Una agenda sin condiciones

Si los propietarios o conductores de vehículos de lujo, que se suponen con un nivel de educación suficiente para saber la importancia del respeto a las leyes, copan las intersecciones, usan las aceras para rebasar y se estacionan indebidamente, cómo esperar que los del concho y las guaguas “voladoras” las observen. Si los dirigentes políticos suben la voz en la discusión de los temas fundamentales en la creencia de que el ruido los hace más creíbles. Si para ellos el “transfuguismo” se reduce a dos razones: idealismo cuando el que se va se inscribe en su partido y traición cuando es uno de los suyos el que se va; si periodistas e intelectuales usan la radio y la televisión sin el menor respeto a las buenas costumbres, creyéndose dueños de la verdad absoluta y algún líder religioso corta una discusión por él empezada con un tajante “no hablo con maricones”, entonces tendríamos que convenir que no toda la culpa de nuestros problemas proviene solamente de la fuente del gobierno.

Si nos motivara realmente la búsqueda de una salida a los problemas que agobian al país, talvez tendríamos que comenzar renunciando a la falsa idea de que sólo yo y los que me acompañan tenemos la razón y que por el contrario hablar quedo facilita el entendimiento, evitando que el ruido ensordezca y nos separe. Si al sentarnos a la mesa alguien cree que el objeto de discusión le pertenece qué sentido tendría entonces quedarse ahí.

Esta sociedad requiere de una reflexión profunda. Que sus líderes, en la política, en la religión, en los negocios y en la sociedad civil, antepongan intereses y prejuicios, para encontrar con buenos modales las salidas que los problemas demanden. Una agenda sin condiciones. Sin vencidos y vencedores, porque al final, cuando una de las partes se impone de forma rutinaria, la semilla de la confrontación que muchos guardan en sus corazones, germina y perdura. Y esa no debería ser la razón o causa que nos mueva.(Reproducido con autorización del autor. Publicado en elCaribe)

La corrupción: un hábito en la política

La manera en que aquí se practica la política condiciona la independencia de la justicia y convierte al país en un paraíso de corrupción. No seamos ilusos creyendo que es incierto, porque eso es lo que explica el archivo por la fiscalía y el tribunal supremo de los más escandalosos expedientes de malversación y hurto de recursos públicos, mientras en la mayoría de las naciones democráticas se hacen más rígidas cada día las acciones contra el desfalco de su patrimonio.

El más reciente y probablemente más ejemplarizante ejemplo de esa feliz realidad ajena a nosotros lo dio hace siete años, precisamente en febrero, un tribunal australiano, al enviar a la cárcel a un influyente funcionario hallado culpable de utilizar dinero del Estado para pagar prostitutas y, léase bien, ¡comprar cigarrillos! A juzgar por la experiencia dominicana, ese señor sería en este país recibido en el salón de embajadores y se les entregarían las llaves de la ciudad y quien sabe cuántos otros honores.

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Práctica tan vieja como el país

Si para muchos funcionarios y dirigentes, tanto en el ámbito oficialista como en el de oposición, la libertad de prensa es un privilegio y no un derecho legítimo, no es nada raro que la honradez sea para ellos una virtud y no un deber elemental, una obligación, en el ejercicio de funciones públicas. De ahí que para la mayoría la actuación más o menos pulcra en el desempeño de cargos en el Gobierno constituya un motivo de alabanza personal, merecedora de espacios mediáticos pagados de altisonante prosa.

Esta grave distorsión del papel del servidor público nace de la creencia errónea, pero bastante generalizada en nuestro ambiente político, de que la democracia y el frágil ejercicio de las libertades individuales, es un regalo y no el fruto de una larga lucha en la que muchos otros sectores, políticos y no políticos, han tenido un desempeño igualmente importante.

En nuestra tradición, los gobiernos han sufrido de un mal común y este ha sido la tendencia a sobrevalorar la relevancia de sus aportes al proceso de desarrollo institucional. Olvidan que un estado de derecho no se crea mediante decreto y que, al final de cuentas, es el resultado de una concatenación de acontecimientos que generan condiciones propicias a ese clima. De todas formas, estamos muy lejos de poder asegurar que en materia de derechos humanos y ejercicio de las libertades democráticas, seamos un espejo inmaculado donde otros países deban verse.

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Para eso están los padres

La discusión sobre el futuro de la enseñanza ha tomado un giro equivocado. Intelectuales, periodistas y maestros parecen más enfocados en el tema de la educación sexual que en mejorar la capacidad del niño para expresarse bien en su propio idioma, mejorar su capacidad de comprensión e intensificar el estudio de las ciencias y las matemáticas. Es como si diéramos prioridad al buen uso a destiempo de los órganos sexuales, en lugar de corregir los malos hábitos en el hablar y en la escritura.

Parecemos más interesados en adiestrar a los niños en los secretos de la sexualidad y el uso de preservativos, que enseñarles a hablar con propiedad e interesarse en el estudio de las disciplinas que podrán hacer de ellos mejores ciudadanos, que es el único camino posible y seguro para encarar el futuro y alcanzar nuestro enorme potencial y riqueza. Los defectos del sistema educativo no residen en la ignorancia de los escolares sobre su identidad sexual, su capacidad reproductiva y mucho menos en su falta de información sobre las bondades del sexo, porque nada de eso es responsabilidad de la escuela, ni tampoco del Estado. Para eso están los padres.

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Horas después del golpe

En la madrugada del 25 de septiembre de 1963, horas después del golpe de Estado, el entonces secretario de Finanzas, Jacobo Majluta, visitó al depuesto presidente Juan Bosch quien se encontraba detenido en su despacho del Palacio Nacional.

Majluta, de 27 años, nunca olvidaría la reacción de Bosch, según me confesara en las varias entrevistas que sostuve con él durante la investigación para mi libro sobre el golpe.

Al cambiarse de prisa, Majluta se había puesto chaqueta, pero no llevaba corbata. Bosch le dijo al apretarle la diestra:

“¿Por qué no tienes corbata?” “Porque ya estamos tumbados”.

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La importancia de hablar en código

Los periodos electorales suelen traer muchas sorpresas y despertar asombrosas emociones. En los días finales de una de ellas, si mal no recuerdo a mediados de abril del 2008, conversando telefónicamente con un amigo acerca de uno de mis temas favoritos, salió a relucir Ernani, el personaje de la ópera de Verdi del mismo nombre, también conocida como “El honor castellano”, basada en un drama de Víctor Hugo, no la figura política de oposición de nombre fonéticamente parecido de entonces.

Por una de esas malas jugadas resultantes del defectuoso manejo de una tecnología avanzada, en medio de la conversación se escuchó una tercera sonora voz musitar: “Lo tengo”. La experiencia me resultó fascinante y me enseñó la importancia de hablar en código, cuando de temporadas de altas escuchas se trata. Lección esta que deberían aprender principalmente los actores de los dramas electorales, si bien ha quedado establecido que esos extraños intrusos incursionan en otras esferas más lucrativas que la política, incluso con mucho más éxito y probablemente con menos riesgos.

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Apuntes sobre la liberación femenina

La liberación femenina se anotaba como uno de los objetivos de la revolución marxista, pero con excepción del derecho al trabajo rudo era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países. Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante todo el período stalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria.

El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa stalinista. La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso del hijo de nadie, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

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¿Por qué los queremos tanto?

¿Por qué se quieren tanto a los nietos? Es la pregunta que nos formulamos sin hallar una respuesta que lo explique. ¿Será porque llegan cuando se siente próxima la inexorable fase de la existencia en que todo empieza a alejarse de nuestro lado? ¿Cuándo algunos no sienten el calor del beso de sus hijos cuando los ven? ¿O será que la soledad del nido vacío entristece y nos hace creer que algo nos falló? ¿Acaso se deba a ese extraño sentimiento que muchos descubren al anochecer cuando ya no escuchan el sonido de más pasos en el hogar? ¿O será que los hijos de tus hijos hacen experimentar la enorme sensación de verse prolongado en la cara de un bebé, cuando grita porque tiene hambre o sonríe al calor de un abrazo o una caricia tierna?

Son la esperada bendición en la etapa en que, de alguna manera, los seres humanos comenzamos a hacernos preguntas para entender el lugar en donde estamos y los caminos que no alcanzamos a recorrer. Cuando ciertas reflexiones atormentan, sobre lo que se hizo o dejó de hacer, sea en momentos de indecisiones o cuando la falsa dignidad del orgullo induce a errores que nunca terminan de pagarse.

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