El Estado interventor (3 de 3)

En el país sobran los controles, algunos fomentados por empresarios para preservar sus privilegios. El sistema de libre empresa apenas existe. Las deficiencias que se le atribuyen son el fruto de las medidas gubernamentales que lo hacen inoperante.

El gigantismo estatal estrangula el modelo, en beneficio algunas veces de pequeñas y privilegiadas elites empresariales que obstaculizan el desarrollo nacional. Estos grupos han tenido mucho éxito en propiciar alianzas con la burocracia gubernamental, en franca conspiración contra los verdaderos intereses nacionales.

Si las oportunidades no son las mismas para todos los agentes económicos no podemos hablar de libertad económica. El inmenso poder discrecional de los funcionarios públicos los pone por encima de la ley, lo que le ha dejado al país un penoso legado de corrupción e ineficiencia, con un altísimo costo moral, social y económico.

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El Estado interventor (2 de 3)

Para desgracia nuestra, los controles oficiales van más allá de la esfera de la economía. Concebidos teóricamente para garantizar suministros adecuados de productos básicos a la población, muchos de esos controles han terminado erosionando los canales de comercialización y abastecimiento. No se trata de negar la importancia del papel del Gobierno en la vida de una nación.

El problema estriba, por lo menos entre nosotros, que al trascender su presencia por encima de lo que dictan sus obligaciones constitucionales, los gobiernos descuidan sus tareas fundamentales. Y esto normalmente ocurre en detrimento de las propias responsabilidades adicionales que tratan de asumir. En definitiva, ni una cosa ni la otra. Lo ideal serían gobiernos menos interventores, lo que sólo sería posible si llegaran a aceptar su carácter esencialmente normativo. Renunciando a la pretensión de controlar todo el cuerpo social y económico del país, los gobiernos podrían adquirir una mayor capacidad y eficiencia para cumplir con sus funciones reales. Podrían dotar así al pueblo de los servicios que no han sido capaces de brindar en las áreas tan sensibles e importantes como la educación, la salud, el transporte, la agricultura, entre otras.

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El Estado interventor (1 de 3)

Si bien la falta de regulación originó el desorden financiero causante de la actual crisis global, el exceso de ella puede provocar más daño a la economía. En países con débiles instituciones, como es el nuestro, la creciente intervención del Estado en la economía suele producir distorsiones capaces de paralizar el ritmo de crecimiento y obstaculizar las inversiones y el ingreso de capitales tan necesarios para impulsar el desarrollo, fomentar el empleo y combatir las consecuencias de la mala calidad del gasto público.

Existen muchas reservas sobre la tendencia, a conferirle al Estado un papel de mayor preponderancia en la vida económica nacional. La razón descansa en las penosas experiencias de ensayos pasados y presentes. Por acción de los gobiernos el Estado dominicano ha ido creciendo de forma brutal, al punto que interviene o husmea en la vida de cada ciudadano, de manera directa e indirecta, haciéndole la vida una carga muy difícil de sobrellevar.

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La paloma de la paz

A comienzos de la Guerra Fría, a mediados del siglo pasado, los gobernantes de las cuatro grandes potencias se reunieron en París en un esfuerzo por poner fin a las tensiones que arrastraban al mundo a un holocausto nuclear. Los líderes allí convocados, Charles De Gaulle, Dwigh Eisenhower, Harold Mcmillan y Nikita Kruschev, abandonaron la reunión sin haber llegado a un acuerdo. El corresponsal Henry Shapiro escribió: “La paloma de la paz se posó hoy sobre el Palacio del Eliseo en París y los cuatro grandes allí reunidos aunaron esfuerzo para espantarla”.

El episodio sirve para ilustrar la facilidad, con persistencia añadida, con que aquí, nosotros, espantamos toda posibilidad real de conciliación siempre que el ave de la paz se aposenta en el ámbito de la política dominicana. No transcurre un solo día en que una declaración, o una acción partidista no arrojen sobre el panorama electoral un manto de sombras, oscureciendo con ello el panorama nacional en la vecindad de unas elecciones presidenciales convocadas dentro de lo que la Constitución dispone, pero enmarcadas en circunstancias que hacen de ellas una prueba de fuego para la aún débil democracia dominicana. Cuando no es una denuncia alegre y sin fundamento de conspiración, o amenazas de muerte contra figuras importantes, son problemas en el centro de cómputos en la JCE, o nuevas revelaciones de la práctica viciosa de uso ilegal de recursos públicos para crear un desbalance electoral.

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Más impuestos y préstamos

Cuesta entender las razones por las cuales los dirigentes de países como el nuestro, se resisten a aprender de las experiencias económicas de las naciones ricas. La mayoría de esos países han tenido la fortuna de darse gobiernos con un sentido amplio de las realidades, que en situaciones difíciles, han asumido la responsabilidad de tomar los toros por los cuernos.

Ronald Reagan, por ejemplo, comprimió el gasto público, achicando así el papel del gobierno, mientras reducía los impuestos. La economía norteamericana comenzó a crecer y el nivel de vida de los estadounidenses mejoró notablemente. En más de una ocasión, la Junta de Reserva Federal de los Estados Unidos ha bajado las tasas de interés para impulsar la dinámica económica. El dinero deja de ser una mercancía de lujo, los préstamos se abaratan y la gente dispone así de mayor accesibilidad a préstamos para adquirir viviendas y resolver otras necesidades familiares o de sus empresas. Idénticas fórmulas han sido ensayadas con éxito en muchos otros países en distintas oportunidades.

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Un gobierno rico para una nación pobre

Nuestro verdadero problema es el creciente papel del gobierno en la vida de los ciudadanos. De él se derivan los demás. A despecho de la retórica a favor de una disminución de ese rol a los asuntos fundamentales, los gobiernos terminan actuando como avaros pulperos, con el perdón de aquellos que se ganan honestamente la vida detrás de los mostradores y a los que talvez estaría ofendiendo con la infeliz comparación.

La dirigencia política se pierde en la ilusión de que un gobierno rico puede hacer de todo, e incluso remediar con aluviones de recursos las consecuencias de sus propios errores.

En naciones pobres y pequeñas como la nuestra, los gobiernos se hacen ricos a costa de empobrecer a la sociedad. No quieren darse cuenta de que un peso en buenas manos privadas genera más riqueza y soluciona más problemas que cincuenta en manos del Estado. El ogro benefactor del que hablaba Octavio Paz al censurar el gigantísimo estatal se torna cada vez más grotesco.

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Diplomacia y comunicación oficial

En esencia, los logros de los viajes presidenciales son de carácter diplomático. Su importancia radica curiosamente en esa peculiaridad. Ningún conocedor de la realidad internacional se atrevería a criticar, por ejemplo, la celebración anual de la Cumbre Iberoamericana. Si bien es cierto que muchos de los acuerdos suscritos en esas conferencias no han sido aplicados todavía, la familiaridad que al través de esas citas presidenciales se consigue abre las puertas de muchas oportunidades futuras.

Muchas salidas de los presidentes no han tenido carácter de Estado y, por ende, se ha tratado simplemente de viajes privados y políticos. Pero aun bajo esas condiciones, pueden ser provechosos si se realizan dentro de un marco de transparencia total que no tienen todavía.

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La separación de poderes inexistente

La Constitución consagra la separación de los poderes. Pero ni el Congreso, ni la Suprema Corte de Justicia tienen aquí facultades reales para vigilar las actuaciones del Ejecutivo.

La tradición ha impuesto también algunas limitaciones a los medios de comunicación en su trato con los poderes fácticos. En aras de una buena y permanente relación con esos poderes, especialmente el presidencial, lo mejor ha sido siempre no hacer demasiadas preguntas. Asuntos tan fundamentales como la salud y la vida personal de los presidentes y de los líderes nacionales, no se tratan en los medios con la libertad y transparencia con que se hace en otras naciones. Un informe del Departamento de Estado norteamericano señalaba hace ya algún tiempo que algunos medios, en mi opinión no todos por supuesto, se autocensuran.

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