Un amigo aspirante

Por: Nélsido Herasme

Porque nuestro amigo Renso Minyetty es una persona correcta, un contador público y asesor financiero que nos honra con su profesión, nos gustaría verlo presidiendo la Cámara de Cuentas y devolverle su dignidad y decoro a esta noble institución, cuyo papel es el de lograr en el marco de la Ley 10-04 la independencia para que las auditorías realizadas a las instituciones del Estado se cumplan con apego a las normas.

Minyetty, un profesional de la contabilidad con más de 30 años de ejercicio ha presentado su candidatura para presidir la Cámara de Cuentas, cuya propuesta de candidatura ha sido avalada con los documentos requeridos para participar en el proceso de evaluación y selección de los miembros de la esa entidad.

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La paz laboral

Entre las muchas tareas que nos traerá el 2021, estará la búsqueda de un aumento del salario mínimo que ya han planteado las principales entidades gremiales. No será nada nuevo, porque esas discusiones son ya parte de la tradición y cada cierto tiempo ponen de relieve las diferencias de criterio entre empleadores y sindicatos. Lo que haría diferente esas negociaciones, es el marco en la que se producirían, en medio de una pandemia y los esfuerzos por restablecer la vitalidad económica al nivel en que nos encontrábamos en marzo pasado, cuando el Covid-19 alteró la vida nacional.

En el fragor del diario quehacer, el tema del salario mínimo puede parecer irrelevante. Pero detrás se esconde la permanencia de una paz laboral que el país ha disfrutado por 40 años ininterrumpidos y que en cierta medida ha contribuido a impulsar el crecimiento de la economía y la estabilidad que todavía, a pesar de la crisis sanitaria, se disfruta en el ámbito de los negocios. Ese extendido periodo de tranquilidad siguió a los sangrientos disturbios de abril de 1984 en los que murieron decenas de dominicanos, cuya cifra probablemente nunca se sabrá, ocasionados por el descontento provocado por un programa restrictivo de medidas económicas derivadas de un acuerdo con el FMI.

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Dos grandes tenores mejicanos

Como esporádicamente escribo sobre ópera, una de mis pasiones, muchos lectores podrían llegar a la errónea conclusión de que soy o me considero un experto en el tema. La verdad es que lo hago desde mi perspectiva de lego en la materia sólo por el deleite que me produce y para refrescar un poco el ambiente, caldeado por el fanatismo político. Por esa única razón complazco muy brevemente, por razones de espacio, a un amable lector interesado en saber mi opinión acerca de dos grandes tenores mexicanos: Rolando Villazón y Ramón Vargas.

Aunque tuvo problemas con un quiste en sus cuerdas vocales que le obligaron a cancelar muchos compromisos años atrás y someterse a una operación, Villazón fue sin duda uno de los tenores líricos más celebrados de finales del siglo pasado y comienzos de este. Y probablemente, además, un grande intérprete del repertorio barroco. Sus actuaciones con la soprano Anna Netrebko en diferentes escenarios merecieron los más cálidos elogios de la crítica catalogándolos como “la pareja estelar de la ópera”, con una excepcional compenetración sólo comparable a las de Luciano Pavarotti y Joan Sutherland y las inolvidables apariciones de María Callas y Giuseppe Di Stefano y Callas y Jussi Bjorling, a mediados del siglo pasado.

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El inaplazable pacto fiscal

Viajar al interior en vehículo propio cuesta 60 pesos por carreteras construidas con millones de dólares del presupuesto.

Este es el único país en el que se paga una sola vez por el paso dos veces por un mismo peaje y según estadísticas el 52% del parque vehicular lo forman motores de dos ruedas que no pagan ese derecho de tránsito. Alrededor del 63% de los ingresos fiscales provienen del consumo, lo cual significa que la mayor parte del financiamiento de las estructuras del Estado recae sobre la clase media y los grupos de menores ingresos. Además, las exenciones fiscales a los sectores más favorecidos equivalen entre el siete y el ocho por ciento del PIB, suma que se acerca o supera los 200 mil millones de pesos, un monto cercano a la quinta parte del presupuesto nacional, para el 2021.

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El valor de la democracia

Las dictaduras y los gobiernos autoritarios son más fáciles de sostener que una democracia auténtica. Sólo necesitan valerse de la fuerza y de la intimidación para mantenerse y luego el miedo los hace una costumbre. Lo hemos vivido una y otra vez en esta nación, en la que sus fundadores, los que se entregaron a la causa de la redención del pueblo, terminaron en el cadalso o murieron en pobreza atroz en el exilio, olvidados de aquellos que habían contraído con ellos una deuda de gratitud impagable.

La democracia, en cambio, requiere de una construcción basada en la tolerancia y la paciencia. No se edifica de un tirón como las dictaduras. Es una cultura. Los gobernantes democráticos están obligados por las constituciones y las leyes y están moral y legalmente forzados a respetarlas y hacerlas cumplir, por encima de sus simpatías y compromisos personales o de logias.

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Reflexión de mediados de semana

El país no está en condiciones de valerse por sí solo porque no se me ocurre algo más alejado de una autarquía que la República Dominicana. Entonces, tratemos de ser realistas y analicemos algunas acciones pasadas. Por ejemplo, la estatización de la mina de oro de Pueblo Viejo no pudo ser experiencia más decepcionante. El inmenso pasivo ambiental de esa zona en proceso de remediación es el único legado de esa nacionalización, recibida en su momento como un acto de soberanía reivindicativo de nuestros recursos naturales.

No existe una sola evidencia del beneficio que esa nacionalización le trajera al país o a la provincia Sánchez Ramírez. No existe ni existió nunca una herencia material que pruebe que esa acción pueda ser catalogada como un acto positivo. Mucha gente salió ganando, es cierto, pero a un precio muy alto para el país. Otro ejemplo: la readquisición por el Estado de las empresas distribuidoras durante la administración del PRD 2000-2004, con la onerosa carga que ha significado en el suministro de energía y en el cobro de la facturación.

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El temor a las redes

Muchos periodistas, y también políticos, por qué no decirlo, han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aún a costa de marchar en la dirección contraria a la de la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilo y hacerse el simpático, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias.

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Un típico exceso mediático

Hace tres años en las redes se dijo que un hijo de la entonces presidenta de la Cámara de Cuentas, un militar de carrera con rango de general, figuraba en una nómina de la CDEEE como asesor de seguridad. La nota fue circulada con un tono crítico contra la doctora Licellot Marte de Barrios y bastó para que en programas de radio y televisión se le echara ácidamente en cara ese hecho como una muestra de su supuesto compromiso político con el gobierno para encubrir la corrupción.

Esto último me pareció un abominable ejemplo de pésimo e irresponsable periodismo, porque si bien ella, como cualquiera otra autoridad pública, estaba sujeta a valoración, tenía que hacerse en base a su trabajo y apego a los principios de tan alto cargo y no por otras circunstancias. Mucho menos cuestionando el derecho de un hijo mayor de edad, a ocupar cualquiera otra posición, sobre la que ella no tiene decisión de nombramiento. Podría alegarse, como en efecto se hizo, que corresponde a la Cámara de Cuentas auditar a la Corporación de Electricidad, lo que a priori sería un prejuicio, a menos que puedan presentarse evidencias de complacencia dolosa, lo que en ese caso ninguno de los comentaristas que escuché pareció interesado en hacer.

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