¿Pobre quién? Serán los estadounidenses

Apropósito de una reforma fiscal anunciada por el presidente Luis Abinader, hace años circuló por el Internet un correo en el que un residente en Estados Unidos se quejaba ante un familiar en el país por los lamentos de pobreza de sus compatriotas. El relato era ficticio, pero un buen ejemplo de nuestras contradicciones.

Refería cuánto le costaba explicarse cómo podemos considerarnos pobres cuando nos damos el lujo de pagar más caro aquí el agua, las tarifas eléctrica y de teléfono y pagamos por un auto dos veces el valor que cuesta en Estados Unidos. Y señalaba que pobres serían los residentes como él de la Florida, donde el gobierno federal que tenía en cuenta sus “precariedades” financieras, sólo les cobra un 2% de impuestos por ITBIS, mientras aquí pagamos el 18%, en adición a otros impuestos de “lujo”, los famosos selectivos al consumo por bebidas alcohólicas, cigarrillos y puros, que alcanzan en algunos casos más del ciento por ciento.

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La corrupción “salcochada”

Un amigo de antaño, decepcionado por el silencio oficial frente a la corrupción en los gobiernos, me preguntó cuál es la expresión correcta si “salcocho”o “sancocho”, para el exquisito y humeante milagro de la gastronomía criolla, que todos apreciamos y que de manera inexplicable apuramos bien humeante en los calurosos mediodías de nuestros cálidos veranos, con la servilleta en la mano izquierda para secarnos el sudor.

Como no soy lingüista, casi me rompo la sesera para calmar tan persistente emplazamiento. Confieso pues, que me ha puesto entre la espada y la pared, y en el dilema de dedicarme a descifrar, sin tiempo para la tarea, un enigma que en lo adelante le quitará todo encanto al placer de saborear tan demandada y sofocante propuesta culinaria.

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La satanización del lucro

En estos días ha vuelto a cobrar vigencia en el léxico político la palabra “lucro”, por décadas tan manoseada en la retórica dominicana. Al decir de muchos funcionarios y políticos, el lucro es incompatible con toda obra de bien colectivo y es una de las causas de las grandes desigualdades sociales que caracterizan a la sociedad en que vivimos.

Cuando el lucro es producto del tráfico de influencias, la corrupción administrativa, el narcotráfico, la prostitución, el juego y otras prácticas criminales y viciosas, la definición le viene al dedo. Pero la satanización del lucro proveniente de una operación o negocio lícito es una de las razones que explican el subdesarrollo material de muchas naciones.

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Un legado de atraso compartido

Los cinturones de miseria se han expandido por todas las capitales de esta parte del mundo en desarrollo. Es el gran legado común del atraso y la corrupción que ha caracterizado el ejercicio político en nuestros países. América Latina posee en conjunto uno de los mayores potenciales energéticos, hidráulicos, minerales y agrícolas del mundo. No obstante, el desempleo, el analfabetismo, la insalubridad y la falta total de identidad son sólo algunas de las dificultades todavía lejos de ser resueltas.

Los empeños por encontrar solución a esos problemas al través del esfuerzo conjunto han fracasado. La Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) que una vez simbolizó el sueño iluso de una América Latina grande, unida, próspera y solidaria, se desvaneció en medio de la apatía, el cansancio y la desilusión. Igual ocurrió con otros esfuerzos de integración subregional. La cruda realidad nos lleva ahora con mejores expectativas, a pesar de las dudas, hacia un libre comercio con los Estados Unidos, que deja atrás décadas de prejuicio y populismo.

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Un falso modelo de éxito periodístico

En periódicos escritos y digitales, en las redes y en programas de radio y televisión se lee y escucha a cualquiera llamar ladrón o corrupto a políticos, empresarios e incluso a periodistas, sin prueba alguna. La práctica se hace más extensiva cada día y se convierte en un modelo exitoso de periodismo; el que la descomposición social que sufre el país necesita, dirían sus defensores. La sufrieron las autoridades anteriores y la sufren las actuales. Era cuestión de tiempo.

La corrupción no es cosa nueva en la historia nacional. Como también es verdad que la protección legal que la resguarda es parte del quehacer político y empresarial desde la misma fundación de la República. Lo que no es cierto es que todos los funcionarios, políticos, periodistas y empresarios sean ladrones y corruptos. Y no establecer la diferencia cuando se aborda el tema de la corrupción es una terrible injusticia contra todos aquellos que ejercen con dignidad una función pública o un negocio legítimo.

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Una engañosa letanía

Con frecuencia se escucha hablar a los dirigentes nacionales acerca del “interés general”, al resaltar la importancia de privilegiar a la mayoría con respecto a las élites económicas dominantes. La frase tiene bella resonancia pero el uso que se le da es una repudiable distorsión de su alcance y significado. El interés general no es necesariamente excluyente ni contrario al interés de esas minorías. En esencia, el interés colectivo, general o como quiera llamársele, no es más que el conjunto o suma de los intereses legítimos particulares de todos los miembros de la sociedad.

Al igual que los intereses de los más pobres, los de los ricos son también parte del interés general de la nación. Las grandes naciones, no necesariamente grandes por su tamaño, no hacen esas diferencias y esa es una de las causas por las que han logrado progresar y salvarse del estancamiento y del subdesarrollo. Hablar de esto es un poco difícil, por cuanto los estereotipos nublan la discusión e introducen elementos irracionales en el debate. Lo cierto es que no podemos hablar de los derechos de los trabajadores si no aceptamos la legitimidad de los intereses de las empresas donde laboran. La nación es una sola, si bien prevalecen en ellas distintas realidades, en parte resultantes de los miopes enfoques con que solemos enfrentar los problemas propios de una economía pendiente aún de grandes saltos.

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La historia real del comunismo (y 2)

En nuestra entrega anterior señalábamos cómo a base de infinidad de mitos se atribuyó a la sociedad comunista un proceso permanente de evolución social que en realidad nunca poseyó, ni en la Unión Soviética ni en ningún otro lugar. El carácter heroico otorgado a los movimientos revolucionarios marxistas era y continúa siendo uno de los mitos más propalados.

Sin embargo, el heroísmo y el sacrificio extremo como se cuentan en las historias oficiales de esos movimientos, no fueron las notas descollantes en muchos de esos procesos revolucionarios. La colectivización, que provocó más de veinte millones de muertos, fue el paso crucial para la consolidación de la revolución bolchevique y es imposible encontrar en ese proceso negro de la historia soviética algún rasgo de humanidad o algo que la justifique, que no sea la ganancia del poder por parte de Stalin y sus colaboradores, convertidos en su tiempo en los nuevos zares de Rusia. Finalmente, la sociedad que pretendía ser perfecta e igualitaria se derrumbó en Rusia por efecto de sus propias contradicciones y carácter totalitario, no a consecuencia de una conspiración exterior del occidente capitalista.

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La historia real del comunismo (1 de 2)

La noche del 7 de noviembre de 1917 (octubre en el calendario adoptado después por los bolcheviques), unas dos horas después de que el crucero Aurora disparara su primera descarga en blanco contra el Palacio de Invierno de Petrogrado (después Leningrado y ahora San Petesburgo) y una hora escasa después de que el batallón de mujeres que lo defendía entregara sus armas, el buque disparó nuevamente contra el edificio en que se encontraban los ministros del gobierno provisional de Alejandro Kerenski.

El historiador Robert K. Massie describe esos momentos cruciales de la historia de la humanidad: “A las once, otras treinta o cuarenta descargas silbaron sobre el río desde las baterías de la Fortaleza de Pedro y Pablo. Sólo dos proyectiles tocaron levemente el palacio dañando el revoque. De todos modos, a las dos de la mañana del 8 de noviembre, los ministros se entregaron”.

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