Chávez y Maduro, dos vergüenzas

Las locuras de Maduro han sepultado las excentricidades de Chávez, pero han dejado sobradas razones para avergonzar a los venezolanos. Cómo olvidar sus cotidianas exhibiciones de pirotecnia verbal, en los escenarios más insólitos, como aquella, por ejemplo, contra el presidente Bush, de labios de Chávez, quien aprovechando una visita a Nueva York con motivo de la Asamblea General de Naciones Unidas, bajo el manto de protección del clima de libertad que allí existe, llamó en ese foro mundial al presidente norteamericano “diablo”, “borracho”, “loco”, “asesino” y pidió al pueblo estadounidense que escogieran a otro presidente. ¿Qué hubiera sucedido si en Caracas, Bush, o cualquier funcionario de Estados Unidos, hubiese dicho algo parecido sobre el líder de la llamada revolución bolivariana o de su sucesor el señor Maduro, cuya emotividad supera por mucho la que mostrara Chávez ? Es fácil imaginarlo porque ni los venezolanos se arriesgarían a hacerlo.

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“…cuando regreso a casa”

Benjamín Disraelí, estadista inglés del siglo XIX, escribió: “Ningún gobierno puede mantenerse sólido mucho tiempo sin una oposición temible”. En el país esa sentencia no se cumple. El papel de los partidos se limita a la crítica, a veces por la crítica misma, y esa desnaturalización de su rol no ayuda al fortalecimiento de la democracia y les obnubila la visión de la realidad en la que se desenvuelven.

En política, aun en las naciones más ricas donde las necesidades de la población son menores, la realidad condiciona la acción de los gobiernos. En el caso nuestro esa realidad suele ser brutal, capaz de minimizar cualquier esfuerzo por encararla. Y la escasez de recursos hace más difícil el esfuerzo. De manera que la acción ejecutiva no alcanza por lo general a llenar todas las apremiantes demandas materiales de una sociedad que reclama la solución de problemas tan añejos como la república misma.

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El culto que encierra a los presidentes

El culto de la personalidad divorcia a los presidentes de la realidad. Las lisonjas les cierran los oídos a las voces del pueblo y de sus organizaciones representativas. Y terminan, por supuesto, llenando de fantasmas y de miedo los espacios a su alrededor.

El susurro permanente del anillo palaciego y el ambiente encantador y frívolo de las cortes de fines de semana, que se entregan como antídotos al estrés presidencial, consiguen a la larga el propósito de encerrarlo en jaulas de oro donde sólo llegan los ecos de esas voces. El resultado es un hombre temeroso de cuanto lo rodea. Reacio a escuchar opiniones críticas. Sensible a los juicios de una prensa independiente.

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Los amigos del Presidente

Un sistema político tan débil como el nuestro crea los factores que preservan su permisividad y abren enormes posibilidades a aquellos prestos a acudir al primer llamado de oportunidad. Son los contratistas y modernizadores de siempre. Los hadas madrinas que pretenden modificar el país con sus varas mágicas, llenas de falsas ilusiones.

Atados a realidades que los abruman, e imbuidos de sus propias ambiciones de fama y fortuna, los presidentes ceden con facilidad al embrujo de estos prestidigitadores. Pocos presidentes se han resistido al encanto de la adulación que estos personajes traen en sus portafolios llenos de planes y proyectos y vencidos pagarés de campaña electoral.

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La raíz de nuestros males

La causa principal de nuestros males y del pobre desarrollo democrático nacional la constituye la peculiar concepción de poder que tenemos los dominicanos. Entre nosotros existe la convicción de que el ejercicio del poder político otorga privilegios especiales. Esa errada concepción se ha transferido de gobierno a gobierno a través de nuestra historia republicana. Y nos ha impedido crecer al imponer viciosas prácticas oficiales semejantes en la práctica cotidiana más a una dictadura que a una democracia real.

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Los vicios del modelo dominicano

No se necesita ser émulo de Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía, para saber que las economías centralizadas generan estrechez y pobreza; constriñen el desarrollo y degeneran en el planeamiento de la vida ciudadana. Basta con la experiencia. Pero también es cierto que una economía de mercado sin restricción alguna impide la justicia social. En la práctica ambas se asemejan. De manera que requerimos de un modelo intermedio para garantizar el principio de la distribución del poder y propiciar oportunidades más equitativas dentro de un sistema de libre concurrencia.

En el modelo dominicano, la pronunciada presencia del Gobierno en la actividad económica genera una peligrosa asociación de funcionarios y empresarios corruptos con los resultados que todos aquí conocemos.

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La debilidad institucional dominicana

Nuestra primera prioridad en materia institucional debería orientarse al fortalecimiento de la posición de los ciudadanos frente al poder estatal. Tenemos otras muchas prioridades, es cierto, pero la experiencia política de las últimas décadas indica que nos hemos empantanado en el esfuerzo por consolidar las instituciones y con ello la democracia, cuya práctica entre nosotros sigue siendo débil y excluyente. Así, con el correr del tiempo, hemos destruido la capacidad de los ciudadanos para controlar de manera eficaz al Estado y a sus organismos represivos.

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¿Tiene la democracia un precio?

Cuando hablamos del precio de la democracia, nada me parece más horripilante que ese lugar común al que apelan diariamente los dirigentes del país para justificar los vicios de la política vernácula. Eso de “pagar el precio de la dominicana” no es más que una vulgar falacia, un intento de legitimar cuantas barbaridades ha padecido la nación para mantener los privilegios de una clase que controla los resortes de la vida política, como si se tratara de derechos nobiliarios, adquiridos por herencia, olvidándose de que al igual que la realeza europea, que se casa entre familia, los genes de la dirigencia política nacional han dejado ver desde hace tiempo sus estragos.

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