El mal empleo oficial del “contrapunto”

A mediados del siglo XIV, los grandes compositores europeos introdujeron en sus partituras el “contrapunto”, una técnica para hacer más variada y vivaz sus obras. La novedad muy pronto se hizo una práctica habitual que alcanzó su pleno desarrollo en el Renacimiento extendiéndose hasta nuestros días. Se la define como una técnica de improvisación y composición musical que trata la relación entre dos o más voces independientes, con el propósito de conseguir un apreciado nivel de equilibrio armónico. Desde entonces, son contadas las obras de compositores occidentales en las que no figure esa técnica.

Entre muchos ejemplos conocidos, tal vez los más famosos entre nosotros sean el cuarteto del acto final de Rigoletto, de Verdi, basado en un drama de Víctor Hugo, y la escena con que Puccini baja el telón para cerrar el primer acto de Turandot, obra que no alcanzó a terminar, según sus biógrafos.

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El responsable ejercicio de la libertad

El ejercicio de la libertad requiere de los ciudadanos un alto nivel de responsabilidad y de civismo y la inobservancia de esos principios básicos terminará erosionando el clima democrático. Muchos dominicanos confunden su derecho legítimo a la protesta con el supuesto derecho a irrespetar las leyes, desconocer la autoridad y hacer uso de la violencia para canalizar inquietudes o defender sus intereses particulares o de grupos. La arrogancia de esos grupos llega al extremo de pretender de los demás el endoso como borregos de sus actuaciones y, peor aún, de adueñarse de la facultad de juzgarlos sumariamente.

Bajo cualquier pretexto, los gremios sindicales y profesionales faltan a su obligación al dejar sin servicio a quienes están en el deber de atender, para asaltar las calles en demandas de todo tipo, irónicamente en menoscabo muchas veces del alcance de sus propios reclamos y en desconocimiento casi siempre de los derechos de los demás. Se han dado casos muy emblemáticos de esa carencia de responsabilidad ciudadana. Por ejemplo, los ocurridos en zonas turísticas. En repetidas ocasiones, los reclamos han llegado a crear en esos lugares ambientes de intimidación incluso entre los propios turistas, con un impacto muy negativo para el sector y en especial para quienes viven y se benefician de la actividad, entre los que paradójicamente suelen encontrarse los manifestantes.

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Reflexiones sobre el concepto de equidad

La justa lucha de las mujeres por la equidad de género en la política, plantea interrogantes que deben ser discutidas en el plano de igualdad que ellas merecen. Por ejemplo, ¿qué sería del debate nacional, ya aburrido y gris, si por prejuicios de la era moderna nos viéramos obligados a renunciar al sarcasmo y la ironía en la discusión de los problemas nacionales?

Lo primero es que esa discusión carecería de todo sentido, por su falta de contenido y elegancia. Y lo segundo, peor aún, sería la imposibilidad de una discusión pareja en el ámbito mediático. Vayamos al grano. Supongamos que las elecciones se limitaran a la confrontación de dos candidatos, uno de los cuales fuera una mujer.

¿Qué sucedería, fuera cierto o no, si el varón dijera públicamente que su oponente, la mujer, es una incompetente, desconocedora de la realidad del país, e ignorante de los asuntos de Estado, sin capacidad alguna para manejar la crisis por la que atraviesa la nación?, un discurso típico en la política dominicana. ¿Cómo lo tratarían los medios? ¿Y cuál sería el caso si ese mismo tono viniera de la candidata contra su oponente? ¿Tendría ella el beneficio de criticarle a su contrario lo que él no pudiera usar contra ella?

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Cuando solo queda una rosa

Como ocurre a menudo con los individuos cuando el día a día consume la existencia y nos aparta de lo trascendente, los grandes asuntos se han ausentado de la prensa. Ya no parece haber interés en los temas de éxito y tragedia humana y las columnas de los diarios y los espacios de la radio y la televisión se dedican a reseñar casi con exclusividad el cotidiano acontecer político.

Los periodistas han perdido así capacidad para contar las buenas historias que hay siempre detrás de una carrera personal exitosa, en la vida de aquel que logró superar la adversidad a fuerza de voluntad y trabajo, de fe en sí mismo; la gran historia que brota de un llanto desesperado o del grito desgarrador proveniente del estómago hambriento de un niño abandonado. El color en la narración se ha perdido. No forma parte del relato.

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La fiscal y otras reformas

El gobierno luce decidido a impulsar una reforma fiscal como parte de un paquete de transformaciones que abarcarían cambios radicales en la Policía Nacional y modificaciones al texto de la Constitución, entre una propuesta general de cambios que incluyen otras diez reformas, la mayoría de las cuales no se conoce a fondo.

Solo una de ellas, la referente a la Policía, ha sido objeto de discusión pública. Aunque la transformación de ese cuerpo ha adquirido carácter de urgencia debido a una serie de hechos de sangre que han involucrado a miembros de la institución, es obvio que los cambios planteados son de una naturaleza tan profunda que requerirán de mucho tiempo y de un gran respaldo nacional que al parecer cuenta por el momento.

En el caso de la reforma fiscal, como en las demás, el presidente Luis Abinader ha asumido el liderazgo de la discusión, asumiendo así todo el riesgo político que esas iniciativas podrían significar, sean aprobadas o queden en el laberinto insondable de muchos otros esfuerzos de esa naturaleza intentados en el pasado reciente.

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El día que no queremos

Cuando se leen en los periódicos y revistas y se escucha por la radio y la televisión el incesante saqueo de los bienes públicos, ahora en la novedosa modalidad de escandalosas autopensiones, sin sanción alguna, mientras se labora un pacto fiscal que supondrá inevitablemente nuevos impuestos y más sacrificios para la clase media y los pobres, asalta el temor de que el día menos pensado la relativa tranquilidad en que vivimos se aleje de nosotros. Un día en que todo será distinto. En el que la autoridad, indiferente y cómplice de los hechos que agotan la paciencia nacional, no será suficiente para sofocar la ira de las multitudes.

Será el día en que aquellos que incluso le huyen a esa posibilidad, acudirán a un llamado de redención que alguien, tal vez desconocido, formulará bajo cualquier consigna, porque cuando llegue ese día ya nada importará y todo lo que resulte del desorden y la destrucción será para la multitud menor que todo cuanto existía. Me temo que pudiera estar cerca ese día que la ceguera y las ambiciones de una clase política corrupta está acelerando.

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Evitemos el camino del fracaso

El país no está en condiciones de valerse por sí solo porque no se me ocurre algo más alejado de una autarquía que la República Dominicana. Entonces, tratemos de ser realistas. La estatización hace décadas de la mina de oro de Pueblo Viejo no pudo ser experiencia más decepcionante. El inmenso pasivo ambiental de esa zona es el único legado de esa nacionalización, recibida en su momento como un acto de soberanía reivindicativo de nuestros recursos naturales.

No existe una sola evidencia del beneficio que esa nacionalización le trajera al país o a la provincia Sánchez Ramírez. No existe ni existió nunca una herencia material que pruebe que esa acción pueda ser catalogada como un acto positivo. Mucha gente salió ganando, es cierto, pero a un precio muy alto para el país. Otro ejemplo: la readquisición por el Estado de las empresas distribuidoras. El resultado ha sido la congelación del sistema eléctrico, con apagones y problemas en el suministro similares a los de medio siglo atrás.

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El temor a las redes

El temor de las figuras públicas, políticos, funcionarios y líderes sociales, de enfrentar a los medios de comunicación cuando eran objeto de acusaciones infundadas, terminará dañando a la prensa. La advertencia de Germán Ornes ha resultado profética.

Por el Internet y la facilidad que se ofrece a todo el que quiera expresarse en las redes nadie se escapa a la violación del derecho a la intimidad o de verse acusado sin pruebas, porque las figuras públicas tienden a refugiarse en la comodidad que supone evitar las confrontaciones que alteran la tranquilidad y, muchas veces, hasta la estabilidad familiar. Pero ese temor, de cierto modo justificado, alienta la mediocridad, fomenta el desorden social y daña, como decía Ornes, la reputación de la prensa, cuando la práctica invade los medios.

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