Las campañas electorales dominicanas

Al entrar en un año preelectoral de pronósticos intensos, una de las prácticas que debemos superar es la de atiborrar la geografía nacional con vallas, letreros y afiches promocionales de los candidatos, que afean las ciudades y carreteras y crean contaminación visual, y en muchos casos un peligro para los conductores, cuando esa promoción oculta señales de tránsito. La tradición ha sido que finalizada cada campaña ningún partido se ocupa ni se preocupa de cumplir con la obligación no escrita de limpiar las áreas que han embadurnado con su propaganda, para facilitar por lo menos el necesario tránsito hacia la normalidad.

En muchos países la difusión de este tipo de publicidad está muy controlada y la violación de las normas se paga a veces con la anulación de candidaturas o fuertes penalidades económicas. Ese control determina los lugares donde se permite el despliegue de material promocional incluido su volumen. También establece plazos para el retiro y el incumplimiento de la norma implica sanciones para aquellas autoridades responsables de hacerlas cumplir.

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Decisión que no debemos postergar

Como nación, no individualmente como gobierno o sector privado, tenemos que decidir cómo queremos vernos en el futuro. Por ejemplo, bajo qué tipo de sistema aspiramos a vivir. Es decir, preferimos un sistema centralizado en que todas las decisiones las adopte el Gobierno y sea éste quien trace el rumbo del país y las pautas en la cultura, incluso en asuntos tan personales como la educación de los hijos y la forma de hacer negocios o, por el contrario, optaremos por un régimen menos paternalista, en el que la iniciativa privada asuma un rol fundamental, con un disfrute amplio de las libertades civiles. En otras palabras, con el Estado asumiendo un papel esencialmente regulador, como garante de los derechos ciudadanos y del respeto a la Constitución y las leyes.

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Un voto de deslealtad diplomática

Con la abstención dominicana, equivalente a un cambio radical en la política exterior del país, la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó el viernes, en su última sesión del 2022, una resolución de condena a Israel que lo acusa de ocupar una tierra que no le pertenece. La decisión pide la intervención de la Corte Internacional de Justicia para hacer cumplir la resolución.

No es la primera ni será la última iniciativa del mundo islámico para desalojar a los judíos de su tierra, de la que ya habían sido extrañados por dos milenios, tras la destrucción del Segundo Templo, a inicios de la Era cristiana.

La iniciativa palestina fue aprobada por 87 votos a favor, 26 en contra y 53 abstenciones. Occidente se dividió nuevamente en la discusión del tema y el mundo islámico votó con unanimidad, incluidas las naciones árabes que mantienen relaciones formales con Israel. La abstención dominicana equivale en la práctica a una condena a Israel por cuanto, generalmente, había coincidido en el tema con el voto de las democracias occidentales. Un voto, a mi juicio, de deslealtad diplomática hacia una nación amiga con la que mantiene vínculos muy estrechos desde el restablecimiento de la nación judía en 1948.

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Lectura de Año Nuevo

Por años, melómanos y expertos se han dedicado a la tarea de clasificar las mejores composiciones o fragmentos de obras clásicas, difícil esfuerzo que origina a menudo controversias. Como resultado de ello, las siguientes han sido consideradas por los expertos entre las más bellas jamás escritas:

Adagio para cuerdas (Adagio for the stings), del estadounidense Samuel Barber; Jesus joy of man’s desiring (Jesús, alegría de los hombres), de Juan Sebastián Bach; el décimo movimiento de la cantata Herz mund und tat und leben, que suele interpretarse en ceremonias de bodas, con un tempo lento, en contraposición con lo escrito por el autor en la partitura original. Canon, de Johann Pachelbel, composición barroca en re mayor para tres violines y bajo, a lo que con el tiempo se le han hecho arreglos para otros instrumentos.

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Haití no es culpa nuestra

Cuando cotejo las reacciones a las denuncias contra el país por el tema migratorio, me asalta el temor de que pudiera estar creciendo entre nosotros un sentimiento de culpa por la penosa situación que enfrenta el pueblo haitiano y, muy especialmente, aquellos que han tenido en el territorio nacional la oportunidad que su nación no les ofreció. No es mi propósito entrar en el estéril debate, en este pequeño espacio, de si esas oportunidades les han servido de algo. Me resisto a añadir otra pérdida de tiempo a una discusión que a lo largo de los años no ha conducido a ninguna parte.

Lo cierto es que a partir de la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, la República Dominicana ha sido objeto de persistentes críticas, muchas de ellas injustas, que distorsionan la realidad de la inmigración ilegal masiva y creciente, un flujo humano que desborda desde hace tiempo la capacidad nacional para asimilarlo. La imagen que se ha creado de nosotros como nación ha generado estereotipos, contra los cuales se ha tenido que lidiar para hacer entender a la comunidad internacional la validez de los argumentos que sustentan la política migratoria dominicana, hoy muy ambigua.

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Breve reflexión de fin de año

Tratemos de ser realistas. El país no está en condiciones de valerse por sí solo porque no se me ocurre algo más alejado de una autarquía que la República Dominicana. Entonces, pongamos los pies en la tierra y analicemos algunas irreflexivas acciones pasadas. Por ejemplo, la estatización de la mina de oro de Pueblo Viejo no pudo ser experiencia más decepcionante. El inmenso pasivo ambiental de esa zona fue el único legado de esa nacionalización, recibida en su momento como un acto de soberanía reivindicativo de nuestros recursos naturales.

No existe una sola evidencia del beneficio que esa nacionalización le trajera al país o a la provincia Sánchez Ramírez. No existe ni existió nunca una herencia material que pruebe que esa acción pueda ser catalogada como un acto positivo. Mucha gente salió ganando, es cierto, pero a un precio muy alto para el país. Otro ejemplo: la readquisición por el Estado de las empresas distribuidoras durante la administración del PRD, con la onerosa carga que ha significado en el suministro de energía y en el cobro de la facturación.

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Un extraño en el paraíso

La distorsión más dañina al periodismo ha sido la creencia de que un medio está obligado a publicar o difundir todo lo que recibe, escriben o plantean sus reporteros y comentaristas. Los promotores de ese periodismo de “vanguardia” y de “compromiso con la verdad” entienden que la negativa del medio en que laboran a aceptar cuanto quiera decirse o escribirse en sus espacios y páginas constituye una violación a la libertad de prensa y una limitación del derecho a la libre expresión. La pretensión carece de base. En una sociedad democrática y plural como la nuestra imponerla lesiona el derecho de propiedad, tan legítimo como las demás libertades básicas.

Ningún medio está obligado a hacerse eco de aquello que considera lesivo o con lo que no comulga. Lo que sí erosiona la libertad son aquellas leyes y restricciones que suelen imponer los gobiernos para impedir la publicación de noticias que cuestionen el estado de derecho o las políticas oficiales, lo que no es el caso en la República Dominicana, porque aquí afortunadamente, nos agrade o no aceptarlo, hay tolerancia a una prensa crítica. Y amparada en ese clima democrático, crece una tendencia muy negativa a hacer mal uso de la libertad de expresión, y sabemos que nada hace más daño a la credibilidad del periodismo nacional que esa modalidad sin límite alguno, que a diario vemos y escuchamos.

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Los ladridos de jaurías

Periodistas y políticos han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aun a costa de marchar en la dirección contraria a la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilos y hacerse los simpáticos, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias. Muchos dominicanos temen decir lo que piensan, no tanto por temor al Gobierno, sino para no hacerse el blanco de una crítica o de una burla en las redes por gente que apenas sabe escribir y con escaso sentido, si lo tiene, de urbanidad. Por esa causa periodistas, políticos y ciudadanos temen endosar posiciones buenas de un gobierno o las de un adversario político. En mi caso apoyo lo que entiendo correcto venga del Gobierno o de la oposición, porque no todo lo que hace el primero es malo ni bueno cuanto dice el segundo.

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