El desafío del futuro

¿A qué país queremos parecernos? ¿A Haití, Bolivia, Nueva Zelanda o Finlandia?

¿Puede la República Dominicana financiar su desarrollo con una presión tributaria del 13 o el 14 por ciento del PIB? Son preguntas fundamentales. Si nos ponemos de acuerdo en las respuestas y miramos hacia adelante dejando atrás ese inmediatismo característico de la vida nacional y que mal orienta las discusiones en el ámbito de la política, seguramente superaríamos las trabas que impiden una llana discusión y todo lo demás podría resultar más fácil.

Algunos cálculos económicos sugieren que un incremento del uno por ciento del PIB en las recaudaciones fiscales bastaría para superar, en situaciones normales, el déficit presupuestario como el que teníamos antes de la pandemia. Otro uno o dos por ciento de incremento podría ser suficiente para preservar las expectativas de estabilidad macroeconómica en los próximos años y aunque hay discrepancias con relación a estos números, es evidente que un diálogo serio y representativo al más alto nivel de la sociedad, encontraría sin muchas dificultades las fórmulas de nuestro despegue definitivo.

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El carácter clientelar de la política

Para que se tenga una idea de nuestra práctica política clientelar sería suficiente señalar el ejemplo de Francia. El país galo es la segunda economía de la comunidad europea, después de Alemania, es miembro del llamado Grupo de los Siete, que reúne a las naciones más desarrolladas del mundo, y posee su propio arsenal nuclear. Lo habitan más de 66 millones de personas, y su extensión territorial es de 674,843 kilómetros cuadrados, seis veces la población dominicana y catorce veces la superficie nacional.

En ese país, cuna de ilustres pensadores y artistas, el tope del gasto en campaña era pocos años atrás, según cifras disponibles, 22 millones de euros, unos 25 millones de dólares, equivalentes a unos 1,087 millones de pesos dominicanos, mucho menos de lo que los 32 senadores de esta economía caribeña se engullen en menos de cuatro años en barrilitos y bonos con motivo de la navidad, los Reyes, el día de las Madres y otras celebraciones en las que la voracidad de nuestros honorables legisladores hacen cada año su agosto, sin contar, por supuesto, los añadidos que a esa fiesta permanente del desorden, la falta de transparencia y el irrespeto a la legalidad representan, en probablemente mayor proporción los 190 y tantos diputados de la hipertrofiada Cámara Baja.

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Más bancas que escuelas e iglesias

A mediados del 2014, el Ministerio de Hacienda sugirió la idea de reducir los sorteos diarios de las distintas loterías existentes y en los seis años transcurridos desde entonces, han sido pocas las reacciones a favor de esta importante recomendación.

En el país funcionan más establecimientos de juegos de azar que escuelas, colegios e iglesias de todas las denominaciones juntas. Es mucho mayor el gasto en loterías, juegos de azar y apuestas, que el consumo nacional de leche y carne. La gente gasta lo que no tiene en la vana ilusión de conseguir un golpe de suerte que cambie radicalmente su vida y aunque uno que otro lo consigue, la casi totalidad de la población que se aferra a ese sueño despierta decepcionada al chocar al día siguiente con la realidad.

Uno de los premios más alto obtenido en esas loterías, y este no es un chiste, ocurrió a comienzos de ese año y una de ellas anunció en un corto mensaje de prensa que el boleto ganador se había vendido, léase bien, ¡en Turcos y Caicos! Y se acabó. Tenía un acumulado de unos 170 millones de pesos y, por supuesto, nunca se anunció la identidad de tan feliz ganador.

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Episodios inéditos de nuestra historia (4 de 4)

A su llegada al país, Bonnelly fue increpado por Trujillo quien le preguntó porqué había dado refugio a un político asilado, a lo que respondió diciendo que se había limitado “a dar asistencia a un hombre que temía por su vida, lo cual de nuevo haría”. Trujillo le dijo: “Así actúan los hombres” y lo felicitó.
El canciller Porfirio Herrera Báez se le acercó: “Embajador de por no recibida mi queja”. Era un cable advirtiéndole que el refugio a Perón violaba las normas de la política exterior dominicana .

Perón permaneció en territorio dominicano hasta mediados de enero de 1960, cuando viajó a Madrid con el beneplácito del generalísimo Francisco Franco, luego de develarse la conspiración contra el régimen trujillista del movimiento Catorce de Junio.
Perón regresó a la presidencia argentina, por tercera vez, el 23 de septiembre de 1973, tras 18 años de exilio. Murió, sin completar su último período, el 1 de julio de 1974.

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Episodios inéditos de nuestra historia (3 de 4)

La reseña del diario caraqueño daba detalles del ataque a la embajada, señalando que alrededor de las dos y media de la madrugada, un grupo no identificado había rodeado la quinta Niní, situada en la avenida Los Castaños, urbanización Los Chorros, “y dispararon en varias oportunidades hacia el interior de la residencia”, sin causa daños de consideración. Los efectivos de la Guardia Nacional que custodiaban la sede diplomática dominicana respondieron los disparos, pero no hubo registro de heridos ni detenciones. Horas después, el embajador Bonnelly denunció el caso al gobierno, que dio, según el periódico, “las excusas correspondientes”, a través del Ministerio del Exterior.

Tras ser informado de la decisión de permitir la salida de su huésped, a pesar de un impedimento judicial por una deuda de 39 mil bolívares, que Perón no reconocía, Bonnelly envió un cable al presidente Héctor Bienvenido Trujillo, informándole que el exdictador saldría a las cinco de la tarde, con otras tres personas, él entre ellas.

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Episodios inéditos de nuestra historia (2 de 4)

El portador de la misiva del exdictador argentino Juan Domingo Perón, exiliado en Venezuela desde su derrocamiento en 1955, le informó al embajador Bonnelly el deseo de este de encontrar refugio en la misión diplomática y conseguir salvoconducto para viajar a Ciudad Trujillo, donde el dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo le recibiría con “los brazos abiertos”. La presencia de Perón en Venezuela no era bien vista por los opositores a Pérez Jiménez y el líder argentino temía que el desorden que seguiría a la caída del régimen pusiera en peligro su vida.

Bonnelly fue en busca de Perón y le dio refugio en la embajada, poniendo cablegráficamente a Trujillo en conocimiento del caso. La presencia de su huésped generó protestas y manifestaciones alrededor de la residencia diplomática, atacada incluso a tiros, para lo cual se hizo necesaria doblar la seguridad.

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Episodios inéditos de nuestra historia (1 de 4)

El jueves 23 de enero de 1958, el embajador en Venezuela, Rafael F. Bonnelly, recibió en su despacho un breve manuscrito. El texto decía: “Estimado embajador: El portador de la presente le explicará mi situación y le dirá mis ruegos. Un gran abrazo, Juan Perón”.

Fuera de la quinta Niní, sede de la embajada, Caracas era un hervidero humano. Tropas del ejército y la policía trataban de contener a las multitudes enardecidas que celebraban la caída del dictador, general Marcos Pérez Jiménez, quien había huido en la madrugada hacia la República Dominicana, tras los pronunciamientos militares exigiendo su salida del poder.

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El falso camino de redención

La llamada izquierda revolucionaria se resiste a aceptar cuán equivocada estuvo siempre. No les basta con lo sucedido a los países del llamado Bloque Oriental europeo, la destrucción del Muro de Berlín por los alemanes ansiosos de libertad y aire puro, la triste realidad de Corea del Norte y el tímido y vergonzoso tránsito de Cuba a un modelo rupestre del capitalismo, después de más de medio siglo denostándolo como un sistema incapaz de exaltar la dignidad humana.

Casi sesenta años se necesitaron para convencer a regañadientes a los líderes de la revolución castrista que la propiedad privada y la libre iniciativa individual son valores inherentes a la existencia misma y no señales oprobiosas de un sistema basado en la explotación del hombre por el hombre. La prometida redención del pueblo cubano se da allí con la autorización oficial para moverse con alguna libertad dentro del propio territorio de la isla, tener a título de concesión un conuco propio, una barbería, un automóvil, una computadora o una pequeña bodega para vender víveres y alimentos cocinados.

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