Un conflicto sin salida

Sería el primero en condenar la legalización pura y simple del aborto, pero la penalización de algunas formas de interrupción del embarazo es un anacronismo superado en países con legislaciones modernas. La restricción es un desconocimiento de los derechos reproductivos de la mujer cuando se trata de una violación, una relación incestuosa, corre peligro inminente la vida de la embarazada y cuando la criatura presenta anormalidades congénitas que no le permitirían llevar una vida normal.

Un ejemplo dramático de las consecuencias de la rigidez de las constituciones, que desconocen esos derechos, es el de una joven salvadoreña, de 18 años, Guadalupe Vásquez. La muchacha se presentó hace años a un centro médico del pequeño pueblo donde vivía con una hemorragia uterina. Los médicos la denunciaron ante la fiscalía por haberse practicado un aborto. La fiscalía cambió luego el cargo por homicidio voluntario, lo que le llevo a prisión con una condena de 30 años. La joven había sido violada pero desconocía que estaba embarazada cuando se le presentó el sangrado, pero el tribunal desestimó su alegato. Tras cumplir parte de la sentencia, la joven fue indultada por la Asamblea Legislativa salvadoreña luego de un debate sobre ese y muchos otros casos similares, que conmovieron la conciencia de la nación centroamericana.

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El fundamentalismo ambiental

Ahora que un senador muy cuestionado le niega al país y a su provincia el derecho al usufructo de la riqueza del subsuelo, recuerdo una entrevista radial en la que un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera en el mundo y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta.

No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habría barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

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Los homo erectus de la política

A finales del siglo XIX, el científico holandés Eugéne Dubois encontró en la isla de Java fósiles muy parecidos a restos humanos, que dentro de la búsqueda entonces del eslabón perdido definió como huesos pertenecientes al primer hombre mono erguido al que llamó Pithecanthropus erectus. Siglo y cuarto después en el ámbito del partidarismo dominicano no resultaría difícil encontrar fósiles que muy bien servirían para ilustrar a nivel nacional una imaginaria actividad política un millón y medio de años atrás, con antepasados del hombre actual.

Es la situación que suele darse cuando los dirigentes de partidos negocian por conveniencia personal posiciones electorales que no podrían conseguir por sus propios medios, impidiendo el crecimiento de su dinámica interna, a lejana distancia de las elecciones sin mediar ninguna competencia entre aspirantes. El hecho de que en esas circunstancias brillen personas inclinadas a favorecer esa salida a la crisis interna que mantiene congelada la oposición política es prueba más que suficiente para medir el grado de envilecimiento a que se ha llegado en partidos que bien podrían trabajar en procura de un historial democrático digno de mejor futuro.

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Cómo enfrentar el futuro

Las preguntas cruciales de un debate sobre el futuro, incomprensiblemente retardado, no pueden ser otras que las siguientes: ¿A qué país queremos parecernos? ¿A Haití, Bolivia, Nueva Zelanda o Finlandia? ¿Puede la República Dominicana financiar su desarrollo con una presión tributaria del 13 o el 14 por ciento del PIB? Si nos ponemos de acuerdo en las respuestas y miramos hacia adelante dejando atrás ese inmediatismo que ha caracterizado la vida nacional y mal orientado las discusiones en el ámbito de la política, seguramente superaríamos las trabas que impiden una llana discusión y todo lo demás podría resultar más fácil.

Algunos cálculos económicos sugieren que un incremento del uno por ciento del PIB en las recaudaciones fiscales bastaría para superar el déficit presupuestario, que ha descendido desde el 2012 de casi un ocho por ciento a menos de un 2.0 para este año. Otro uno o dos por ciento de incremento podría ser suficiente para preservar las expectativas de estabilidad macroeconómica en los próximos años y aunque hay discrepancias con respecto a estos números, es evidente que un diálogo serio y representativo al más alto nivel de la sociedad, encontraría sin muchas dificultades las fórmulas de nuestro despegue definitivo.

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Una tarea esencial de la escuela

Debemos darle prioridad a que el sistema escolar enfatice en la necesidad de que los estudiantes mejoren su dicción y aprendan a hablar bien su idioma, el español. Muchos de los problemas que técnicos y profesionales confrontan en el mercado laboral se relacionan con su incapacidad para expresarse correctamente, en especial en los casos en que el lenguaje juega un papel fundamental en el ejercicio de una profesión o un oficio.

Hablar con propiedad es un atributo que se aprende a temprana edad. Y enseñarlo adecuadamente es una tarea primordial de la escuela, desde que se ingresa a ella, porque el regionalismo insular en el habla crea vicios imposibles de superar cuando se alcanza cierta edad.

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¿Identidad nacional? ¿Qué cosa es eso?

Cuando hablamos de fortalecer la identidad nacional ¿a qué nos referimos? No es estéril la pregunta. En la escuela aprendí que los símbolos patrios y los próceres forman parte de esa identidad. Luego me di cuenta de que también la forman los productos de nuestros campos y de las industrias; el legado intelectual de sus hombres y mujeres de letras, el folclor, la gastronomía, el paisaje, su arte, sea en la música y las artes plásticas, la arquitectura y, sobre todo, sus humores, que cambian según la temperatura, tanto la que surge del clima como la de la política.

La desidia resultante del diario y quejumbroso quehacer cotidiano destruye la obligación nacional de preservar los elementos que hacen de esa identidad el rostro real de la nación; una marca país se dice ahora. Me he cansado de observar, por ejemplo, que el más importante de esos símbolos, la bandera, para muchos carece de sentido por lo cual se la irrespeta, se izan incluso en edificios públicos banderas en muy mal estado; a veces con distintas tonalidades del azul, una del lado de la otra, en penosa violación de la ley que regula su uso.

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El verdadero enemigo

Si hay algo que resulta inexplicable del carácter nacional, es la tendencia a menospreciar el potencial que le ha permitido a nuestro país levantarse por sus propios medios después de cada caída. Tras décadas de dictadura y un breve experimento democrático abortado que generó una confrontación civil y una segunda intervención militar extranjera, aun en esa hora difícil de nuestra historia, en medio del más sombrío panorama, esta nación encontró razones para ponerse de pie y encarar desafíos más grandes que sus propias fuerzas.

Ni las perennes divisiones que a veces parecían y aún parecen abatirnos han sido suficientes para derrotar ese espíritu emprendedor, que nos ha convertido en una estable democracia y en una sólida economía, superior a la de países mucho más grandes e incluso dotados de mayores recursos. Esa es la razón por la que, a pesar de nuestras necesidades, limitaciones y tropiezos, seamos un país de gentes felices aun en el sufrimiento.

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La Heroica, de Bethoven a Napoleón

De todas las obras del genial compositor alemán Luidwig Van Bethoven, ninguna tuvo el impacto que la Tercera Sinfonía, La Heroica, en mi bemol mayor, opus 55, que al decir de los expertos marcó el comienzo del romanticismo musical, porque fue capar de romper con los cánones del tradicional clasicismo de su época. Esta obra, que Beethoven dedicó inicialmente a Napoleón Bonaparte, no fue bien recibida tras su estreno en Viena en 1805, bajo su dirección. Sus críticos, que no resistían su temperamento apasionado y agrio, la calificaron de excesivamente larga, inconsistente y aburrida.

La obra le había costado al autor dos años de arduo trabajo. Cuando Bonaparte se proclamó emperador en 1804, Beethoven rayó el nombre con enfado y sustituyó el segundo movimiento, “La marcha triunfal”, por una marcha fúnebre, y llevó después ese segundo movimiento al último de su Quinta Sinfonía. Cuando la obra fue posteriormente publicada, en 1806, le dio el título de “Sinfonía Heroica compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre”, para mostrar su desencanto con el restablecimiento del imperio francés.

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