Las viejas salas de redacción

Las redacciones de los periódicos no han sido siempre escuelas de aburrimiento. En el periodismo manual en que me desarrollé, en que se escribía en máquinas mecánicas y se usaban bolígrafos para corregir los originales, se daban tardes muy divertidas. En el centro de la herradura que fungía como mesa de redacción, en mi condición de jefe de corrección de estilo, jefe de información nacional y subjefe de redacción de El Caribe, por mis manos pasaron cuantas cosas las alas de la imaginación de los corresponsales de pueblo eran capaces de crear.

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Los grandes temas del olvido nacional

El país sigue inmerso en una discusión sobre las virtudes de una ley de fideicomiso público y las extemporáneas alianzas electorales, y esa atención relega a un plano secundario el interés por otros temas fundamentales, algunos de los cuales reposan por años en los archivos del Congreso y en el amplio espacio del olvido nacional.

Me refiero a la educación, a la necesidad inaplazable de dotarla de la calidad que haga de ella un fuerte instrumento del desarrollo futuro de la República. Y, por supuesto, de nuestra otra gran prioridad impostergable, como es el mejoramiento de las condiciones de salud del pueblo, hoy en crisis.

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Periodismo del más allá

Una de las herencias trágicas del autoritarismo propio de nuestra historia, y que aún se expresa en amplias esferas de la vida social, es la de aceptar cuanto se nos diga sin cuestionamiento alguno y propalarlo. Ni en el aula es común formular preguntas y esa modalidad de aprendizaje se ha exportado a ciertas formas de periodismo.

En julio del 2016, por ejemplo, recibió un tratamiento mediático especial la “revelación” hecha por el vocero de una muy activa ONG relacionada con el cambio climático, de que la visita esos días del canciller de Brasil al presidente Danilo Medina tuvo como propósito prevenirle acerca de una investigación del Ministerio Público de la nación suramericana en la que la figura presidencial se vería asociada a una trama vinculada a una empresa brasileña acusada allí de tráfico de influencias, sobornos y sobrevaluación.

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Churchill: “… al precio que sea”

En un momento crucial de la historia de la humanidad, cuando las fuerzas de la tiranía y el odio abrazaban a Europa, la voz y el temple de un gran estadista, Winston Churchill, se levantó sobre el miedo y la desconfianza, y su ronco timbre devolvió al Reino Unido el valor que finalmente hizo posible la destrucción del nazismo.

Cuando todo parecía perdido, con el Ejército británico a merced de las fuerzas de Hitler en Dunquerque, ciudad portuaria en el norte de Francia, Churchill no se dio por vencido. Con la oposición incluso de su gabinete de guerra ideó e hizo posible la operación Dínamo, la más gigantesca operación de rescate jamás realizada, con naves civiles, lo que permitió el regreso a casa de 300,000 soldados, vitales para el esfuerzo de guerra. Su discurso ante el Parlamento inyectó las energías que el pueblo necesitaba para enfrentar la amenaza nazi:

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De mesianismo y democracia

En la puesta en circulación de un libro del dirigente peledeísta y viejo amigo Franklin Almeyda, que recopila sus artículos en elCaribe, el entonces presidente del PLD, Leonel Fernández, comparó en diciembre del 2018 lo que, según dijo, le había tocado vivir desde que dejó la Presidencia de la República en agosto del 2012, con lo que en la historia bíblica se conoce como “la travesía del desierto”.

Para quien ha sido tres veces presidente de la nación, su caso se asemejaba a lo que padecieron Moisés y el pueblo hebreo al abandonar el reino de los faraones en Egipto en la búsqueda de la tierra prometida al pueblo elegido por Dios. De acuerdo con la reseña de los medios, Fernández dijo: “… lo que ha ocurrido con nosotros no es nada nuevo en la historia, pero uno no lo entiende bien hasta vivirlo; uno lo puede leer, lo puede estudiar, pero eso se entiende mejor cuando uno lo vive”.

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La inevitable soledad del poder

En sus memorias, Charles De Gaulle escribió: “La soledad que era mi tentación, se convirtió en mi amiga”. A qué más podía aspirar quien estuvo siempre tan cerca de la gloria.

A Balaguer, la soledad le fue igual. En ella extrajo las fuerzas que le mantuvieron en el poder y próximo a él hasta el mismo día de su muerte. No las fuerzas de las armas ni las derivadas del ejercicio del poder, sino las interiores, las que tanto al uno como al otro, guardando las diferencias, lograban levantar cuando todo parecía derrumbarse a su alrededor.

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El desafío de un lector

Un lector se molestó por mi respuesta a una pregunta suya. Me pidió opinión sobre quién ha sido el mejor compositor clásico de la historia y el más grande beisbolista dominicano. Acerca de lo primero le dije que ni Daniel Barenboim se aventuraría a responderle y como neófito en la materia yo apenas podía mencionar mis favoritos. “Beethoven, por supuesto”, respondió por mí. Claro, pero déjeme con Tchaikowsky , Mozart y Puccini, según como me sienta ese día, le acoté. “No querrá usted decir que son mejores. Le hablé de mis preferencias, me defendí. ¿Y dónde deja usted la Novena”. ¿Qué tiene que ver la Novena? ¡La de Beethoven!, me cortó con un grito de desesperación.

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Aportes diarios al pesimismo

Hay una considerable dosis de contribución de los medios al creciente pesimismo que se observa en amplios sectores de la sociedad, cuando se escucha constantemente decir que el país “está jodido”, “se jodió” o va a “joderse”. El problema radica en que el estado de ánimo resultante podría hacer que en situaciones muy adversas el mal augurio se cumpla, porque el derrotismo pulveriza las fuerzas con las que es posible y absolutamente necesario hacer que una nación se mantenga en pie o se levante cuando las rodillas flaquean.

Cuanto se escucha en la radio o se ve la televisión, especialmente en las mañanas e incluso en el espacio en que participo, es carga demasiado abrumadora, para gente que vive saltando de un problema a otro. Con ese legado diario, hay que ser en extremo optimista para ir al trabajo con deseos, o de confiar que el porvenir nos reserve cosas buenas. Al pasar balance de lo que se escucha o ve, tiendo a preguntarme muchas veces si no hay nada positivo que valga la pena resaltar, si los aportes de quienes trabajan desde sus hogares, los centros laborales y las oficinas públicas, para tratar de hacer lo mejor para el país carecen de valor noticioso, o simplemente tienen menor impacto en las mediciones de audiencia que un caso de difteria en la frontera o un ahogado a causa de las lluvias, convertidos frecuentemente en insumos de dramas mediáticos cotidianos.

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