La prioridad de prioridades

Con la pretendida finalidad de evitar roces e insultos en campaña electoral, organizaciones de la sociedad civil y la Iglesia católica llegaron a plantear la necesidad de dejar fuera del debate político algunos de los temas más importantes, uno de ellos el de la corrupción. Si bien el respeto que deben tenerse los candidatos y el liderazgo político es esencial a la buena y armoniosa marcha del proceso, tan buenos deseos pudieran echar a rodar la excepcional oportunidad de poner en claro en los próximos comicios la real dimensión del más grande problema de la nación.

Cuando en el país se habla de prioridades, saltan a relucir de inmediato los temas de la educación, la salud, el medio ambiente y la seguridad ciudadana. Pero muchas veces pasamos por alto que una de las causas del legendario fracaso nacional para alcanzar las metas anheladas en cada uno de esos sectores fundamentales, es la terrible y cada vez más intensa corrupción que corroe los cimientos de la sociedad y convierte a los gobiernos en instrumentos de enriquecimiento ilícito de los clanes en el poder. Todo eso nos enseña que a menos que se enfrente con energía ese cáncer social y se sancione severamente a los responsables, sin importar qué lugar ocupen en el gobierno, el Congreso, la Justicia, los medios y el sector privado, aquí no habrá buena educación ni servirá el 4% para el sector, los hospitales continuarán siendo almacenes de enfermos y seguirá haciéndose con el patrimonio público lo que siempre se ha hecho.

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El déficit y el pacto fiscal

Hay urgencias que dejan de serlo cuando las partes las echan a un lado. Sucedió con el famoso Pacto Fiscal, un mandato de la ley que creó la Estrategia Nacional de Desarrollo. El tema del déficit en las cuentas del Gobierno dominó la escena y es el nudo a desenredar para alcanzar ese objetivo. ¿Es ese déficit el problema básico de la economía; el trauma a superar para sanear la actividad productiva de la nación o podría en última instancia convivir con un alentador crecimiento del PIB sin erosionar las bases del desarrollo nacional?

La inquietud surge a propósito del déficit en las finanzas públicas del gigante petrolero Arabia Saudita provocado por el descenso en los precios del crudo, que en el 2015 alcanzó los 80,000 millones de euros (unos 100 mil millones de US$), mucho más que la suma anual de todos los bienes y servicios de la República Dominicana. Aunque resulte difícil imaginarlo, el déficit saudí creó desempleo y decenas de miles de trabajadores extranjeros tuvieron meses sin cobrar, en situación desesperante, según reseñara la prensa internacional. La razón de ese déficit estribaba en un descenso de los ingresos petroleros de un 41.2% de los ingresos públicos en el 2011 a un 14.2% en el 2016, según el FMI.

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La crisis de la escuela y el magisterio

Cuando nos preguntamos sobre la degradación observable en amplias esferas y actividades de la vida nacional, terminamos simplificando el problema mirando solo hacia el gobierno. La verdad es que el tema no es tan sencillo. Un enfoque más realista y sin prejuicio nos llevaría rápidamente a conclusiones más cercanas a la realidad en que vivimos.

Pongamos, por ejemplo, lo que la generalidad considera como la primera de nuestras muchas prioridades: el sistema educativo. En esa área fue notable el esfuerzo de la administración de Danilo Medina para mejorar la enseñanza pública y acercarla a la calidad que se le reconoce a la enseñanza privada, a pesar de que sabemos que no todos los colegios pasarían la prueba. Pero la educación es una tarea tan compleja y de tan largo alcance que reclama un compromiso colectivo, en el que el magisterio debe jugar un rol determinante. El gobierno podrá aportar cuantos recursos demande el mejoramiento del sistema, pero al final corresponde al maestro hacer que la inversión rinda sus frutos.

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Un explosivo de mecha corta

La preocupación expresada en las redes y en los medios por ciudadanos de diferentes capas sociales, entre ellos dirigentes políticos y congresistas, ante la masiva y aparentemente creciente inmigración ilegal haitiana, no los hace xenófobos ni es indicio de una actitud colectiva racista. Aunque muchos han pretendido taparse los ojos ante esa realidad, lo cierto es que estamos ante un problema real y grave.

Esto no significa que menospreciemos la importancia que a través de los años esa inmigración, bajo cierto control, ha tenido para la economía y para el auge de ciertas actividades productivas. Ni tampoco que restemos trascendencia al valor que representa una buena y armoniosa relación comercial y diplomática sentada sobre bases claras y firmes, que eviten el contrabando y otras prácticas ilícitas muy propias entre países que comparten una frontera común. Pero la presencia cada vez mayor de ciudadanos haitianos sin los permisos legales de estadía o residencia, podría estar llegando a un nivel capaz de generar futuros conflictos en los que el país llevaría la peor parte en el campo internacional, como ya muchos suponemos.

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Datos para una Memoria no escrita

El clima de libertad se resquebraja cuando su defensa flaquea y los medios ceden a las presiones de los gobiernos por el control que ejercen a través de la publicidad, que mantiene o sepulta a muchos de ellos.

Por efecto de esas presiones, no siempre soterradas, a finales del 2011, a seis meses de las elecciones, terminó mi labor de comentarista en un canal de noticias y tiempo después en la entonces intervenida Zol 106.5, se me informó del cierre del programa con una nota de prensa de la que me enteré después de ser publicada.

Luego se le puso fin a mi programa Portada 15, con un aumento triple de la tarifa mensual que mi afortunado suplente estaba dispuesto a sufrir. Tan esmerada atención a mi labor les permitió a la autoridad de entonces, atribuirme el mérito de organizar, en mi propia casa, una conspiración con otros colegas para impedir, ¡cuán grande genio les parezco!, el triunfo electoral del oficialismo, obra de una dimensión antológica, en la que unas cuantas copas de vino, unos pedazos de pollo y unos bocadillos, hubieran superado uno de los mayores gastos que en campaña alguna se recuerde todavía.

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Sin vencidos ni vencedores

Si los propietarios o conductores de vehículos de lujo, que se suponen con un nivel de educación suficiente para saber la importancia del respeto a las leyes, copan las intersecciones, usan las aceras para rebasar y se estacionan indebidamente, cómo esperar que los del concho y las guaguas “voladoras” las observen. Si los dirigentes políticos suben la voz en la discusión de los temas fundamentales en la creencia de que el ruido los hace más creíbles. Si para ellos el “transfuguismo” se reduce a dos razones: idealismo cuando el que se va se inscribe en su partido y traición cuando es uno de los suyos el que se va; si periodistas e intelectuales usan la radio y la televisión sin el menor respeto a las buenas costumbres, creyéndose dueños de la verdad absoluta y algún líder religioso corta una discusión por él empezada con un tajante “no hablo con maricones”, entonces tendríamos que convenir que no toda la culpa de nuestros problemas proviene solamente de la fuente del gobierno.

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Una necesaria e inaplazable aclaración

Las muertes de tres personas mientras se encontraban detenidas en recintos policiales, ponen en entredicho los avances de la reforma policial y demandan un rápido esclarecimiento de parte de las autoridades, más allá de las dudas naturales que las versiones ofrecidas han creado en la población.

Esta sociedad abriga todavía grandes expectativas acerca de la propuesta presidencial para poner al cuerpo del orden público en sintonía con los avances que la nación ha tenido desde la caída de la tiranía de Trujillo, en 1961. Esfuerzos anteriores han encontrado dura resistencia a lo interno y externo de ese cuerpo, concebido como un órgano militar represivo desde sus mismas raíces y no como una institución de servicio público, garante y protectora de la seguridad ciudadana.

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Aprendiendo de los errores

En una democracia no hay ni habrá gobiernos enteramente buenos como tampoco totalmente malos. Por tal razón las acciones gubernamentales deberían ser juzgadas por su valor, por lo que representan en sí mismas para el bien común.
Es un error desestimar políticas educativas o en el ámbito de la salud que tiendan a solucionar problemas ancestrales sólo porque no me agrada el gobierno o simplemente porque el éxito de la administración pudiera afectar las posibilidades del partido en que milito. El éxito de una administración sienta las bases del éxito del gobierno que lo reemplace.

Durante la pasada administración, llamó la atención en las redes mi endoso a la campaña educativa de la Presidencia y del Ministerio de Obras Públicas de entonces para prevenir los accidentes de tránsito y reducir así las muertes por esa causa.

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