Tiempo de rejuvenecer el gobierno

Si alguien me preguntara sobre la prioridad del presidente Luis Abinader al aproximarse a la mitad de su mandato constitucional, no vacilaría en responder: rejuvenecer el gobierno. La razón es simple. Sin importar hacia dónde se incline hoy la balanza en términos de popularidad, una impresión cada vez más generalizada apunta hacia un deterioro creciente de su popularidad. Y ese declive, de seguir en aumento, no le aseguraría períodos plácidos en los dos años finales de su Administración.

Para muchos de sus seguidores y colaboradores, mi percepción tendría el carácter de una crítica o censura. Pero está simplemente cimentada en la experiencia observada durante los largos años de mandato de Joaquín Balaguer. Durante ese largo periodo, el líder reformista solía encarar las dificultades nacidas de escándalos o negligencias oficiales, rotando o cambiando la composición en aquellas áreas objetos de la ira o el descontento público.

Tal vez resulte incomprensible al Presidente adueñarse del estado del sentimiento popular existente, debido a encuestas sin valor político real alguno relacionadas con escalas de valoración, apuntadas más a la creación de posicionamientos individuales, y no a retratar la realidad actual.

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La patética expresión que nos define

Hay un dicho, “atento a mí”, que describe uno de los comportamientos más típicos del irrespeto a las leyes y las normas civilizadas que explican muchos de los vicios que se observan en el diario vivir, tanto en la esfera pública como en la privada. Se alcanza a entender a través de esa expresión la inobservancia de las obligaciones que muchos han asumido al ocupar cargos públicos, por elección o designación del Ejecutivo, cuando llegan tarde e incurren en otras violaciones a sus deberes en el cargo “atento” a él. Y no actúan tampoco con la transparencia y honradez requeridas por la misma razón.

Los ciudadanos comunes se pasan la luz roja “atento a mí” y no toman en cuenta la señal de una vía, no sólo cuando no ven a un policía, sino porque se creen con el derecho de hacerlo, algo que por supuesto les niegan a los demás.

Ese “atento a mí” está presente en todos los ambientes a todas horas. Se porta el arma de fuego para el que se posee sólo un permiso de tenencia porque la expresión supone que hacerlo no implica violación alguna y la arraigada tradición de dejarlo así ha hecho de este abominable comportamiento una práctica usual y común del dominicano.

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Un falso concepto del periodismo

En el país se acepta la idea de que laborar para un medio de comunicación otorga el falso derecho de poder expresarse o publicar cuanto se desee, sin tomar en cuenta la veracidad de lo que se diga o publique, sin importar a quién se ofende o humille. La despedida hace un tiempo de un comentarista de televisión por desacuerdos con la política editorial de la empresa, se debatió como un atentado a sus derechos y una violación a la libertad de expresión del afectado. Ese concepto del periodismo limita el derecho de propiedad y el clima de libertad en que debe desenvolverse la prensa, porque un medio no está obligado a aceptar posiciones y comentarios contra la honra de terceros o que riñan con sus principios o su política informativa y editorial.

Un caso emblemático del tema se dio hace unos años en Estados Unidos. La cadena de televisión CBS hizo pública la cancelación de una de sus más altas ejecutivas, su vicepresidente de negocios, Hayley Latmann, por emitir opiniones que la empresa consideró inaceptables en relación con la matanza de 59 personas en un tiroteo en Las Vegas, en las que otras 400 resultaron heridas. La señora destituida había usado un término despectivo para referirse a los republicanos, diciendo que no esperaba que ellos hicieran nada frente al caso, y tampoco se solidarizaba con las víctimas al considerarlos fanáticos de la música country, por lo regular republicanos, aficionados a las armas. CBS dijo que esas opiniones no reflejaban el sentir de la empresa y que la ejecutiva había antepuesto su “postura ideológica” sobre la empatía con las víctimas.

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El peligro del monopolio informativo

El problema que hace difícil la fijación por la prensa nacional de los límites de su responsabilidad se debe en parte a la incomprensión de la importancia que ella tiene en la preservación del clima de libertad que ha existido en las últimas décadas en el país. Radica en el éxito de las prácticas que hacen paradójicamente innecesarias la responsabilidad de fijar esos límites.

A partir de algún momento, lo que se considera un buen ejercicio de periodismo comprometido con una “verdad” inexistente, ha radicado en desechar el buen uso de las palabras y hacer del ruido un modelo de ejercicio. Es lo que vemos en muchos exitosos programas de radio y televisión. Y como la altisonancia cala bien en muchas audiencias, con el tiempo esa modalidad del periodismo se ha hecho muy popular alcanzando los ratings más altos del espectro radial y televisivo. Ese nuevo modelo, al que han contribuido las redes, acabará por distorsionar el justo y correcto rol de una prensa responsable en todas las facetas de la vida nacional, en los procesos electorales y, por ende, en la estabilidad social y el fortalecimiento de las instituciones democráticas, incluyendo la propia prensa.

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La práctica responsable del periodismo

La ausencia o inobservancia de los límites que impone un ejercicio responsable de la libertad, hace que los ciudadanos en muchos países se muestren dispuestos a renunciar a derechos con tal de preservar niveles aceptables de seguridad. En otra dimensión es lo que ocurrió en Estados Unidos, tras los atentados del 11 de septiembre y lo que luego se vio en Europa ante los efectos de inmigraciones masivas que han pulverizado valores tradicionales de esas sociedades y los logros políticos de la Unión, como la libre circulación, y la desaparición virtual de las fronteras. En Estados Unidos y Europa los ciudadanos han aceptado la pérdida de algunos derechos a cambio de una mayor seguridad y la preservación de tradiciones y valores.

La no fijación de esos límites por la propia prensa en nuestro país hará, como en efecto podría estar ocurriendo, que muchos ciudadanos terminen aceptando algunas restricciones a causa de lo que se lee en algunos medios digitales y en las redes y lo que ven y escuchan a diario en muchos programas de televisión y radio. La no fijación de esos límites ha creado paradigmas que atentan contra el buen y sano ejercicio del periodismo.

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La competencia de la CIHD y la RD

La sentencia del Tribunal Constitucional que desconoce el instrumento de aceptación de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se basa en que se obvió el requisito constitucional de enviarlo al Congreso. La omisión correspondió al entonces presidente Leonel Fernández, quien en una conferencia en la sede de la OEA en noviembre del 2014, de hecho desconoció la competencia que él había aceptado como jefe del Estado. ¿Cómo describir esa ambigüedad sobre un tema de tanta trascendencia?

Aceptando la línea de razonamiento de quienes rechazan esa competencia, cabría preguntarse entonces si el señor Fernández no se excedió en sus atribuciones, incurriendo así en un abuso de poder, que las leyes y la propia Constitución, la actual y la anterior, vigente al momento de producirse, sancionaban. Y vale insistir si lo dicho por el exmandatario en Washington constituye un acto de patriotismo, como se pretendió, o una acción de descarada irresponsabilidad, ante el hecho de que los efectos de su omisión le han trajeron al país un problema enorme, colocando a su sucesor, el presidente Medina, en una encrucijada que trató de salvar con la diplomacia y el buen sentido que a su antecesor faltaron.

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Los “loggione”de la Scala

¿Qué tienen o han tenido en común, además de sus esplendorosas voces, María Callas, Monserrat Caballé, Cecilia Bartoli, Katia Ricciarelli, Piotr Beczala, Roberto Alagna y Luciano Pavarotti, así como muchos otros grandes divos de la ópera anteriores a esa generación? En algún momento de sus brillantes y excepcionales carreras fueron o han sido víctimas de los crueles silbidos y abucheos de los implacables parroquianos de un área de la Scala de Milán, mundialmente conocida y temida por la élite de la lírica como el Loggione.

El gran Pavarotti pasó en 1992 las de Caín con estos fanáticos durante una representación de “Don Carlo”, de Verdi; y a la Caballé la llamaron “bruja” y estuvo a punto de una crisis de pánico, según se reseñó en la prensa europea, cuando tuvo un fallo en un Do sobreagudo, diez años antes, interpretando “Anna Bolena”, de Donizetti. Otra celebridad, la mezzo Cecilia Bartoli fue víctima de grandes abucheos y otras grandes, como Zinka Milanov , Teresa Stratas, Anna Moffo y Victoria de los Ángeles, solían, se dice, evadir a esos furiosos y crueles asiduos de ese gran templo del mundo lírico, espaciando sus actuaciones en la Scala.

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Lectura para un ardiente verano

El Concierto No. 3, para piano y orquesta en re menor, opus 30, de Serguei Rachmaninov, el célebre compositor y pianista ruso fallecido en 1943 en California, a la edad de 70 años, es considerado en los ambientes clásicos como una de las piezas del legado romántico europeo más difícil de interpretar.

Esta soberbia composición fue completada en 1909 y estrenada ese mismo año en la ciudad de Nueva York, con notable éxito. Consta de tres movimientos, un primer allegro en re menor, un intermezzo- adagio en fa menor-re menor y un final “alla breve”, rápido y vigoroso, en re-menor re mayor, al que se entra sin pausa desde el segundo movimiento y en los que se vuelve a los temas de los dos primeros imprimiéndole al concierto una unidad temática impresionante. A pesar de su belleza este concierto no figura en los repertorios de los grandes pianistas debido a sus grandes exigencias técnicas. Los biógrafos de Rachmaninov, dicen incluso que el famoso pianista, Józef Hofmann, a quien el compositor le dedicó el concierto, nunca lo interpretó en público.

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