De pobreza y crecimiento económico

El crecimiento sostenido de la economía durante tres décadas no ha reducido la brecha social existente en la medida en que el Producto Interno Bruto se ha expandido. Y la única vía para lograrlo es el gasto público. Y un gasto público de calidad, del que tanto se habla, se refiere a la inversión en los ámbitos de la educación, la salud pública, el mejoramiento y ampliación de la red vial y, sobre todo, en los programas de carácter social, tanto en las zonas urbanas como en las rurales.

Ningún programa de política económica surte efectos duraderos de largo alcance en el corto plazo. Es un enfoque equivocado valorar su efectividad en base a los efectos inmediatos, porque la mentalidad nacional no se cambia o transforma de un año a otro y el alto contenido cultural de nuestra pobreza trasciende los límites de las carencias materiales.

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Las claves de una buena vecindad

La buena vecindad determinará el curso presente y futuro de las relaciones bilaterales con Haití y probablemente la calidez de nuestros nexos con organismos hemisféricos. Pero ese estadio de relación óptima entre dos naciones no depende solo de la actitud de una de ellas.

El gobierno haitiano ha mantenido una actitud muy hostil hacia la República Dominicana y esto no ayuda a sus nacionales, miles de los cuales han sido favorecidos con el Plan Nacional de Regularización de Extranjeros en situación de ilegalidad. Sus acusaciones han encontrado eco en organismos internacionales, muy activos en sus críticas al país, que nos atribuyen intenciones xenofóbicas, como la presunción de promover deportaciones masivas indiscriminadas. Lo cierto es que el Gobierno incluso ha dilatado las repatriaciones, y flexibilizó sus planes en interés de evitar un conflicto que Haití no parece tan interesado en evitar.

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¿De qué cosa nos hablan?

A despecho de su sabor amargo, hay un elemento fascinante en la política dominicana: el incansable e inagotable sentido del humor de sus autores. El más resaltante, por su permanente presencia en el escenario, es de tinte negro, y el color que se le atribuye al más pesado de los chistes, no tiene vinculación alguna con la negritud de la piel.

El humor de la política vernácula se crece cuando a los grupos más atrasados, algunos provenientes de la extrema derecha, se les da por llamarse “progresistas”. El mote, ¿acaso se le puede tildar de otra manera?, alcanza el Everest, cuando plantea soluciones a los problemas nacionales sobre pancartas xenofóbicas, unas veces, y radicales de izquierda, otras tantas, e intenta sustentarse con base en cuestionables protestas éticas y morales, desprovistas de solidaridad humana y con una descarnada pretensión de superioridad racial, sin eco ya y desde hace tiempo, en la comunidad internacional, e incluso hasta en las más retrógradas de las confesiones.

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Lectura de fin de semana

La edad no siempre es un obstáculo para demostrar el talento y la creatividad. Así quedó de manifiesto cuando Plácido Domingo, haciendo gala de su extraordinaria capacidad vocal, interpretó en el 2013 el personaje central de la ópera Nabucco, de Giuseppe Verdi, en el Royal Opera House de Londres, uno de los teatros más importantes y legendarios. Esta composición, en cuatro actos, basada en el Antiguo.

Testamento, es una de las más representativas del repertorio verdiano, si bien no figura entre las más conocidas del compositor. En el país se la identifica principalmente por el lamento coral de los esclavos judíos a orillas del Éufrates, en la escena segunda del tercer acto conocido como La Profecía, en el que añoran su tierra natal (Va pensiero, sulli ali dorate).

Lo singular de la actuación en esta oportunidad de este incomparable cantante lírico, el más versátil de entre sus contemporáneos, es que el rol de Nabucodonosor, rey de Babilonia, le corresponde a un barítono y Domingo en toda su larga y exitosa carrera ha sido más conocido como el gran tenor que en realidad es, a pesar de que en sus inicios en México, donde perfeccionó sus estudios de canto, piano y dirección orquestal, su registro grave correspondía al de un barítono.

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Crisis de vocación magisterial

Cuando nos preguntamos sobre la degradación observable en amplias esferas y actividades de la vida nacional, terminamos simplificando el problema al mirar solo hacia el Gobierno. La verdad es que el tema no es tan sencillo. Un enfoque más realista y sin prejuicio nos llevaría rápidamente a conclusiones más cercanas a la realidad en que vivimos.

Pongamos, por ejemplo, lo que la generalidad considera como la primera de nuestras muchas prioridades: el sistema educativo. En esa área es notable el esfuerzo de la administración pasada para mejorar la enseñanza pública y acercarla a la calidad que se le reconoce a la enseñanza privada, a pesar de que sabemos que no todos los colegios pasarían la prueba. Pero la educación es una tarea tan compleja y de tan largo alcance que reclama un compromiso colectivo, en el que el magisterio debe jugar un rol determinante. El Gobierno podrá aportar cuantos recursos demande el mejoramiento del sistema, pero al final corresponde al maestro hacer que la inversión rinda sus frutos.

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Apropósito del justo reclamo de igualdad de género en la política, me aventuro a preguntar: ¿Qué sería del debate nacional, ya aburrido y gris, si por prejuicios de la era moderna nos viéramos obligados a renunciar al sarcasmo y la ironía en la discusión de los problemas nacionales?

Lo primero es que esa discusión carecería de sentido, por su falta de contenido y elegancia. Y lo segundo, peor aun, sería la imposibilidad de una discusión pareja en el ámbito mediático. Vayamos al grano.

Supongamos que las elecciones se limitaran a la confrontación de dos candidatos, uno de los cuales fuera una mujer. ¿Qué sucedería, fuera cierto o no, si el varón dijera públicamente que su oponente, la mujer, es incompetente, desconocedora de la realidad, e ignorante de los asuntos de Estado, sin capacidad alguna para manejar la crisis por la que atraviesa la nación?, un discurso típico en la política dominicana ¿Cómo lo tratarían los medios? ¿Y cuál sería el caso si ese mismo tono viniera de la candidata contra su oponente? ¿Tendría el beneficio de criticarle a su contrario lo que él no pudiera usar contra ella?

La pregunta que no debemos eludir por temor a las reacciones morbosas en las redes, es si ese privilegio es válido y justo, en una sociedad que clama por la igualdad de género, pero que pretende al mismo tiempo preservar los prejuicios ridículos que esa igualdad destruiría. Aunque el tema parece sencillo, plantearlo es exponerse a explosiones irracionales que pudieran alejar toda posibilidad de discusión seria sobre una cuestión fundamental.

Cuando en una sociedad tomar del codo a una dama para ayudarla a bajar unas escaleras o cruzar una calle es visto como una expresión de machismo y no como un gesto de caballerosidad, algo anda mal.

Periodismo del más allá

Una de las herencias trágicas del autoritarismo propio de nuestra historia, y que aún se expresa en amplias esferas de la vida social, es la de aceptar cuanto se nos diga sin cuestionamiento alguno y propalarlo. Ni en el aula es común formular preguntas y esa modalidad de aprendizaje se ha exportado a ciertas formas de periodismo.

En julio del 2016, por ejemplo, recibió un tratamiento mediático especial la “revelación” hecha por el vocero de una muy activa ONG relacionada con el cambio climático, de que la visita esos días del canciller de Brasil al presidente Danilo Medina tuvo como propósito prevenirle acerca de una investigación del Ministerio Público de la nación suramericana en la que la figura presidencial se vería asociada a una trama vinculada a una empresa brasileña acusada allí de tráfico de influencias, sobornos y sobrevaluación.

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Los pactos faltantes

La abandonada discusión sobre dos áreas fundamentales, la eléctrica y la fiscal, demuestra la enorme dificultad para armonizar en este país los intereses partidistas y oligopólicos, aun a expensas de la salud y estabilidad económica de la república. La debilidad institucional, que imposibilita la concertación alrededor de un gran pacto nacional, les favorece, a despecho del diario discurso. La razón es simple. La institucionalidad no les conviene. Rompería los monopolios y oligopolios que nos empobrecen económica y socialmente.

La institucionalidad traería consigo un ambiente de igualdad y de libre concurrencia, con oportunidades idénticas para todos los actores, y rompería los lazos de complicidad que pequeñas oligarquías económicas han promovido para beneficio propio. No es cierto que el desorden y lo que se ha dado en llamar crisis institucional sea solo el fruto de un oscuro concierto partidista, ajeno a la intervención de otras fuerzas sociales. Es el resultado auténtico de alianzas pecaminosas de una élite en la que conviven intereses de ambos lados, políticos y privados.

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