Aprovechemos nuestros recursos

Como todo país, el nuestro tiene derecho a explotar racionalmente sus recursos naturales, incluso los no renovables. Y puede hacerlo en condiciones amigables con el medio ambiente. El fundamentalismo ambiental podría frenar los planes de desarrollo de la economía si llegara a pautar las reglas del debate. Por eso, la mayoría de las naciones lo han encarado aprovechando con racionalidad su petróleo y otras riquezas del subsuelo.

¿Por qué los dominicanos no podemos hacerlo? Es cierto que toda explotación conlleva un riesgo ambiental, pero este puede ser perfectamente neutralizado con las tecnologías existentes y la explotación de Pueblo Viejo es un buen ejemplo de ello. La oposición radical a la minería de gran escala puede convertir, como ya fue el caso de Loma Miranda, un tema del más alto interés nacional, en mero asunto de opinión pública.

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Reflexiones de fin de año

Para la mayoría de los ciudadanos de nuestro país, atribulado por los desencantos y las frustraciones de décadas de miseria e injusticia, lo importante no es quién los gobierne, sino cómo se comportan las personas sobre las que recae esa enorme y grave responsabilidad. En otras palabras, lo que interesa realmente es que los gobiernos trabajen por el bien común, fortalezcan las instituciones, respeten los derechos ciudadanos, protejan las libertades civiles y cuiden el patrimonio público.

Nadie en su sano juicio quiere, por tanto, el fracaso de una administración. El bienestar familiar depende de la marcha del país. Si la economía se cae los dominicanos caen con ella. Si se erosiona el clima de libertad, se cierra el espacio donde se mueven y laboran.

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Reflexión sobre la paz laboral

A pesar de las dificultades propias de una economía pequeña, antecedentes de permanente rivalidad política y un historial de escasa concertación, el país ha podido encarar grandes desafíos resultantes de los cambios en las relaciones internacionales y el comercio entre las naciones originados en las últimas décadas. ¿Cuál ha sido la clave de ese éxito relativo? Si observamos con serenidad y exento de fanatismo el proceso, no sería difícil señalar que se trata de un logro cimentado en un largo periodo de paz laboral.

En el fragor del diario quehacer, esa realidad pudiera parecer irrelevante. Pero esa paz laboral de más de 35 años ininterrumpidos ha contribuido a impulsar el crecimiento de la economía y la estabilidad que se disfruta en el ámbito de los negocios. Ese extendido periodo de tranquilidad siguió a los sangrientos disturbios de abril de 1984 en los que murieron decenas de dominicanos, la cifra probablemente nunca se sabrá, ocasionados por el descontento provocado por un programa restrictivo de medidas económicas derivadas de un acuerdo con el FMI.

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El Manifiesto Comunista y la Comuna de París

Con frecuencia en ámbitos académicos e intelectuales se habla de la Revolución de Octubre de 1917, como si se tratara del primer modelo de revolución proletaria. Lo cierto es que la primera fase de la revolución, en la que se destruyó el sistema feudal zarista, terminó en 1923, con el triunfo de los bolcheviques en la guerra civil que siguió al derrocamiento del zar Nicolás II.

Y es a partir de ahí, de hecho, que se inicia formalmente la fase en que se implementan los fundamentos de la teoría enunciada por Carlos Marx y Federico Engels en el Manifiesto Comunista, un documento de 23 páginas publicado originalmente en Londres en 1848, y que ha sido considerado como uno de los textos políticos más influyentes de la historia.

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El oficio de columnista

Fuera Oscar Wilde o José María Vargas Vila, recurro a la pérfida memoria, quien dijera que es “más fácil esclavizar el alma de un hombre libre que liberar la de un esclavo”, poco importa para los fines de esta entrega, porque la obligación de redactar una columna y hacer un comentario diario pueden ser formas benignas de esclavitud.

El oficio de columnista no es tan fácil como parece, especialmente si se hace a diario, como he venido haciendo desde septiembre de 1978, porque se tocan muchos callos y se corre el riesgo de lastimar a gente a quien se quiere y admira. En los 43 años y meses como columnista he publicado alrededor de 15,000 artículos, la mayoría de ellos críticos del poder y de denuncias sobre malas actuaciones en el sector público y el único mérito que reclamo por el esfuerzo es el no haber incurrido en un desatino que motivara alguna demanda, como ocurre a menudo en nuestro ambiente político y social contra colegas de más talento.

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Dos embajadores en Roma

Desde la firma de los Pactos de Letrán, entre Pío XI y la dictadura fascista de Benito Mussolini, en febrero de 1929, con los que Italia reconoció la sede papal como Estado independiente, los países occidentales tienen acreditados embajadores ante el palacio del Quirinal, sede de la jefatura del Estado italiano, y el Vaticano. Sólo que muchos de ellos, por razones económicas, utilizan a un solo embajador para llenar las dos funciones. El país, en cambio, se gasta el lujo de tener allí dos representantes, es decir, dos sedes diplomáticas en una misma ciudad, con dos nóminas de personal, dos dotaciones y dos salarios altísimos para sus embajadores.

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La debilidad frente al poder estatal

Nuestra primera prioridad en materia institucional debería estar orientada al fortalecimiento de la posición de los ciudadanos frente al poder estatal. Tenemos otras muchas prioridades, es cierto, pero la experiencia política de las últimas décadas indica que nos hemos empantanado en el esfuerzo por consolidar las instituciones y con ello la democracia, cuya práctica entre nosotros sigue siendo débil y excluyente. Así, con el correr del tiempo, hemos destruido la capacidad de los ciudadanos para controlar de manera eficaz al Estado y a sus organismos represivos.

Lo que no acaba de entender el liderazgo político, tal vez porque no le conviene hacerlo, es que nuestra primera y más importante prioridad en el ámbito institucional se reduce a la necesidad de crear una opinión pública con suficiente peso para controlar un poder estatal que cada vez se proyecta más dominador con efectos embrutecedores de la conciencia cívica de los dominicanos.

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El día que “muera” la minería

En una entrevista radial un profesor universitario casi gritó: ¡Muera la minería! La expresión me golpeó con la fuerza de un huracán y me pregunté qué pasaría si el creciente fundamentalismo ambiental se impusiera y los gobiernos decidieran acabar con la explotación de los recursos naturales para enfrentar los efectos del deterioro del medio ambiente y el calentamiento global del planeta. No es difícil imaginarlo. Sin petróleo, gas natural, zinc, oro, plata, aluminio, cobre, ferroníquel, mercurio y los demás minerales, al cabo de muy poco tiempo, tendríamos que cerrar los puertos y aeropuertos, porque no habrían barcos ni aviones; las industrias, los hospitales, los restaurantes y la construcción de edificios, escuelas y carreteras, ya no serían posibles.

No tendríamos cómo preservar los alimentos, las neveras no funcionarían por falta de electricidad, y no habría forma de llegar temprano al trabajo, si llegaran a quedar empresas, porque el transporte no existiría ¿de qué están hechos los buses y automóviles sino de recursos extraídos del subsuelo?

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