El retrato preferido de mi madre

En la soledad de sus últimos años mi madre encontró un compañero con quien mataba su tedio en interminables soliloquios. Era un viejo cuadro de Jesús colgado encima de un retrato de mi padre que sus manos arrugadas movían a cada momento de un lugar a otro, en un espacio físico de apenas unas cuantas pulgadas. La imagen del Cristo tenía una sonrisa débil de tristeza, como si se empeñara en estar a tono con la tranquila soledad que sufría su acongojada propietaria. Era un recuerdo de bodas, que Esther, mi esposa, salvó de la destrucción años atrás enviándolo a enmarcar a tiempo.

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El periodismo es una adicción

Sobre el periodismo crítico que muchos medios y periodistas ejercen para honra del oficio, es bien cierto que los cambios experimentados por la sociedad han alejado el fantasma de la fuerza bruta, pero la intolerancia viste otros ropajes y se oculta casi siempre detrás del disfraz de la complacencia. Esos cambios y el proceso de globalización han dificultado la tarea de los censores y ya les resulta muy difícil a los gobiernos clausurar diarios y encarcelar periodistas por el solo hecho de ejercer la libertad de expresión y criticar las políticas gubernamentales.

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El compromiso ético del periodismo

La mayoría de los lectores cree que los columnistas somos personas superdotadas, con conocimiento pleno de cuantos asuntos abordamos. La percepción no es real. Pero lo importante es que los temas se traten con responsabilidad. En una democracia es indispensable la crítica y el ejercicio de la libre expresión del pensamiento.

Escribir una columna, especialmente si se hace una obligación cotidiana, conlleva un compromiso. No del tipo que usualmente se contrae al asumir una afiliación partidista. El compromiso al que me refiero es de naturaleza ética. Por lo general establece distancias que involuntariamente se crean con cada entrega diaria. En esencia cada artículo se convierte en una experiencia propia.

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¡Patria o muerte, venceremos!

La izquierda latinoamericana, todavía sembrada en la guerra fría, no escatima esfuerzos para desacreditar la inversión extranjera en los países democráticos, pero guarda un sospechoso silencio frente a las cada vez mayores concesiones del gobierno castrista para atraerse capital foráneo, que aumentaron con el restablecimiento de relaciones con Estados Unidos.

Muchas de esas concesiones serían difíciles de imaginar aún en aquellas naciones en donde, según esa izquierda, existen regímenes de extrema derecha, sometidos a la voluntad del poder imperial estadounidense. Han sido muy escasos los grandes proyectos de inversión emprendidos en la República Dominicana, para citar un ejemplo, en los que esos grupos no se hayan movilizados para desacreditarlos y motorizar campañas de opinión con el propósito de ahuyentarlos. Por fortuna para el castrismo, en Cuba no existe esa izquierda, y por supuesto no se la permite y ni el más convencido de los comunistas se atrevería a oponerse a los planes de atracción de capital foráneo para resolver, por vías del capitalismo, las fallas de la revolución socialista, que tras sesenta y cinco años de tiranía mantiene a Cuba en la más humillante pobreza.

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La injusta valoración de mis críticas

A diario recibo correos y mensajes en las redes de la más diversa índole. Me llamó mucho la atención el de un buen hombre, un médico de profesión, me dijo, quien entiende que mis opiniones son fruto de una oposición a ultranza, criterio este al parecer muy expandido en la esfera oficial, según se me ha hecho saber por distintas vías. Cuando sopeso esta interpretación a las observaciones que con frecuencia hago a políticas, proyectos y conductas del sector público, me asalta la dolorosa sensación de que incurro en el mismo pecado capital en el que caen altas figuras y seguidores fieles del Gobierno; es decir, incapacidad para hacerme entender con claridad.

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Cuando la rutina adormece a los medios

El síndrome de la rutina frecuentemente se apodera de la prensa y me aterra pensar que yo sea también parte del problema. La curiosidad que guía las iniciativas periodísticas que suelen hacer historia, nos abandona. Me limitaré a dos casos, uno ya viejo y otro siempre vigente, que sacudirían al país y sobre los cuales no ha habido, al parecer, ningún intento serio de investigación, ni en el pasado reciente como tampoco ahora.

El primero se relaciona con la divulgación hace años de los papeles del Departamento de Estado filtrados por el sitio de Internet denominado Wikileaks y el segundo con la supresión, cada cierto tiempo, del visado a numerosas figuras públicas, entre las que el rumor público incluye siempre a funcionarios, congresistas, políticos y empresarios.

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El mayor de los imperativos

Uno de los grandes imperativos del presente, y del futuro por supuesto, es la necesidad de encontrar la forma de conciliar los logros del crecimiento económico con una mejor y más equitativa distribución de sus frutos. Entre la aceptación de esta realidad y la voluntad para llevarla a la práctica, han mediado siempre abismos insondables.

Tal vez uno de los más grandes defectos nacionales ha sido siempre la carencia de voluntad política para realizar aquellas empresas que demandan sus propias necesidades, y entender ese defecto no sólo como el fruto de decisiones y políticas gubernamentales, sino más bien como la falta de vocación general para acometerlas. Este es uno de los puntos, sin embargo, en que muchos políticos dominicanos, no todos, lucen totalmente parecidos. Por lo general saben identificar las metas sin la misma habilidad para encontrar el camino de su búsqueda. La diferencia entre la inacción, que ha sido tradicionalmente la causa de muchos de nuestros males, y el correcto encauzamiento, es una voz de marcha dictada a tiempo.

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Como dicen los abogados…

La creciente pasión por funcionarios “independientes” como pretendida salida a los problemas nacionales podría alentar la peregrina idea de llevarla a la presidencia de la República. Y si se lograran los esfuerzos de independientes por tener éxito en la lucha contra la corrupción y los malos hábitos de nuestra práctica política en el gobierno, no habría por qué extrañarse si nos acercáramos al día en que grupos de “independientes” aboguen por la elección de un presidente independiente. Todo depende, por supuesto, de cómo nos vaya. Si se diera la promesa desde una anhelada “independencia” de ir “con todo y contra todos”, sin importar que hayan sido presidentes, estaríamos sin duda en camino de superar el lastre de la corrupción y la impunidad que la hace posible.

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