Inversiones por la paz

Las críticas a la ayuda humanitaria de gobiernos dominicanos a Haití en situaciones especiales, como en el terremoto del 2010 y tragedias posteriores, me parecen irracionales. No tienen otra sustentación que no sea el deseo de alejar toda posibilidad de entendimiento con un país sin dirección política, una economía en total bancarrota y una población hambrienta y desesperada sin más opción que la ruta que los trae hacia este lado de la frontera. Hay asuntos que no pueden evaluarse con anteojeras y las iniciativas a favor de haitianos, en la coyuntura actual, es una sólida inversión por la paz dominicana.

Se alega que esa asistencia humanitaria a extranjeros no se da a los nacionales que también la necesitan. La apreciación es injusta, porque en circunstancias de emergencia la acción de auxilio oficial llega siempre a las zonas afectadas en mayor proporción casi al unísono de los vientos y lluvias huracanados, como han testimoniado los medios, incluso algunos de marcada tendencia crítica.

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La clave del futuro

La pregunta clave del debate sobre el futuro debería ser: “¿A qué país queremos parecernos?”, valiéndonos de una referencia al libro de Lewis Carroll, “Alicia en el país de las maravillas”. En la obra, cuando Alicia se encuentra con el Gato de Cheshire mantiene la siguiente conversación:

“¿Me podéis indicar hacia dónde debo ir?”, le pregunta al gato. “Depende de adonde quieras llegar”, le responde. “A mí no me importa demasiado”. “En ese caso”, le dice el gato, “da igual a donde vayas”. “Siempre que llegue a alguna parte”, le dice Alicia, a lo cual dice el gato: “¡Oh!, siempre llegarás a alguna parte si caminas lo bastante”.

Al final si no se sabe a dónde se va, poco importa el camino, trátese de un individuo, una empresa o una nación. El mensaje no puede ser más claro si podemos entender la moraleja aunque no podemos estar seguros de que buena parte de aquellos a quien les toca decidir leyeron en sus años de estudiante esa hermosa historia contenida en un clásico de la literatura universal. Nada más cierto, el país debe decidir hacia dónde quiere ir. A quién parecerse, si a nuestro entorno geográfico más cercano o los países más exitosos; aquellos que han alcanzado un nivel alto de desarrollo y prosperidad para sus pueblos.

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Un reto para la democracia

El problema de la democracia dominicana tiene su origen en la práctica antidemocrática que a diario se da en los partidos, entes supuestos a propiciar un modelo de participación igualitaria entre sus miembros que nunca han ensayado. Las élites dominantes de las organizaciones políticas han tenido siempre la sartén por el mango y las formas de elección interna les garantizan el predominio no sólo de sus partidos, sino de un sistema prostituido a base de privilegios y métodos de perpetuación que promueven todos los vicios conocidos de nuestra actividad política.

El país ha desperdiciado excepcionales oportunidades de romper con ese anacronismo. Y si nuevamente perdemos esa oportunidad en el fondo todo seguirá igual, a despecho del partido o el candidato que resulten ganadores en futuras elecciones. La posibilidad de cambio radica en ampliar el sistema de elección de candidaturas en las primarias de los partidos. Si continuamos con el sistema cerrado, con padrones de electores restringidos, la manipulación y el dinero sucio continuarán controlando la vida política del país.

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Una esencial tarea de la escuela

Cuando el país asuma seriamente la educación como una prioridad, tarea todavía pendiente, el sistema escolar deberá enfatizar en la necesidad de que los estudiantes mejoren su dicción y aprendan a hablar bien su idioma, el español. Muchos de los problemas que técnicos y profesionales confrontan en el mercado laboral se relacionan con su incapacidad para expresarse correctamente, en especial en los casos en que el lenguaje juega un papel fundamental en el ejercicio de una profesión o un oficio.

Hablar con propiedad es un atributo que se aprende a temprana edad. Y enseñarlo adecuadamente es una tarea primordial de la escuela, desde que se ingresa a ella, porque el regionalismo insular en el habla crea vicios imposibles de superar cuando se alcanza cierta edad. Incluso es preocupante escuchar a muy buenos estudiantes de colegios muy acreditados, excelentes por ejemplo en ciencias y matemáticas, pero penosamente cortos en el hablar.

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La explicación del desorden

Me excusan si el título no corresponde al significado del dicho, “Atento a mí”, que describe uno de los comportamientos más típicos del irrespeto a las leyes y las normas civilizadas que explican muchos de los vicios que se observan en el diario vivir, tanto en la esfera pública como en la privada.

Se alcanza a entender a través de esa expresión la inobservancia de las obligaciones que muchos han asumido al ocupar cargos públicos, por elección o designación del Ejecutivo, cuando llegan tarde e incurren en otras violaciones a sus deberes en el cargo “atento” a él. Y no actúan tampoco con la transparencia y honradez requeridas por la misma razón.

Los ciudadanos comunes se pasan la luz roja “atento a mí” y no toman en cuenta la señal de una vía, no sólo cuando no ven a un policía, sino porque se creen con el derecho de hacerlo, algo que por supuesto les niegan a los demás.

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Los Catón de las redes

Las redes han reivindicado el derecho al mal gusto y abierto un enorme espacio a la mediocridad, la que se expresa a diario y a borbotones con la soberbia y el atrevimiento propios de la ignorancia. Hay ahí una minoría que se cree, por el hecho de tener un espacio en Twitter, con la autoridad para juzgar las posiciones e ideas de terceros, como si fueran jueces y fiscales. Los Catón del siglo XXI, sin el talento de aquél militar, brillante escritor y político romano que hizo de la censura un muro de defensa de las tradiciones romanas frente a las influencias helenísticas procedentes de Oriente. Entusiastas de su intolerancia e incapaces de convivir con criterios que no sean los suyos, sin estar conscientes del flaco servicio que se prestan a sí mismos.

Con todo el daño que le hacen a la convivencia democrática, esta gente parece ser feliz en la oscuridad en que se mueven. No aportan nada al debate de los problemas. Están en las redes con el solo propósito de juzgar lo que no entienden. Navegan en las aguas del más pernicioso de los radicalismos. El más improductivo. El que no se sustenta en nada. Les basta y se bastan a sí mismo con la descalificación.

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La exaltación de antivalores

Cuando el presidente Luis Abinader escribió en su cuenta de Twitter una felicitación al cantante de música urbana conocido como El Alfa, por su presentación a casa llena en el Madison Square Garden de Nueva York, pensé que se trataba de un error inducido. Y creí que el mensaje sería inmediatamente borrado. No sé si me equivoqué en mi apreciación aunque ignoro si el mensaje fue borrado, por lo menos en las horas siguientes.

El texto presidencial exaltaba al artista como un modelo de éxito, al calificarlo como ejemplo y “orgullo” de la dominicanidad, o algo parecido. Estoy totalmente seguro que ese no es el criterio del presidente y que sus valores riñen con los del cantante, un título que tantos buenos artistas de la voz se han justamente ganado.
Eso me hace suponer, y espero no haber llegado a falsas conclusiones, que el texto le fue sugerido, para aprovechar políticamente la popularidad del popular personaje.

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La nefasta longevidad del poder

A medida que envejecen, los gobiernos fuertes se convierten en dictaduras que al final se resisten a morir, con la secuela que ese apego al poder les deja a los pueblos. Corea del Norte les gana a todos. La dinastía Kim (padre, hijo y nieto) rige con mano férrea a esa nación asiática desde 1948. En el segundo lustro de la última década del siglo pasado (entre 1995 y 1998) hubo allí una prolongada hambruna en la que murieron casi tres millones de personas. Las estadísticas oficiales solo reconocen la muerte de más de 200 mil. La ayuda internacional, proveniente de las naciones capitalistas, ayudó a Corea del Norte a paliar las penosas consecuencias de esa falta de alimentos y quiebra de la economía.

La tiranía de los Castro en Cuba le sigue en edad. Es la más longeva e ineficiente de los gobiernos que han padecido los países del hemisferio. Tras una guerra de guerrillas de tres años, Fidel Castro asumió en enero de 1959 el control total de la isla. Seis décadas después el resultado es un país muy rezagado, con índices económicos y atrasos tecnológicos considerables en relación con otros países de la subregión a los que superaba antes del triunfo de la revolución.

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