Los desafíos del porvenir (1 de 2)

Los caminos están marcados por el fenómeno de la globalización que dicta las normas de las relaciones internacionales. Y en el caso nuestro, sólo disponemos de dos senderos. Tomamos el que señala el buen sentido y marcamos el paso con la corriente universal o por el contrario optamos por dejar las cosas como están, que es el tránsito más directo y seguro al aislamiento, con todas las consecuencias. Miramos de frente el futuro o rompemos toda posibilidad de cruzar la frontera que nos separa de él.

Dentro del marco conceptual de la ya consensuada y aprobada por el Congreso, esa agenda no debe resultar difícil de diseñar. Muchos de los retos del futuro están ya a nuestras puertas. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Centroamérica, y el suscrito con la Unión Europea, ofrecen enormes posibilidades de crecimiento y prosperidad, para encarar el problema eléctrico, de cuyas solución depende el éxito de nuestros esfuerzos; la protección del ambiente y los recursos naturales, en proceso de degradación; el servicio de la deuda externa, que compromete buena parte de los ingresos nacionales y, entre otros, por supuesto, el control del gasto público, uno de los males ancestrales de la nación. Se trata de una tarea que el país no puede seguir postergando, so pena de perder toda posibilidad de conquistar el futuro.

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El camino del futuro (2 de 2)

La unanimidad nunca ha sido buena para la democracia. La uniformidad de opinión conduce irremisiblemente a la tiranía y anula la capacidad de un país para enfrentar con imaginación sus problemas más perentorios.

Lo que resulta difícil de asimilar es la dificultad que se observa en el ambiente nacional para lograr acuerdos respecto a asuntos en que los partidos y la sociedad civil muestran coincidencias. Si es tan cuesta arriba alcanzar compromisos alrededor de un proyecto de ley de presupuesto, cuya duración es apenas de un año, es fácil comprender las causas por las cuales este país no puede diseñarse pautas para el futuro.

La necesidad de un proyecto de nación, del que habla todo el mundo, no parece una meta alcanzable por lo menos en el corto plazo. Y no lo es porque se carezca de una noción de lo que se perseguiría con ello. Es imposible de lograr por nuestra inveterada inclinación a ponerle trabas al cambio y al desarrollo. El desorden y la desorganización prevaleciente en el país son un buen negocio para los grupos de poder, tanto en la política como en las demás esferas de la vida nacional. ¿Por qué cambiar lo que beneficia?

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El camino del futuro (1 de 2)

“La uniformidad es la muerte. La diversidad es la vida», escribió Miguel Bakunin. En efecto, el consenso puede llegar a ser en términos extremos el último e irreversible trecho hacia la tiranía. La unanimidad es una modalidad de la sumisión. Inexplicablemente, esta sociedad, en el ámbito político, anda siempre a la búsqueda de consensos, que en el fondo no son más que arreglos dictados por las conveniencias, cuando el testimonio más firme y apreciado de nuestro muy peculiar experimento democrático ha sido la falta de unanimidad.

La experiencia indica que esos modelos de consenso total no son senderos seguros hacia un propósito colectivo. Lo que deberíamos buscar es una forma de pluralidad que nos aleje de una consigna alrededor de la cual podríamos terminar sepultando la libertad y el derecho a ser individuos con personalidad, gustos y defectos propios. La mejor garantía de preservación de las instituciones democráticas, con todo y lo débiles que ellas han sido, es el desacuerdo. Cuando todos en este país coincidamos, como ya una vez ocurrió en un pasado no lejano, ese día la libertad habrá acabado.

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De las mieles y la ceguera del poder

Nunca faltan quienes medren alrededor del poder y al gozar de sus mieles, suelan achicarse al infame nivel de creer que otros que una vez ocuparon funciones públicas, quedan comprometidos de por vida a aceptar, como un gesto de agradecimiento o lealtad, cuanto haga un gobernante, sin importar las barreras morales que el ejercicio del poder impone a esos iluminados. Se envilecen al grado de perder toda capacidad de asimilar el ejercicio de la crítica y el pensamiento libre de toda atadura partidista, como una obligación profesional.

Condenados a sí mismo a encorvarse, ven en el ejercicio responsable del periodismo un acto de conspiración, temerosos de que el mundo de complicidad en que se desenvuelven se les caiga.

Muchas veces un simple comentario por la radio o la televisión, un artículo o un libro crítico de una gestión gubernativa los levanta de los ataúdes morales donde practican a diario el manual de adulación que pusieron en sus manos, sin objeción alguna. Se trate de una causante de mal uso presupuestario o del descalabro de los servicios públicos de salud, del desastroso estado de la educación o del auge del narcotráfico y la inseguridad ciudadana, para citar sólo algunos frutos de un ejercicio gris del poder político.

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El lado desconocido de Caracoles (2 de 2)

Claudio Camaño Grullón me aseguró que en 1969 fue a verle en Puerto Rico su primo Luis, enviado por Fausto, el padre de Francis, para convencerle de que viajara a Santo Domingo con la idea que luego se trasladara a Cuba para convencer a su hijo que retornara al país y desistiera de su propósito de entregarse a la actividad guerrillera. Fausto, general retirado, le arregló a Claudio una entrevista con el secretario general del PRD, José Francisco Peña Gómez, la cual tuvo lugar en un apartamento de la calle 19 de Marzo con Salomé Ureña, en la zona colonial, lugar donde operaron en 1965 las fuerzas constitucionalistas.

Peña Gómez le pidió que propusiera a Caamaño la candidatura presidencial, porque se sabía ya que Bosch abandonaría el partido. Para esa época se había descartado, según Caamaño Grullón, la fórmula Bosch-Caamaño, pactada en una reunión en España.

Caamaño Grullón me dijo que viajó a Cuba con 5,000 pesos y un itinerario que lo llevó a través de diferentes rutas a Moscú y La Habana. En sus reuniones con Francis tampoco logró convencerlo porque entendía que aceptar la candidatura equivaldría a una traición “porque a la postre no podría hacer un gobierno como el país necesitaba”. Poco después, fue Francis quien le convenciera de quedarse en Cuba para unirse al movimiento, apelando a sus fuertes vínculos y afectos.

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El lado desconocido de Caracoles (1 de 2)

Los cubanos trataron de convencer a Francis Caamaño que desistiera de su intento de establecer un foco guerrillero en el país, porque no existían condiciones para lograrlo, según revelaciones de su primo y compañero de la expedición de Caracoles, Claudio Caamaño Grullón.

En dos entrevistas para un libro en preparación realizadas en mi oficina, una de las cuales tuvo lugar el lunes 15 de marzo del 2010, Caamaño Grullón me dijo que el gobierno cubano entendía que una expedición que inicialmente se haría con 32 personas, de las cuales sólo quedaron nueve combatientes, no llegaría muy lejos.

Con ese aparente propósito un día, aseguró, Francis Caamaño fue visitado por el comandante Piñeiro produciéndose entre ambos una agria discusión, llegándole a decirle el primero al segundo “charlatán”. Piñeiro fue a informarle a Fidel Castro de la reunión y ese mismo día le informaron a Caamaño que el oficial cubano había sufrido un percance cardíaco. Piñeiro y Caamaño no volvieron a reunirse, me dijo en ambas entrevista Caamaño Grullón. Años después, Fidel Castro recibió a Claudio Caamaño en La Habana. Era la primera vez que el dominicano se veía con el líder de la revolución cubana. La reunión duró cuatro horas, en la que Castro le aseguró que habían tratado por varios medios de convencer indirectamente a Caamaño de la inutilidad de la gesta.

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La odiada Punta Catalina

El gobierno de Medina fue muy cuestionado por la construcción de Punta Catalina y el centro de las protestas se relacionaba con su costo, algo más de dos mil millones de dólares, incluyendo un puerto para la descarga y manejo del carbón, y el tema de la contaminación. Los críticos del gobierno de entonces, que hoy dirigen al país, denunciaron que estaba sobrevaluada en unos US$1,040 millones. Ni del costo del complejo ni del problema de la contaminación los críticos de entonces han vuelto a tocar el tema.

Los medios reprodujeron mil veces el monto supuesto de la sobrevaluación, sin que hasta el momento se sepa de dónde salió esa cifra. La cuestión es relevante porque el costo es el punto central del caso. La obra fue objeto de una licitación internacional auditada por firmas extranjeras, ninguna de las cuales fue cuestionada por las compañías que participaron en la misma. De las cuatro ofertas evaluadas técnicamente sólo la del consorcio formado por Odebrecht, una firma italiana y un socio local, llenaron los requisitos técnicos. De todos es sabido, además, que no basta para ganar un concurso de esa naturaleza la oferta más barata, sino llenar las especificaciones técnicas, que es la verdadera garantía de cumplimiento de calidad.

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La odiada Punta Catalina

El gobierno de Medina fue muy cuestionado por la construcción de Punta Catalina y el centro de las protestas se relacionaba con su costo, algo más de dos mil millones de dólares, incluyendo un puerto para la descarga y manejo del carbón, y el tema de la contaminación. Los críticos del gobierno de entonces, que hoy dirigen al país, denunciaron que estaba sobrevaluada en unos US$1,040 millones. Ni del costo del complejo ni del problema de la contaminación los críticos de entonces han vuelto a tocar el tema.

Los medios reprodujeron mil veces el monto supuesto de la sobrevaluación, sin que hasta el momento se sepa de dónde salió esa cifra. La cuestión es relevante porque el costo es el punto central del caso. La obra fue objeto de una licitación internacional auditada por firmas extranjeras, ninguna de las cuales fue cuestionada por las compañías que participaron en la misma. De las cuatro ofertas evaluadas técnicamente sólo la del consorcio formado por Odebrecht, una firma italiana y un socio local, llenaron los requisitos técnicos. De todos es sabido, además, que no basta para ganar un concurso de esa naturaleza la oferta más barata, sino llenar las especificaciones técnicas, que es la verdadera garantía de cumplimiento de calidad.

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