Los privilegios del Congreso

Las frecuentes críticas al Congreso inducen a reflexionar acerca de si es necesario para garantizar la funcionalidad del Congreso, mantener un Poder Legislativo que funciona y ha funcionado más a favor de sus miembros que en beneficio de la República y sus débiles instituciones democráticas. Quien no quiera verlo de esa manera corre el riesgo, y me refiero a sus integrantes, de que en algún momento el país se pregunte realmente si vale la pena seguir costeando privilegios que naciones mucho más ricas no se permiten.

El pretexto de que el “barrilito” y “cofrecito” son una especie de ayuda social en aquellos lugares donde no alcanza la mano benefactora del Estado, carece de sentido y no justifica tales canonjías, porque no hay evidencia salvo la entrega esporádica de un ataúd de madera barata y un colchón, que santifique ese abusivo y personal uso de cuantiosas recursos presupuestarios, cuando ese dinero muy bien podría ser usado en reforzar y ampliar los programas asistenciales del gobierno. El pueblo no vota por sus representantes en el Congreso para que distribuyan ataúdes, colchones y mosquiteros, sino para que conciban y aprueben leyes que mejoren la vida de los dominicanos y fortalezcan sus instituciones.

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La mujer bajo el stalinismo

La liberación femenina se anotaba como uno de los objetivos de la revolución marxista, pero con excepción del derecho al trabajo rudo era poco lo que esa sociedad proporcionaba a las mujeres que no hubieran conseguido ya en otros países. Muchas de las restricciones y prejuicios del absolutismo zarista contra el sexo femenino se mantuvieron durante todo el periodo stalinista e incluso le sobrevivieron.

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin promulgó una ley que puso bien en claro el papel de la mujer en la sociedad proletaria. El breve periodo de liberalidad femenina de los primeros años de la revolución, que permitían el amor libre y condenaban las viejas tradiciones relativas al matrimonio como anacrónicas, quedaba sepultado así con esta iniciativa stalinista. La disposición prohibió el aborto, permitido en los inicios del bolchevismo, hizo más rígidas las reglas del divorcio y con la eliminación del patronímico y el uso en su lugar de una rayita, equivalente en ruso del hijo de nadie, se condenó a la madre y a los hijos naturales con una cláusula de identidad, que se mantuvo vigente 16 años después de la muerte de Stalin.

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“La travesía del desierto”

En diciembre del 2018, en ocasión de la puesta en circulación de un libro del abogado y político Franklin Almeyda que recopila sus artículos publicados en El Caribe, el entonces presidente del PLD, Leonel Fernández, comparó lo que, según dijo, le había tocado vivir desde que dejó la Presidencia de la República en agosto del 2012 con lo que en la historia bíblica se conoce como “la travesía del desierto”.

Para quien ha sido tres veces presidente de la nación, su caso se asemeja a lo que padecieron Moisés y el pueblo hebreo al abandonar el reino de los faraones en Egipto en la búsqueda de la tierra prometida al pueblo elegido por Dios. De acuerdo con la reseña de los medios, Fernández dijo: “…, lo que ha ocurrido con nosotros no es nada nuevo en la historia, pero uno no lo entiende bien hasta vivirlo; uno lo puede leer, lo puede estudiar, pero eso se entiende mejor cuando uno lo vive”.

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La honrosa condición de empresario

Son pocas las actividades o instituciones a los que no se les dedique un día del año. Así, en adición a la celebración del Año Nuevo, la Navidad, Acción de Gracias (¿?), se añaden el de los enamorados, el jueves de Corpus, la crucifixión de Cristo, la Constitución, los maestros, los agrónomos, las madres, los padres, los ciegos, los sordomudos, los santos difuntos, los periodistas (¡vaya usted a ver!), la virgen de la Altagracia, la de la Merced, el árbol, el medio ambiente, los emprendedores y un listado más extenso que llenaría el breve espacio reservado a esta columna.

Pero si hay una actividad merecedora de un reconocimiento de la nación es, sin duda, la empresarial, la que muchas veces ponemos en alto riesgo con medidas y exigencias laborales que hacen de la más productiva de todas las gestiones en el ámbito económico una iniciativa de valientes verdaderos. Si hoy, a despecho de la pandemia y muchas otras adversidades que la república ha encarado, ocupamos un lugar de liderazgo indiscutible en el Caribe y Centroamérica, es el resultado del empeño de generaciones de hombres y mujeres que han aceptado el desafío de crear negocios que generan bienes y riqueza, aseguran un alto nivel de abastecimiento y nos permiten marchar parejo con los cambios que ocurren y transforman el mundo.

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El futuro es otra tarea pendiente

Las elecciones del 2020 ofrecían la posibilidad de un esfuerzo de la comunidad política dominicana para alcanzar acuerdos que trascendieran las diferencias que por años han obstaculizado la aprobación de pactos en áreas fundamentales como la educación, la salud, el medio ambiente y, sobre todo, el transporte público. La complejidad del proceso obligaba a darle prioridad a esa búsqueda, sin que ello significara renuncia alguna por parte de la oposición o del gobierno. Pero todo quedó como otra tarea pendiente.

Nuestro problema radica en la falsa creencia de que la colaboración da a un gobierno el respiro necesario para sortear las crisis. Todas las administraciones de los tres grandes partidos que han ejercido el poder desde el desmembramiento de la tiranía a finales de 1961, la han sufrido. Actuando sobre esa base, hemos perdido tiempo y oportunidades irrecuperables. También ha sido la causa de que lleguemos tarde a las reformas, razón por la que una vez aprobadas se requiera reformarlas. Desde comienzos del presente siglo se discute sin llegar a ninguna parte, la imperiosa e impostergable necesidad de alcanzar acuerdos que ayuden a eliminar las trabas y prejuicios partidistas que arrojamos en el camino, lo que al final siempre nos alejan de la meta que perseguimos.

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LF y la libertad de expresión

Al final de su último mandato, Leonel Fernández sugirió a Naciones Unidas la elaboración de un marco jurídico internacional para prohibir y castigar la blasfemia y lo que él llamó “falta de respeto a algo que se considere sagrado”. En el contexto en que lo propuso, su planteamiento constituía un reconocimiento al “derecho” del fundamentalismo musulmán de proceder con extrema violencia y desenfreno contra valores esenciales de la democracia ante la mínima mención de Mahoma en diarios, revistas o videos, desconociendo así principios fundamentales que él decía defender, como es el de la libre expresión del pensamiento.

La ira que el señor Fernández justificó fue a causa de un video amateur sobre Mahoma que el radicalismo islámico consideró ofensivo al profeta y que las turbas que incendiaron entonces embajadas y causaron motines en muchas ciudades probablemente nunca vieron.

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Las campañas nunca terminan

Una de las prácticas que debemos superar en los procesos electorales es la de atiborrar la geografía nacional con vallas, letreros y afiches promocionales de los candidatos, que afean las ciudades y carreteras y crean contaminación visual, y en muchos casos un peligro para los conductores, cuando esa promoción oculta señales de tránsito. Lo peor es que esa promoción sobrevive a las lides electorales como es fácilmente observable todavía en muchos espacios públicos en Santo Domingo y otras ciudades. Muy pocas veces los partidos han cumplido con la obligación elemental de limpiar las áreas que embadurnan con su propaganda.

En la mayoría de los países la difusión de este tipo de publicidad está muy controlada y la violación de las normas se paga a veces con la anulación de candidaturas o fuertes penalidades económicas. Ese control impone los lugares donde se permite el despliegue de material promocional y su volumen. También establece plazos para el retiro y el incumplimiento de la norma implica también sanciones para aquellas autoridades responsables de hacerlas cumplir.

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El culto al mondongo

En 1985, como director ejecutivo del capítulo dominicano del Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICYP), algo así como el CONEP continental, me tocó acompañar a Carlos Morales Troncoso, entonces presidente de Gulf+Western Americas Corporation, a una asamblea anual en Ciudad de Panamá. La cita tenía como propósito unificar los puntos de vistas del empresariado latinoamericano sobre temas fundamentales relacionados con la libre empresa y otros valores democráticos, ante la tendencia estatista en boga entonces en algunos países de la región.

El líder de los empresarios panameños era el presidente de la filial de Pepsi Cola, uno de los hombres más ricos del país. Como era usual, y probablemente sigue siéndolo, en reuniones de ese tipo, el programa incluía un cóctel de bienvenida y una recepción final para celebrar los acuerdos. Los panameños incluyeron una novedad. El programa tenía un almuerzo en el Country Club a nombre del consorcio empresarial más importante, la cúpula del sector privado. La novedad no estaba únicamente en el agasajo extra. Lo impresionante era el menú y a nombre de quién se ofrecía. No había caviar, ni champan, ni el rico y variado menú del coctel de la noche anterior. En la mesa figuraba una inmensa olla con un humeante y sabroso mondongo, con la receta de uno de los empresarios, directivo del exclusivo Club de los Mondongueros.

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