Cuando el liderazgo enmohece

Como todo en la vida, la calidad de un liderazgo que envejece se mide no por quienes lo critican sino por quienes lo defienden de manera irracional. Y son estos últimos lo que definen y resaltan, no otros, la ruta de la bancarrota moral. Ha sido esta una constante, que se acentúa en la medida en que el deterioro hace mella en el sentido del equilibrio, a partir de lo cual se pierde contacto con la realidad y se muestran incapaces de diferenciar entre lo claro y lo oscuro y el paso del tiempo, creyéndose por encima de todo interés público.
Cuando esta situación se da en aquellos casos en que hubo alguna vez expectativas en la población, el sentimiento popular alcanza una confusa mezcla de compasión y desconcierto. Esto hace que la adhesión se exprese en gritos; ruidos que lastiman los oídos y llenan de estupor los ambientes mediáticos, porque es a partir de ese momento en que emigran los espacios para la moderación y el buen sentido. Es la fase en la que ya no se puede volver atrás ni recuperar tiempos perdidos y el aprecio público se esfuma para siempre.

Son incontables las veces que hemos padecido como nación este fenómeno que nos muestra, despojada de disfraz, la faz real de quienes echan a un lado el debate respetuoso de las ideas por la diatriba, convencidos de que el elogio desmesurado, casi siempre burlón, y no la crítica independiente, es el camino que los lleva a la inmortalidad, como si ese camino existiera en el ámbito en que los defensores se desenvuelven. Es entonces cuando se olvida que la crítica constructiva es el más eficaz antídoto contra la ambición desenfrenada y la caída moral. La buena defensa de un liderazgo obsesionado por un regreso requiere no sólo de pulcro manejo de argumentos, sino de respeto a quienes no comparten sus ideas. Un sentimiento muy escaso en esos litorales que nada constructivo aportan al debate nacional.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

El peor de los caminos

Hace un tiempo asistí a una reunión en la que otro invitado, quejándose de la mala reputación de la justicia, indicó que un cambio de administración nos daría oportunidad de superar esa “terrible deficiencia”, enviando a la cárcel a quienes el ojo escrutador de la opinión pública señale como autores de actos indecoros contra el patrimonio nacional. Por lo general esas reuniones son aburridas y sacan de concentración. Pero viniendo de un abogado, la observación me sacudió.

Me asusta que alcancemos un nivel de desconfianza tal en la independencia de los poderes, cuya única posibilidad de ganarle terreno a la corrupción consista en vulnerar el principio de independencia de los poderes. Sea el actual o el que le reemplace, en las elecciones de mayo, la responsabilidad del Gobierno es cuidar que los bienes públicos sean religiosamente guardados y de reunir las pruebas necesarias para llevar a la justicia a los responsables de violar las normas de un pulcro ejercicio de las funciones públicas. Determinar la culpabilidad final es una tarea de los tribunales. Son estos los que deben dictar las sentencias, sean de culpabilidad o de absolución. Leer más de esta entrada

Los lisiados mentales de las redes

Muchos periodistas, y también políticos, por qué no decirlo, han vivido con la angustia resultante del intento de degradación moral puesto a cargo de un ejército de lisiados mentales, cuya única misión en las redes es denigrar a todo aquél con entereza moral suficiente para exponer sus ideas y defenderlas aún a costa de marchar en la dirección contraria a la corriente. Y como entregarse a la manada y a quienes las arrean, les permite a muchos dormir tranquilo y hacerse el simpático, esta gente se sale muchas veces, aunque no siempre, con la suya.

Los epítetos que me han lanzado por mis posiciones sobre los temas objeto de discusión, trátese de la política, la economía, el medio ambiente, el deporte y la cultura, llenarían una enciclopedia, pero el impermeable que calzo sobre mi cabeza me protege de esas aguas sucias. Muchos dominicanos temen decir lo que piensan, no tanto por temor al gobierno, sino para no hacerse el blanco de una crítica o una burla en las redes por gente que apenas sabe escribir y con escaso sentido, si lo tiene, de urbanidad. Por esa causa periodistas, políticos y ciudadanos temen endosar posiciones buenas de un gobierno o las de un adversario político. En mi caso apoyo lo que entiendo correcto venga del gobierno o de la oposición, porque no todo lo que hace el primero es malo y bueno cuanto dice el segundo. Leer más de esta entrada

Los sembradores de intolerancia

En su autobiografía, el expresidente de Francia, Valéry Giscard d´Estaing, reveló el asombro que le ocasionó ver a todos los representantes del espectro político español durante su visita oficial a Madrid con motivo de la juramentación de su amigo Juan Carlos como rey de España. En la recepción en el Palacio de la Zarzuela, compartían amigablemente líderes con las posiciones políticas más distantes. Estaban allí, entre muchos otros, los jerarcas del Partido Comunista, Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri (La Pasionaria), sobrevivientes de la guerra civil que siguió en 1939 al derrocamiento de la Segunda República; el derechista Manuel Fraga, exministro de Franco, y Felipe González, el nuevo líder del Partido Socialista Obrero Español.

El asombro del presidente francés se debía al hecho de que la escena que vivió en el palacio real español, le parecía inconcebible en Francia. La tolerancia que le sorprendía de la España post franquista, no era dable en su país, cuna de los derechos humanos, dos siglos después de la toma de La Bastilla y el grito redentor de “libertad, igualdad y fraternidad” que inspirara el derrocamiento de la monarquía.

Y cuenta que, a su regreso a París, intentó un gesto de eso que llamó “actuación sin crispación”, saludando a un preso preventivo en una cárcel de Lyon por una simple y leve infracción. La foto en la prensa le generó una de las peores crisis en sus siete años de gobierno. Leer más de esta entrada

El progreso y el respeto a las leyes

El éxito de las políticas gubernamentales no depende sólo de quien las pone en práctica, sino de quienes están obligados a cumplirlas. Nuestra tradición indica la resistencia de los ciudadanos a valorar las acciones y programas que muchas veces se conciben para mejorar su calidad de vida estableciendo niveles de organización indispensables al buen funcionamiento de una ciudad o del país.

Pongamos, por ejemplo, el tránsito. Todos sabemos que se trata de uno de los más serios problemas que hoy, y desde hace décadas enfrentamos y no precisamente por falta de voluntad de las autoridades. Los dominicanos dejamos ver el primitivismo que todo ser humano lleva dentro cuando estamos al frente de un volante. Si se hiciera obligatorio un examen riguroso a todos aquellos que ya tenemos licencia de conducir, incluyendo el de naturaleza sicológico requerido para una licencia de arma de fuego, probablemente una buena parte la perdería. Leer más de esta entrada

El peligro de jugar con fuego

Las denuncias sobre violaciones a la Constitución que se escuchan y leen a diario tienen mucho de hipocresía, lo que no es más, como todos sabemos, que la inconsistencia entre lo que se defiende y se hace o lo que se siente y se dice. La defensa de la Carta que los partidos y buena parte de la dirigencia nacional a diario desconocen o violentan, se basa no en los principios que la sustentan, sino en los intereses que la mayoría de ellos persigue.

Si existiera alguna suerte de tradición de respeto a la Constitución de la República y se aplicaran sanciones a aquellos que la violan, dudo que existieran muchos de esos partidos y líderes que nos hablan a diario de sus valores.

Caminamos hacia un proceso electoral muy complejo, caracterizado por plazos fatales de obligado cumplimiento que requiere de mucha autoridad por parte de los órganos electorales, no solo del responsable de velar por una sana y transparente administración de las elecciones, sino del tribunal a cargo de dirimir los conflictos que de ellas resulten. Leer más de esta entrada

La distribución de pobreza

La dignidad nace en una democracia del derecho a vivir en libertad en un clima de oportunidades para todos los ciudadanos, mejorando así de forma sustancial el ambiente en que se desenvuelven. Quien no vive a gusto con lo que posee o en su medio, jamás se sentirá comprometido a defenderlo. Esa es una de las cuestiones vitales a la que se debe responder enfática y rápidamente en América Latina, para consolidar el proceso político y social y asegurar cierto grado de supervivencia del sistema.

Las desigualdades sociales en la región son demasiado profundas como para que no estén presentes con carácter permanente, los elementos capaces de coaligarse para poner en peligro los avances que en el campo de las libertades humanas y los derechos materiales, es decir, el acceso a los bienes y riquezas que produce la sociedad, se ha alcanzado a través de un largo y accidentado proceso todavía en fase de maduración en la mayoría de los países latinoamericanos. Leer más de esta entrada

Serán zurdos, pero no de izquierda

La mal llamada izquierda latinoamericana está a años luces de la europea y esta es la señal más elocuente y penosa del atraso en que vivimos en este lado del mundo. Los gobiernos y partidos de izquierda en el llamado viejo continente se caracterizan por sus amplios programas de carácter social, sus políticas impositivas, su apego a las libertades públicas, su tolerancia a la crítica, el respeto a los derechos humanos y su total y absoluto compromiso con la democracia y el parlamentarismo. En Latinoamérica basta con oponerse a los Estados Unidos, casi siempre por razones muy cuestionables, para asumir esa etiqueta. Por eso la izquierda no funciona en esta región y los gobiernos más derechistas, represivos y anacrónicos, se hacen llamar de izquierda, como son los casos emblemáticos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y hasta hace poco Bolivia.

En Venezuela, el territorio más rico en recursos naturales del mundo hispano, hay un desabastecimiento brutal de papel higiénico, mantequilla, leche, medicinas, harina, pan y cuanto alimento necesitan los venezolanos. El valor del bolívar se ha depreciado a tal punto que pocos cosas se pueden comprar con él. Leer más de esta entrada