“…cuando regreso a casa”

Benjamín Disraelí, el estadista inglés del siglo XIX, escribió: “Ningún gobierno puede mantenerse sólido mucho tiempo sin una oposición temible”. En el país esa sentencia no se cumple. El papel de los partidos se limita a la crítica, a veces por la crítica misma, y esa desnaturalización de su rol no ayuda al fortalecimiento de las instituciones democráticas y les obnubila la visión de la realidad en la que se desenvuelven.

En política, aún en las naciones más ricas donde las necesidades de la población son menores, la realidad, sea de naturaleza política o social, condiciona la acción de los gobiernos. En el caso nuestro esa realidad suele ser brutal, capaz de minimizar cualquier esfuerzo por encararla. Y la escasez de recursos hace más difícil el esfuerzo. De manera que la acción ejecutiva no alcanza por lo general a llenar todas las apremiantes demandas materiales de una sociedad que reclama la solución de problemas tan añejos como la república misma. Leer más de esta entrada

La obra que Beethoven dedicó a Napoleón

De todas las obras del genial compositor alemán Luidwig Van Bethoven, ninguna tuvo el impacto que la Tercera Sinfonía, La Heroica, en Mi bemol mayor, opus 55, que al decir de los expertos marcó el comienzo del romanticismo musical, rompiendo con los cánones del tradicional clasicismo de su época.
Esta obra, que Beethoven dedicó inicialmente a Napoleón Bonaparte, no fue bien recibida tras su estreno en Viena en 1805, bajo su dirección. Sus críticos, que no resistían su temperamento apasionado y agrio, la calificaron de excesivamente larga, inconsistente y aburrida.

La obra le había costado al autor dos años de arduo trabajo. Cuando Bonaparte se proclamó emperador en 1804, Beethoven rayó el nombre con enfado y sustituyó el segundo movimiento, “La marcha triunfal”, por una marcha fúnebre, y llevó después ese segundo movimiento al último de su Quinta Sinfonía. Cuando la obra fue posteriormente publicada, en 1806, le dio el título de “Sinfonía Heroica compuesta para celebrar el recuerdo de un gran hombre”, para mostrar su desencanto con el restablecimiento del imperio francés. Leer más de esta entrada

El heroísmo verdadero

Los dominicanos veneramos a nuestros héroes por la forma en que murieron; en revoluciones y acciones patrióticas que no siempre significaron un avance real. Olvidamos mirar alrededor, donde el trabajo voluntario de muchos alivia sufrimientos y colma de esperanza a miles de personas aquejadas de salud, desprovistas de afecto y despojadas de alguna posibilidad en la vida, como han sido los médicos durante el Covid-19. Es allí, a mi juicio, donde reside la heroicidad verdadera; la de gente que se despoja de recursos y dedica su tiempo en beneficio de los demás, llevando consuelo a quien lo necesita y abriendo espacios de oportunidades a imposibilitados de obtenerlas por cuenta propia.

Hay entre nosotros muchas instituciones merecedoras de todo el reconocimiento que una sociedad solidaria puede dar, como la Asociación Dominicana de Rehabilitación, una obra gigantesca de justicia y solidaridad, y la Fundación Futuro, a las cuales se han sumado desde su fundación cientos de dominicanos, inspirados por pura vocación de servicio. No se trata de una labor de caridad ni de soporte para otra causa. Leer más de esta entrada

¡Hasta cien barriles de estiércol! (2 de 2)

A los presidentes de los países democráticos, como es el caso nuestro, se les exige una tolerancia extrema y es obvio que el sistema no funcionaría si ella no se diera en la medida que se le reclama. Y lo cierto es que “los cien barriles de m…..”, que un mandatario autoritario como lo era Balaguer debía tragarse casi a diario, era y sigue siendo el fundamento básico y la más firme garantía de un estado de derecho y respeto a las ideas ajenas, sin los cuales es imposible imaginarse el juego político democrático.

Lo que a muchos cuesta imaginar es que frecuentemente la tolerancia que exigimos al gobierno y a sus funcionarios es mucho mayor de la que normalmente se les pide, si es que se les pide, a los demás actores políticos, como a la dirigencia sindical, a los líderes empresariales y, por supuesto, a la alta dirigencia de los partidos. Un Presidente no puede ni debe mostrar públicamente su enojo por un editorial, no importa de qué se le acuse, a menos que no esté dispuesto a pagar el precio de su disgusto, lo que a menudo trae severas consecuencias en términos de popularidad y credibilidad. Leer más de esta entrada

¡Hasta cien barriles de estiércol! (1 de 2)

Es la intriga interna lo que mina la estabilidad de un gobierno. A finales de los ochenta entrevisté varias veces al presidente Balaguer en la investigación de obras sobre Trujillo. En una de ellas, la cita me fue concedida semanas después. Al terminar la entrevista me percaté que su interés al recibirme poco tenía que ver con el mío cuando preguntó sobre Carlos Morales, Vicepresidente de la República. Morales tenía unas dos semanas que no iba a su despacho enfadado por las intrigas del cerrado anillo que rodeaba al Presidente, lo que daba la impresión de haber caído en desgracia. Yo estaba al tanto de su enojo desde el día en que salimos al balcón para eludir las escuchas colocadas por todas partes en su oficina.

Yo le respondí al Presidente que tenía tiempo que no veía a Morales y que de hecho desde mi renuncia como director de CORDE meses atrás, apenas nos reuníamos. Me preguntó si era que algo le molestaba, lo que me convenció de que su propósito era indagar, o confirmar probablemente, las razones personales del alejamiento de su Vicepresidente. Leer más de esta entrada

Honor a quien honor merece

La victoria dominicana en el tercer clásico mundial de béisbol en el 2013, debió obligarnos a revisar la concepción que tenemos sobre la importancia de nuestros productos dentro y fuera del territorio nacional. Para economistas y empresarios, el cacao y el azúcar ostentan la distinción de representar lo que los expertos en mercadología denominan marca país. Pienso que se trata de una limitación discriminatoria e injusta, porque ninguno de ellos, ni siquiera el café, que adoro y consumo tanto a cualquier hora del día, ha hecho en tan poco tiempo tanto por el buen nombre de la República como esa despreciada musácea, cuyas hermosas y gigantescas hojas se mueven al compás del más leve soplo de viento en los campos y patios de lujosas mansiones.

Me refiero al plátano, símbolo del mayor triunfo obtenido por los dominicanos a nivel mundial en el deporte en el que se le considera una potencia verdadera y que en ausencia de él, casi llegamos al ridículo en los dos clásicos anteriores. La oportuna presencia del plátano que Fernando Rodney llevaba en cada partido en el bolsillo trasero del uniforme, como se carga un revólver, fue la brújula inspiradora del equipo, lo que ayudó a imprimirle a sus compañeros un entusiasmo pocas veces visto y unas ganas inmensas de victoria dignas de recordación.

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Un viejo y arcaico discurso

A despecho de la caída del Muro de Berlín y los acontecimientos que le siguieron en Europa y el resto del mundo, el léxico de la guerra fría domina todavía el debate en el ámbito latinoamericano. Parecería que lo ocurrido cuando el témpano ideológico que se derritió con la desaparición de la Unión Soviética no ha sido entendido como tampoco las transformaciones capitalistas que han hecho de China la segunda potencia económica.

Los controles constriñen la vida en países como Venezuela y Cuba y el dominio de la economía por sus gobiernos las achican provocando brutales escasez y alzas de precio que hacen la vida insufrible. La experiencia china no les ha servido de nada. Cuando Deng reconoció que una teoría lanzada a mediados del siglo anterior no tenía respuestas a los problemas de la China de finales del siglo XX, el entierro del marxismo permitió a esa nación de cientos de millones de habitantes dar el salto cualitativo que Mao intentó sin éxito en medio de un charco de sangre haciendo más pobre a China. Hay más millonarios hoy en el país asiático que en cualquiera del Primer Mundo, incluyendo tal vez a Estados Unidos.

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De burgueses y burguesía

SANTO DOMINGO.- La palabra “burguesía” es una de las más socorrida en los ambientes mediáticos y académicos y tanto se ha abusado de ella que son pocos los textos o artículos donde no aparezca, muchas veces sin razón alguna. Se le llama burguesía al grupo social integrado por personas de alto nivel económico, con negocios propios, como industriales, banqueros y ejecutivos de empresas grandes. Por lo general, a los profesionales liberales que viven del ejercicio de su profesión, les llaman burgueses. Esas personas son a las que llaman la “alta burguesía”.

Pero hay varios tipos de burgueses, por supuesto. Los sociólogos nos hablan de una burguesía pequeña o media, formada por aquellos que disfrutan de una buena posición económica, poseen inmuebles y otras propiedades, sin alcanzar a tener lo que poseen los de la primera. Hay también los pertenecientes a una burguesía menor, la llamada clase media baja, que suele recibir el mayor impacto de las devaluaciones y las crisis económicas. Leer más de esta entrada