En el reino de las loterías

La lotería podría tener entre nosotros un fin social, como en otros países. Por ejemplo, la Lotería de la Florida entregó al sistema de educación pública de ese estado la suma de 31,000 millones de dólares entre el 2009 y el 2015. Y en los últimos años los aportes al sistema alcanzaron alrededor de 1,069 millones anuales. Convertidos a pesos dominicanos hablamos de una cantidad imposible de obtener en una calculadora corriente. Para simplificarlo, por encima de mil millones al año, más de 70 mil millones de pesos, suma superior a la mitad del 4% del PIB que la Ley General de Educación le asignó al sistema educativo dominicano.

Con una economía mucho más pequeña, aquí funcionan cuatro loterías, una del Estado y tres privadas. Los aportes al fisco de esos negocios no se conocen con exactitud a pesar de la tendencia casi enfermiza del dominicano al juego de azar. Adicionalmente operan decenas de miles de agencias de apuestas, la mayoría sin control regulatorio, sin que se sepa a ciencia cierta cuál es su utilidad pública, es decir, si iglesias, escuelas y hospitales se benefician de sus operaciones. Tampoco es conocido si los gastos de las familias de clase media y bajos ingresos en apuestas, generan fondos especiales que le sirvan al Estado para llenar las necesidades de esa misma gente, lo cual sería interesante saber dado el enorme pasivo social existente.

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Una visión de futuro

Si hay algo respecto a lo cual no han existido diferencias entre el gobierno, la oposición, el empresariado y la sociedad civil es la necesidad urgente de encarar el déficit en las finanzas públicas, no importa de cuanto se trate. Tampoco parecen haberlas sobre una reforma o ajuste fiscal, sugerida varias veces por el Fondo Monetario Internacional, que ve con optimismo la marcha de la economía, y que el actual gobierno llegó a considerar una necesidad “inminente”.

El problema consiste en el camino a seguir para llegar a esa meta. Y aunque existe una coincidencia razonable de pareceres en cuanto a que la fórmula deseada debe contener una mezcla de ajuste tributario y reducción de gasto público, no se ha llegado todavía a un consenso que facilite la tarea. El nudo que la detiene parece estar en los montos. Un ajuste fiscal implicaría recorte en el gasto y un aumento de tributos y nadie ha propuesto otra fórmula para lograrlo. Ahora bien, ¿cuánto del uno y cuánto del otro?

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Tiempos de incertidumbre

La mayor incertidumbre sobre el panorama económico nacional parece asociada a las corrientes proteccionistas que periódicamente parecen fortalecerse en el mundo desarrollado y la posibilidad de una escalada de la guerra que mantiene al mundo en ascuas desde la invasión no provocada de Rusia a Ucrania. Todo ello ha generado un alza de precios y una escasez de oferta de granos a nivel mundial. La inflación que en el país luce en aumento, es consecuencia directa de esos acontecimientos que escapan a la voluntad de los países como el nuestro.

En esas circunstancias, el peor de los temores radica en que un eventual agudizamiento de la crisis europea como consecuencia del conflicto en Ucrania, termine provocando una situación de confrontación global de consecuencias imprevisibles todavía.

Pero sobreponiendo el optimismo al insufrible pesimismo nacional, podría esperarse que el ritmo del crecimiento dominicano siga favoreciendo a pesar de los malos augurios el clima de inversión, con pronósticos muy favorables para la industria, la agropecuaria y el sistema financiero, consolidando la estabilidad económica que ha vivido el país en las últimas décadas.

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Haití y la comunidad internacional

Es cierto que la comunidad internacional tiene un compromiso con la recuperación de Haití, pero como todo en la vida tiene un límite. Las naciones desarrolladas, que pueden asumirlo, encaran sus propias dificultades. Los europeos enfrentan un flujo de migración que ha puesto a prueba los ideales de la unión por los efectos en su escala de valores, a lo que se añade una amenaza real de violencia y terrorismo que ya ha mostrado su rostro.

El compromiso con Haití es de los haitianos. Son ellos los responsables del progreso, si lo alcanzan, o del estancamiento en que han vivido siempre debido a sus malquerencias políticas, su tradición autoritaria y su incapacidad para preservar el medio ambiente y coexistir con instituciones democráticas. La vecindad crea un compromiso a nuestro país íntimamente relacionado con el punto más débil de las relaciones bilaterales, como es la migración creciente y sin control hacia esta parte de la isla que hace tiempo se hizo inmanejable, con su peligrosa secuela económica, social e incluso política. El flujo migratorio ha originado un desplazamiento de mano de obra, con un empobrecimiento del salario y una amenaza al sistema de seguridad social. Pero más allá del compromiso moral de solidaridad que nace de nuestra tradición cristiana, y que se ha expresado en los peores momentos de tragedia, en una ayuda masiva, por encima incluso de nuestras posibilidades económicas, no nos cabe ninguna otra obligación.

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Declaración de los Derechos Humanos

Cuando se lee la Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de los textos de mayor valor existente, y se ven cada cierto tiempo las naciones que integran el Consejo de Derechos de las Naciones Unidas, se tiende a pensar que la hipocresía y no el respeto a la dignidad y las libertades humanas norman las relaciones a nivel mundial.

El Consejo han llegado a formarlo algunos de los países con más deprimente record en materia de violación de esos derechos, como son Cuba, China, Rusia y Arabia Saudita, que han anticipado su intención de permanecer formando parte del organismo. La posibilidad de que vuelvan a integrarlo se da casi como un hecho, cada vez que llega el momento de escoger sus integrantes.. También lo han llegado a conformar otros dos países con un lamentable expediente de violación de los derechos humanos como son Venezuela y Vietnam.

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Aprendiendo a lidiar con las redes

Muchos periodistas, y también políticos, por qué no decirlo, han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aún a costa de marchar en la dirección contraria a la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilo y hacerse el simpático, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias. Muchos dominicanos temen decir lo que piensan, no tanto por temor al gobierno, sino para no hacerse el blanco de una crítica o una burla en las redes por gente que apenas sabe escribir y con escaso sentido, si lo tiene, de urbanidad. Por esa causa periodistas, políticos y ciudadanos temen endosar posiciones buenas de un gobierno o las de un adversario político. En mi caso apoyo lo que entiendo correcto venga del gobierno o de la oposición, porque no todo lo que hace el primero es malo y bueno cuanto dice el segundo.

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Las falsas promesas de redención

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, mejorando así de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a la que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se ha alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos.

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Stalin y la igualdad de género

La izquierda habla mucho de desigualdad de género, pero a pesar que la liberación femenina se anotaba como uno de los objetivos de la revolución marxista, con excepción del derecho al trabajo rudo era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países. Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante todo el periodo stalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria. El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa stalinista. La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso del hijo de nadie, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

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