La clase política

Uno de los signos más preocupantes de la realidad dominicana es el descrédito de la clase política. Lo dicen las encuestas y las expresiones de rechazo que se observan en el diario quehacer nacional. Pero no estará lejano el día en que ocurra lo mismo con la clase empresarial, si no se democratizan las organizaciones que la representan.

Muchas entidades empresariales no reflejan las transformaciones de la sociedad dominicana, y a causa de ello no pueden hablar por todo el sector, a despecho de que los gobiernos se sientan en estos ámbitos exclusivistas más cómodos y seguros. La apertura democrática ampliaría la capacidad de presión de esas entidades que han jugado, es justo reconocerlo, un papel muy importante en la discusión de los temas básicos.

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Un tema tabú dejado al olvido

Para muchos empresarios el régimen de libre empresa funciona en la medida en que se muestra tolerante ante el abuso y el afán desmedido de lucro. Y, naturalmente, deja de funcionar o no existe desde el momento mismo en que se ponen en movimiento normas o mecanismos para proteger a la comunidad de acciones vandálicas contrarias a la ley y a la más elemental ética comercial o profesional.

Uno de los grandes triunfos propagandísticos de quienes combaten la libertad de empresa es el haber creado estereotipos que actúan en la mente humana en contra de su existencia misma. Objetivo principal de esa propaganda ha sido, por ejemplo, desacreditar el derecho al lucro y a la propiedad como causas fundamentales del atraso, el subdesarrollo y el sufrimiento de las mayorías.

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Reflexiones de fin de semana

Para nadie es un secreto que las fallas de la libre empresa no se derivan exclusivamente de la injerencia estatal, por mucho que ésta haya entorpecido en el transcurso de los años su desarrollo y crecimiento. Los defectos de nuestro muy peculiar régimen de libre mercado se deben también, y en gran medida, al propio sector privado. Responden a los predominios de grupos, a los oligopolios y castas empresariales que han explotado hasta la saciedad el paternalismo estatal, invocando para su provecho la intervención del Gobierno en la economía, a sabiendas de que los privilegios trabajan en contra del sistema y de las oportunidades de los demás.

La capacidad instalada, señalada tantas veces como una razón de la poca funcionalidad o de la presunta existencia de libertad empresarial, ha sido esgrimida no siempre por el Estado, sino por grupos empresariales para evitar de esta forma la competencia o preservar irritantes concesiones. ¿Cuándo esas concesiones se reflejaron en el mercado, ya sea mediante un mejoramiento de los precios y de la calidad de los productos o mediante un incremento de la oferta?

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El país que debemos promover

La clase política ha logrado inculcarle a la gente la idea de que el país vive permanentemente enfrentado al choque de intereses contrapuestos. De un lado, el interés nacional, representado por el Estado y quienes ejercen el poder, y el particular, que emana de la actividad privada. En el falso criterio de valoración sobre el que esa tesis se sustenta, el primero es el legítimo y el segundo es el espurio, del que surgen todas las iniquidades que hacen de la nuestra una nación socialmente injusta debido a las enormes desigualdades existentes.

La teoría de la desigualdad basada en la existencia de los intereses particulares ha servido para encubrir la corrupción y el enriquecimiento ilícito de una clase política incapaz de plantear soluciones de fondo a los graves problemas nacionales y preservar de este modo los grandes y crecientes privilegios que el secuestro de la vida política por los partidos les ha permitido a sus dirigentes.

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Los retos que la realidad impone

Las grandes necesidades nacionales y los efectos de la crisis financiera exigen, sin mayores dilaciones, cambios drásticos en la agenda del Gobierno. No puede éste permanecer ajeno a cuanto ocurre en el mundo. Está moralmente obligado a asumir nuevas conductas frente a las realidades que enfrentamos. Su visión de corto plazo tiene que ser sepultada y dar paso a tareas de largo alcance, que permitan consolidar los sectores más dinámicos de la economía, conquistar los mercados que se han abierto con la firma de tratados de libre comercio con los grandes centros de consumo e impactar positivamente así en las expectativas de la población.

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El ruido nos aleja del debate

En el ruidoso nivel de discusión nacional no queda espacio suficiente para la moderación, cada día más reducido. Las pasiones y las posiciones extremas se apoderan del debate, y dejan sin posibilidad cualquier intento de bajar el tono y establecer canales de comunicación lo suficientemente limpios como para poder escucharnos y encontrar senderos hacia un lugar sereno, seguro y apacible. De suerte que de antemano es un vano esfuerzo transitar por ese camino cerrado. A muchos les parecerá exagerada la apreciación y se conformarán con la idea de estar todo en su puesto por ser asunto normal en una democracia la altisonancia en el enfrentamiento político.

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El ruido nos aleja del debate

En el ruidoso nivel de discusión nacional no queda espacio suficiente para la moderación, cada día más reducido. Las pasiones y las posiciones extremas se apoderan del debate, y dejan sin posibilidad cualquier intento de bajar el tono y establecer canales de comunicación lo suficientemente limpios como para poder escucharnos y encontrar senderos hacia un lugar sereno, seguro y apacible. De suerte que de antemano es un vano esfuerzo transitar por ese camino cerrado. A muchos les parecerá exagerada la apreciación y se conformarán con la idea de estar todo en su puesto por ser asunto normal en una democracia la altisonancia en el enfrentamiento político.

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Balaguer y la Constitución

Dos frases pronunciadas por Balaguer, citadas por sus adversarios fuera de contexto, le han perseguido incluso después de su muerte. Durante un largo período de precios deprimidos del mercado azucarero, el entonces presidente de la República intentaba obtener un aumento de la cuota en el mercado norteamericano, donde priman precios preferenciales. La situación internacional no le era nada favorable al país y el Gobierno dominicano tenía entonces problemas de comunicación con la Casa Blanca debido al deterioro del clima de derechos humanos prevaleciente en aquella época.

En un discurso ante la Asamblea Nacional, Balaguer apeló a la comprensión de la administración del presidente Nixon, señaló que si su presidencia constituía un obstáculo para el logro de una mayor cuota azucarera él estaría dispuesto a asumir un sacrificio y renunciar al cargo.

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