia contra el vecino que alimentan algunos grupos minúsculos y que blanden como un activo, cual rosario de odio al que agregan cuentas cada día.

El humor de la política vernácula se crece cuando a los grupos más atrasados, algunos provenientes de la extrema derecha, se les da con llamarse “progresistas”. El mote, ¿acaso se le puede tildar de otra manera?, alcanza el Everest, cuando plantea soluciones a los problemas nacionales sobre pancartas xenofóbicas e intenta sustentarse en base a cuestionables protestas éticas y morales, desprovistas de solidaridad humana y con una descarnada pretensión de superioridad racial, sin eco ya y desde hace tiempo, en la comunidad internacional, e incluso en las más retrógradas de las confesiones.

Un fenómeno explicable sólo en el atraso del discurso político que sufrimos y en la razón básica de los actores que lo integran, que no es otro que el aprovechamiento sin límite del patrimonio público, sin ningún otro objetivo, empobreciendo de esta manera material y espiritualmente al pueblo y sumirlo así en un estadio de ignorancia que les permite adueñarse de un término equivalente al extremo opuesto de su esencia y proceder.

“Progresistas” que encuentran en cada elección, una oportunidad ajena a sus propias fuerzas, tras la búsqueda, por desgracia exitosa, de posiciones y privilegios, a costa del sufrimiento nacional.

Son ellos tan “progresistas”, amigos lectores, como ustedes partes del line-up de los Orioles de Baltimore.