Por un cambio en la agenda oficial

Las grandes necesidades nacionales y los efectos de la crisis financiera exigen, sin mayores dilaciones, cambios drásticos en la agenda del Gobierno. No puede éste permanecer ajeno a cuanto ocurre en el mundo. Está moralmente obligado a asumir nuevas conductas frente a las realidades que enfrentamos. Su visión de corto plazo tiene que ser sepultada y dar paso a tareas de largo alcance, que permitan consolidar los sectores más dinámicos de la economía, conquistar los mercados que se han abierto con la firma de tratados de libre comercio con los grandes centros de consumo e impactar positivamente así las expectativas de la población.

El país no puede continuar poniendo parches en las llagas de sus grandes heridas. Y el Gobierno debe dejar atrás la improductiva práctica de premiar a estudiantes meritorios mientras se resiste a darle a la educación el tratamiento presupuestario a que la ley le obliga. El caso del sector educativo es sólo un ejemplo, tal vez el más patético, del efecto dañino del clientelismo en la vida política de la nación.

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El arma política de la mentira

En los países más democráticos, Estados Unidos, por ejemplo, la mentira paga un alto precio en la política y bajo determinadas circunstancias llega a ser un delito. Como todos sabemos, en República Dominicana es una eficaz arma política llevada a la categoría de arte por los líderes más exitosos. Las carreras más brillantes en el campo de la política nacional han sido catapultadas por enormes cofres de mentiras repetidas una y otra vez, por años, incansablemente, sin consecuencia alguna. El uso repetido de ese instrumento de ascensión en la política, como en otras actividades de la vida nacional, se ha convertido en una práctica común. Se trata ya de una costumbre a la que se está obligado a apelar para garantizarse el éxito.

La mentira es parte de la cultura nacional. Se miente en el hogar, en la escuela, en el trabajo, se habla de mentiras piadosas, como creo haber escuchado alguna vez en las letras de una canción. El liderazgo nacional nos miente el lunes a sabiendas que el martes puede desdecirse sin que nadie le reproche ni se le pida cuentas. Las promesas electorales son baúles de mentiras. Mientras más grandes y pesados son, mayores las posibilidades.

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Haití es problema haitiano

Mientras presiona a la República Dominicana para detener su legítimo derecho a controlar la inmigración ilegal procedente del vecino país, Estados Unidos envía tanques a su frontera con México en el estado de Texas, para impedir la inmigración mejicana. Muchos llaman a esa dualidad, una doble moral en materia de política internacional, herencia de etapas imperiales que la descolonización resultante de la Segunda Guerra Mundial, se creía, dejaba atrás.

Los haitianos olvidaron su responsabilidad de ocuparse de su país y deben enfocarse en esa tarea porque la solidaridad tiene límites. En el caso de la emanada de República Dominicana se desbordó y ya causa serias dificultades locales. Lo comunidad internacional no reconoce que Haití es un problema haitiano, no dominicano, y que sus nacionales tienen con su país una deuda desde su independencia que se resisten a pagar. Son ellos, no los dominicanos, los llamados a rescatar la dignidad que como pueblo le corresponde.

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A merced del crimen callejero

En Colombia, cuando las guerrillas y los carteles de la droga se aliaron, surgieron los paramilitares como un mecanismo de defensa ante la inseguridad que esa funesta alianza representaba. Dada la incapacidad de las autoridades legítimas de ese país para garantizar vidas y propiedades, a los sectores más afectados por el descalabro del orden público no les quedó otra alternativa que buscar medios propios para defenderse.

En nuestro país estamos acercándonos a un escenario similar, con pandilleros, criminales fuertemente armados, con absoluto control a todas horas del día de calles y barrios de nuestras ciudades, ante la pasividad y la falta de acción oficial. Son más cada día los asaltos y asesinatos, lo que ha creado una sensación espantosa de miedo en buena parte de la sociedad dominicana.

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De la más alta prioridad

Toda inversión en el campo energético debe ser bien recibida y apoyada, especialmente si promueve la diversificación en la matriz del uso de combustible en la generación. Muchas plantas del sistema son obsoletas y de costos operacionales muy altos, lo que incide negativamente en los precios a los usuarios del sistema. En vista de ello, y por los efectos negativos que por décadas la insuficiencia energética ha provocado a la estructura productiva dominicana, la construcción de las dos plantas a carbón en Punta Catalina con una capacidad global de 720 megavatios, han sido de inapreciable aporte a la estabilidad del sistema eléctrico y al desarrollo de la economía.

La incorporación de esas plantas al sistema ayudará a paliar el déficit de electricidad y abaratar su costo, con un impacto muy positivo en la economía y en la estabilidad de los hogares, obligados todavía a pagar el costo de un oneroso subsidio estatal para mantener ciertos niveles de precios en los suministros, que, además, erosionan las finanzas públicas. La suma del subsidio alcanza ya miles de millones de dólares, un verdadero sangrado de las finanzas públicas, lo que aumenta el déficit fiscal y coarta la capacidad de acción del gobierno en el ámbito social.

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Alguna disculpa merecía

En la edición del Listín Diario del sábado 5 de octubre del 2013, uno de sus columnistas emplazó a la familia del fenecido ex canciller Fabio Herrera Cabral a desmentir el pasaje del libro de mi autoría “El golpe de estado. Historia del derrocamiento de Juan Bosch”, en que se narra cuando éste, derrocado y prisionero en el Palacio Nacional le pide cianuro. La familia le respondió el sábado siguiente en una columna en el diario Hoy de Fabio Herrera Miniño, hijo de Herrera Cabral, confirmando lo dicho en el libro y añadiendo que su padre solía comentarle que una vez trasladado Bosch a una habitación de la tercera planta del Palacio le pidió una navaja, cosa que él rechazó tal como había hecho con lo del cianuro, diciéndole a Bosch que aún le quedaba mucha carrera política, como realmente sucedió después.

El emplazamiento se proponía desmeritar mi obra refiriéndose a un artículo publicado por el poeta y escritor Tony Raful en el mismo Listín Diario días antes, en el que se destacaba su valor como la más completa relacionada con los siete meses del gobierno de Bosch y los trágicos acontecimientos que condujeron a su derrocamiento. En su emplazamiento a la familia Herrera el columnista admitía que no había leído la obra sobre el golpe, a pesar de lo cual hacía sobre ella duros enjuiciamientos.

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La peor reelección es la diferida

La reelección no está prohibida. Lo que la Constitución no permite es que un presidente en ejercicio pueda postularse para un tercer mandato consecutivo. Sin embargo, la fórmula establecida en la reforma del 2010 es perversa, pues permite la reelección diferida sin límites. La Carta Magna anterior establecía un máximo de dos mandatos con un vete tranquilo a casa. Era lo que hubiera pasado con el expresidente Leonel Fernández, cuya vida presidencial moría con la entrega del mando en agosto del 2012.

El acuerdo de las “Corbatas azules” que dio paso a la reelección diferida, que le negó a su sucesor la oportunidad que él ya había tenido, prolongó su carrera y trabó la de su sucesor, con un legado de corrupción y déficit fiscal que le hizo difícil transitar en un terreno lleno de dificultades, en lugar de un sendero enteramente propio. El modelo impuesto por dicha reforma siembra y abona ambiciones sin límites, lo cual puede castrar toda posibilidad de relevo político en perjuicio de la dinámica social.

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Es bueno que me pasara

Un lector se molestó por mi respuesta a una pregunta suya. Me pidió opinión sobre quién ha sido el mejor compositor clásico de la historia y el más grande beisbolista dominicano. Acerca de lo primero le dije que ni Daniel Barenboim se aventuraría a responderle y como neófito en la materia yo apenas podía mencionar mis favoritos. “Beethoven, por supuesto”, respondió por mí. Bueno, déjeme con Tchaikovsky, Mozart y Puccini, según cómo me sienta ese día, le acoté. “No querrá usted decir que son mejores”. “Le hablé de mis preferencias”, me defendí. ¿Y dónde deja usted la Novena”. ¿Qué tiene que ver la Novena? ¡La de Beethoven!, me cortó con un grito de desesperación.

Bueno, amigo, no entremos en esa discusión. Le hablé de mis favoritas, le respondí un poco a la defensiva. ¿Cuáles, por ejemplo? parecía un interrogatorio. Si le interesa tanto me quedo con La Patética, la sexta sinfonía de Tchaikovsky, no la sonata no. 8 de Beethoven. Su reacción parecía indicar que me creía medio loco. Usted es aficionado a la ópera, según tengo entendido ¿qué me dice? Ya le dije que Puccini, pero para cerrar esto mi favorita no es ninguna de las suyas, sino Cavallería Rusticana, a lo que agregué que el cuarteto final de Rigoletto, de Verdi, me deja sin aliento.

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