Sobre el sufragio obligatorio

A comienzos del presente siglo, se intentó un reglamento electoral que prohibiría la abstención y sancionaría toda propaganda promocional de la misma. Si algo como eso llegara a aprobarse, posible en un país sin instituciones fuertes, debería concluirse el trabajo de destrucción de la libertad de elección del pueblo dominicano, eliminando la categoría de ciudadano y en su lugar clasificar a los electores con el nombre de borregos.

Porque en eso nos convertiríamos. Dejaríamos de ser ciudadanos con capacidad para decidir libremente en materia electoral, para convertirnos en una sociedad de asnos, conducidos cada cierto tiempo como manada a los centros de votación para darles nuestros votos a favor de quienes una boleta del organismo nos indique.

Es cierto que hay países todavía en donde votar es obligatorio, con fuerte penalidad para quien no lo haga, incluyendo la pérdida de derechos civiles por un año, y ya sabemos los penosos resultados de ese ejemplo en particular. Pero esa obligación riñe con el principio del derecho a la libre elección, consagrada en la Carta Magna y atenta contra otros derechos humanos fundamentales.

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Los nombres de los hijos

Ni en las peores dictaduras se ha limitado el derecho de los padres a ponerles los nombres a sus hijos. La de Trujillo figura entre las más crueles, horrendas y corruptas en la historia continental. El «jefe» limitó el derecho de tránsito, prohibió la libertad sindical y política, encerró, exilió y asesinó a sus opositores, pero nunca se le ocurrió, ni en sus días finales de delirio, impedirles a los padres elegir los nombres de sus vástagos.

Como si no tuviera otra cosa por hacer, la Junta Central Electoral elaboró a mediados de la primera década del siglo, un proyecto para regular esa potestad de padres y madres, y asignársela a los responsables de las oficialías civiles. La infeliz y descartada iniciativa carecía de toda lógica, pues era suprema estupidez darle facultad a un oficial civil para decidir qué nombre deben llevar los hijos de otros.

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La valoración del voto (1)

A pesar de la vasta experiencia nacional en materia eleccionaria, todavía los dominicanos no saben apreciar a cabalidad el valor del voto.

Elecciones tras elecciones, buena parte del electorado lo hace por aquel considerado como el «menos malo». Una vez eliminadas así las más malas opciones, el país se queda de todas formas con una mala. Y mala al fin, en la práctica resulta tan mala como la más mala de las descartadas por malas. Este juego de palabras nos demuestra cuán errático es ese proceder, basado en la falsa presunción de que la más mala de las actitudes es quedarse en casa el día de las votaciones.

Propiciar el sufragio por cualquier opción bajo el predicamento de que el simple hecho de votar fortalece las instituciones, no le hace bien a la democracia ni mejora la vida política del país. En determinadas circunstancias la abstención es un voto pleno de conciencia. Y los electores tienen el derecho de abstenerse si las propuestas electorales no llenan sus aspiraciones ni satisfacen sus demandas ciudadanas.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (2 de 2)

El Leonel Fernández que Fidel Castro dibujó de la entrevista entre ambos en su último encuentro en La Habana, es muy distinto al que el pueblo cree conocer. Fernández tendrá sus razones para sentirse honrado de ese encuentro, pero los elogios mutuos que se hicieron no le hacen bien a su reputación como líder democrático y tolerante de las ideas ajenas. Castro era un tirano implacable y sus ideas gobiernan a Cuba todavía, años después de su muerte.

El artículo que publicó sobre su reunión con Fernández tiene además un sonoro toque burlón, al describir la pasión con la que su visitante le exponía su teoría sobre la crisis de la economía mundial. Fernández, según Castro, consumió buena parte de la entrevista de dos horas explicándole las diferencias entre un billón y un trillón; a él, un hombre que en el mismo artículo confiesa que aprendió a sumar y restar antes que a leer y escribir.

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Las “toxinas venenosas” del capitalismo (1)

Muchos de los problemas nacionales y el inmenso poder que alcanzan acumular los gobiernos y la figura presidencial se deben en gran medida a la facilidad con la que se aceptan las «verdades oficiales» y se elude hacer preguntas cuando el cielo se oscurece o la ambigüedad domina el escenario político.

Aceptamos bucólicas visiones de la economía reñidas con la realidad sin pestañear y nos aferramos así a un reino de virtualidad donde todo marcha a la perfección, a despecho de cuán mal nos vaya o se perfile el horizonte. Creemos cuanto se nos dice y guardamos silencio por temor a hacer preguntas molestosas, pagando un alto precio por ello.

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El mal de la improvisación

En un país donde todo se analiza y se quiere resolver en seminarios, ha faltado quien se hiciera estas preguntas: ¿Qué hace tan fuerte e intimidante a los gobiernos? ¿Por qué infunden tanto temor en los sectores empresariales, a despecho de la alta evasión impositiva que pudiera demostrar que ese miedo no ha existido nunca?

El secreto radica en la sensación de debilidad y desunión, cierta o no, que proyectan los empresarios. En su dificultad para ponerse de acuerdo en los temas básicos de la nación. En su falta de voluntad para poner en práctica las acciones, algunas necesariamente heroicas, que se requieren para dotar a la nación de un plan de mediano y largo plazos que sepulte de una vez y para siempre el terrible mal de la improvisación que caracteriza la vida pública.

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La realidad social dominicana

La injusta distribución del ingreso se acentúa a medida que la economía crece debido a la ejecución por los gobiernos de políticas que no toman en cuenta las realidades nacionales ni el sufrimiento de la gente.
El concepto de modernidad vigente no plantea cambio alguno en esa situación. Se construyen líneas de un metro mientras las calles llenas de baches se tornan intransitables. Se habla de superar la brecha digital mientras las escuelas se caen a pedazos y cientos de planteles carecen de butacas, pizarrones y tizas, y se suspende virtualmente el desayuno escolar y la tanda extendida. Seguimos lejos de los objetivos del milenio.

El exceso de población, sin duda uno de los más graves problemas actuales, adquiere singular dramatismo en los países en desarrollo como República Dominicana. Cientos de miles de seres humanos subsisten en condiciones extremas de pobreza e indigencia. Las desigualdades sociales se muestran más patéticas y las necesidades más perentorias.

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Punto a favor del Hospital Rodolfo de la Cruz Lora

Por Rafael Castro Araujo

Muy atinada la decisión de las autoridades del Hospital Rodolfo de la Cruz Lora de este municipio, de volver a entregar tickets numerados a los pacientes para el control de los turnos de facturación y consultas en el orden que les corresponde por la hora de llegada.

Aplaudimos esta medida ya que veíamos irritante e injusto cuando una persona madrugaba para ser de los primeros en facturar para su consulta u otro servicio y al momento de ser atendido le tocaba un turno alto, porque ya otra persona por influencia o amiguismo de un empleado lograba facturar primero, sin importar que este último había llegado mucho más tarde al centro hospitalario.

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